El blog de Luisa Tomás

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miércoles, 31 de marzo de 2010

¿Sueño o realidad?


Aviso: no, no hay spóilers. Calzo un relato como siempre que el tiempo escasea. Aviso de que éste está escrito a pachas por mí y una persona muy querida a la que hace mucho que no veo.


Él: “Me desperté. Era de noche, o no, demasiado silencio, quizá ya madrugada. Un haz de luz amarillenta se filtraba entre visillos y cortinas. Seguramente, en la calle soplaba una brisa suave que invitaba a acurrucarme bajo el edredón. Olía a lavanda. Y apenas divisaba el final de la cama. Evidentemente, no era mi casa. Me desperté en una habitación quizá de un hotel en el que se supone que no debía estar. No había hecho ninguna reserva, o eso creía. Los recuerdos aún eran una puerta cerrada, como la que veía al fondo, muy al fondo. A media tarde había ido a una rueda de prensa de una compañía de cruceros en un hotel de lujo del centro de la ciudad. Un aperitivo pequeño y crudo, una copa de vino, una carpeta que tiraría en la papelera del aparcamiento, una amiga con la que hacía tiempo que no coincidía. Vi sus ojos nada más entrar, antes que las lámparas y la moqueta, mucho antes que el atril y a la organizadora. La saludé. Dos besos. Un qué tal en voz queda. La presentación. El vino. Cómo te va la vida. Bien, bien... Y entonces, con la naturalidad y el desenfado que la caracterizan, lo dijo: “Me gustaría dormir aquí, en una de esas habitaciones tan grandes y bonitas. ¿Y a ti?”. Creo que me sonrojé, que no supe contestar. Balbuceé unas palabras sueltas, sin mucho sentido. Luego la nada. Una silueta se perdió en la multitud. Un vestido malva. Un pliegue. Fundido en negro. Me desperté. Olía a ella. ¿Era madrugada? ¿Estaba en ese hotel?”.
Ella: “Me desperté confundida. Los recuerdos de la tarde anterior se agolpaban en mi frente, mezclando dulcemente el sabor del vino y el eco callado de los besos. Una tímida luz iluminaba su espalda, que besé con cuidado para no despertarlo. Me levanté de la cama despacio y salí de la habitación de puntillas, descalza. En el taxi de vuelta a casa, medio dormida, hecha un lío y con un terrible dolor de cabeza por el exceso de vino, no era capaz de recordar con claridad en qué momento las palabras, las de los dos, habían huido del caudal establecido en las conversaciones profesionales para ir subiendo la temperatura de la tarde-noche. No sabía cuándo nuestros alientos habían empezado a cruzarse y nuestras manos a rozarse con disimulo. Caótica. Confusa. Con un sueño y un peso en la cabeza terribles, llegué a casa y me metí en la cama sin pensar nada más”.
El móvil sonó a eso de las diez, un ring sobrio. Ella lo cogió cuando salía de la ducha, en su piso, nerviosa porque llegaba tarde a trabajar y por lo que había pasado, por ese sueño confuso o realidad perfecta que se repetía en su retina. Número desconocido. “¿Sí?”. “Hola. Soy yo, te llamo desde la oficina. No podía domir y me he venido temprano a trabajar”. “Ah. Hola...”. Tartamudeó. “Creo que esperaba tu llamada. Me parece que he soñado contigo”. “Yo también he soñado contigo. Pero mi sueño ha sido demasiado real para que sea un sueño. Me he despertado en un hotel lujosísimo”. “Yo también. Y tú estabas a mi lado. Era la una o las dos de la madrugada. Luego he venido a casa y me he metido en la cama. Al despertar no sabía si todo había sido verdad o un espejo como el de Alicia y una mentira como la vida”. “Era verdad. Aún siento tu cuerpo”. “Era verdad. Aún siento el tuyo”.

4 comentarios:

  1. Bonito, tierno en el fondo. Buena idea la del montaje en paralelo.
    El relato respira y te hace respirar. Aire...


    "Los recuerdos aún eran una puerta cerrada". Me encanta la frase.

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  2. Sí, yo también creo que es tierno.El montaje en paralelo es divertido, sí. Gracias, Igor. Es un gusto tenerte siempre por aquí.
    Luisa Tomás

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  3. Anónimo6/4/10 19:02

    Yo creo que este relato merece una continuación. ¿Qué pasa después? ¿Se repite la noche? ¿Ella se lo cuenta a sus amigas? ¿Hay fiesta del pijama? ¿Y él? ¿Se lo cuenta a los suyos? ¿Hay cañas con envidia?

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  4. ¿Continuación? Claro que la hay, todo lo tiene, pero por caminos que no son siempre los esperados-deseados-soñados o incluso odiados.
    Por fantasear, que no quede: ella se lo cuenta a su psicoanalista. Él no se lo cuenta a nadie. Lo guarda como un secreto, un pecado. Fantasea con ello en los atascos, de camino al curro.
    No sé, se me ocurre, así, de pronto.
    Anónimo: si te ape, cuenta aquí tu continuación...
    Me gustará leerla.
    Saludos
    Luisa Tomás

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