Hace demasiado tiempo que no escribo en el blog. Tanto, que hasta yo misma creí que lo había abandonado. Pero eso no es lo peor, lo peor es que el abandono había causado la muerte de varios seres que pululaban por aquí y que a mí, al menos, me hacían gracia. Una era la Bruja de las Palabras, esa mujer oscura y triste, voluntariamente presa en su torreón, aquella que arrojó su corazón al foso del olvido. ¿Os acordáis? Ay, no, no fue el corazón, era la llave de la cajita que lo contenía. Ni yo misma me acordaba. Pobre mujer.
Luego estaba Cruela la Vil, ésa me gustaba, me caía bien. Era un poco más zorra y despiadada. Tenía gracia y sabía herir con la palabra, escupía puñales de vez en cuando, aunque se adivina cierto candor detrás de esos dardos que no son más que sobrada prevención por si el día o la vida se presenta hostil.
Ha pasado demasiado tiempo desde entonces, desde las dos. Y ni siquiera sé cuál de las dos voces hablaría en un día tan raro como el de hoy, en una época tan abandonada al abandono como la presente, tan desilusionada y tan fría y tan gris.
Ha pasado demasiado tiempo desde entonces y ha pasado demasiado tiempo desde esta mañana, cuando sonó el despertador. También ha pasado demasiado tiempo desde que lo de ser joven es una convención y no una realidad. No me preocupa. Si me preocupara, acabaría loca u operándome hasta no reconocerme: envejecer es a la vida la vida misma. Sirva la perogrullada.
Ha pasado demasiado tiempo desde que fui adolescente y ha pasado demasiado tiempo desde el primer pudor. Ha pasado demasiado tiempo de una película, no de las mejores, pero sí de las que todo el mundo ha visto que se llama "Dirty Dancing". Ha pasado demasiado tiempo de aquellos bailes, un tanto ridículos, que simulaban una cópula (para qué los eufemismos). Ha pasado tanto tiempo que hasta el protagonista ha muerto. Sí, los macizos también mueren, Patrick Swayze. Y la suya fue una de esas muertes que conmocionan, porque él con "Dirty Dancing" y Josh Brolin con "Los Goonies" y "Los jóvenes jinetes" y Robin Wright con "La princesa prometida" son parte de mi adolescencia con más poder y presencia que mi primer novio; de ellos me acuerdo, de mi primer novio a duras penas y de casualidad (que me perdone quien tenga que hacerlo).
Ha pasado demasiado tiempo desde que una joven payasona se dejara enseñar a copular
–perdón, a bailar– por Johnny Castle (Patrick Swayze), el primo de Zumosol del pringao del complejo turístico donde la payasa veranea con su burguesa familia. Y es allí, cuando lo ve por primera vez, contoneándose, cuando ella suelta la frase. Él llega poderoso, sudado, la plebe lo aclama como si fuera el dictadorcillo follador de una república bananera, baila vestido pero desnudo, ella lo mira avergonzada y febril y para más inri se entera de que la jaca rubia que lo acompaña en tan poco sutil movimiento no es la destinataria de su fulgor sexual y de la potencia de sus riñones. No. Y ahí se dibuja el hombre perfecto: está bueno, sus movimientos son una promesa y además es medio casto. Y un chulo. Muy, muy chulo. Y entonces se te acerca, a ti, sí, a ti, virgencita de barrio bien, hija de médico, doctora de causas perdidas, voluntaria del Domund, falda hasta la rodilla, miembro del coro parroquial. ¿Y tú qué dices, chata? "Traje una sandía". No, no es la frase con la que esperas impresionar a nadie, y menos al tío bueno. Pero es la frase que te perseguirá toda tu vida.
Ha pasado demasiado tiempo de aquella película y de aquella frase. Ha pasado demasiado tiempo desde mi adolescencia, pero siempre, siempre, siempre, que tengo que decir algo para impresionar a alguien o hacerle una gracia o un yo no sé qué... ¿Que qué le digo? Pues eso: "Traje una sandía". O cualquier simpleza similar. Hay que ver, con lo ocurrente que soy otras veces y que tú aún no lo sepas, rey ;)
Ha pasado demasiado tiempo de casi todo y lo único que queda claro es que la edad no nos hace mejores, sobre todo en lo de que a relacionarse se refiere; hacemos las mismas tonterías con 15 que con 40. Y con 50. E incluso 60. Y con 70, con una mano en el bote del Viagra y la otra sujetando el marcapasos. Sí, hacemos las mismas gilipolleces. Porque la edad no nos hace más adultos, sólo nos hace más viejos.
A mi amiga Arancha, y a sus sandías ;)
El blog de Luisa Tomás
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martes, 11 de noviembre de 2014
domingo, 16 de febrero de 2014
Por dejarlo latir
Dice la canción, ésta, que "peor que el olvido fue frenar las ganas de verte otra vez", entre otras lindezas, y añade ella que "me sobran motivos, pero me faltas tú sobre la cama,y ahora las calles están llenas de bandidos cuando necesito de tu madrugada". Y a este corazón, encogido por el frío del invierno y la suma del recibo de la calefacción, le entran unas incontenibles ganas de romperse llorando por no se sabe bien qué.
Seguro que por nada. O por todo, por esta canción y por otras. Por Ilsa Laszlo y Rick Blane, porque siempre les quedará París. Por los amantes condenados a no encontrarse. Por la lluvia cansada de Praga y su grisura. Por cien noches de soledad.
Y no es hormonal, sino sensible. Y es esa cualidad de sensible la que hizo que un novio que tuve, no hace tanto, viniera a decirme que prefería follar con la cabra de la Legión antes que volver a ver el más mínimo asomo de brillo húmedo en mis ojos por leer a Garcilaso, escuchar a Quique González o ver "Casablanca" (sí, exagero, pero ésa es la gracia). Y yo no entendía nada, o entendía poco, porque, cegada por la pátina engañosa que cubre los encuentros del amor, pensaba que era esa sensibilidad que me define lo que le había hecho venir a mí. Y no. No fue tal. Quizá fingió que le interesaban mis cosas atraído por algo menos íntimo, más a flor de piel, que fue muriendo al mismo ritmo que muere ya este despiadado invierno, espíritu de los impíos.
Y he pensado, o pienso ahora que escribo -porque jamás pienso lo que voy a escribir hasta que lo escribo y nunca lo corrijo y jamás lo leo-, que yo misma me gané la herida por empeñarme en que anduviera hacia adelante una unión que no daba ni un solo paso a compás. Y que no hay herida que no cierre ni vida ni beso que no salpique dolor.
Y como este zarpazo, hay cientos, que cruzan furiosos por delante de nuestras narices silbando al aire. Y que a veces alcanzan la piel: horas de luz pálida de enfermería después de haberle regalado la femoral al destino a cara o cruz, a gloria o abismo.
No hay caricia que no esconda puntos de sutura y el escozor del alcohol (mejor si es de reserva).
No hay llaga que no cauterice a fuego y sal. Porque peor que tener un corazón hecho de cicatrices es no dejarlo latir.
Seguro que por nada. O por todo, por esta canción y por otras. Por Ilsa Laszlo y Rick Blane, porque siempre les quedará París. Por los amantes condenados a no encontrarse. Por la lluvia cansada de Praga y su grisura. Por cien noches de soledad.
Y no es hormonal, sino sensible. Y es esa cualidad de sensible la que hizo que un novio que tuve, no hace tanto, viniera a decirme que prefería follar con la cabra de la Legión antes que volver a ver el más mínimo asomo de brillo húmedo en mis ojos por leer a Garcilaso, escuchar a Quique González o ver "Casablanca" (sí, exagero, pero ésa es la gracia). Y yo no entendía nada, o entendía poco, porque, cegada por la pátina engañosa que cubre los encuentros del amor, pensaba que era esa sensibilidad que me define lo que le había hecho venir a mí. Y no. No fue tal. Quizá fingió que le interesaban mis cosas atraído por algo menos íntimo, más a flor de piel, que fue muriendo al mismo ritmo que muere ya este despiadado invierno, espíritu de los impíos.
Y he pensado, o pienso ahora que escribo -porque jamás pienso lo que voy a escribir hasta que lo escribo y nunca lo corrijo y jamás lo leo-, que yo misma me gané la herida por empeñarme en que anduviera hacia adelante una unión que no daba ni un solo paso a compás. Y que no hay herida que no cierre ni vida ni beso que no salpique dolor.
Y como este zarpazo, hay cientos, que cruzan furiosos por delante de nuestras narices silbando al aire. Y que a veces alcanzan la piel: horas de luz pálida de enfermería después de haberle regalado la femoral al destino a cara o cruz, a gloria o abismo.
No hay caricia que no esconda puntos de sutura y el escozor del alcohol (mejor si es de reserva).
No hay llaga que no cauterice a fuego y sal. Porque peor que tener un corazón hecho de cicatrices es no dejarlo latir.
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lunes, 16 de abril de 2012
Sobre príncipes y otros cuentos

Si Aragorn hubiera sido mi rey, lo habría seguido hasta el final. Sin dudas ni más explicaciones. Así son las cosas.
Dicho esto y lejos de todo tipo de fantasía (literaria, se entiende), todos sabemos que, desde la Ilustración, los reyes –más allá de los de Oriente el 6 de enero– no tienen razón de serlo, pues claro queda que no lo son por voluntad divina. Destruido el principio que durante tanto tiempo los mantuvo en el trono, no digo más. Ni falta que me hace.
Superados aquellos traumas medievales, quedó en nuestras vidas la dañina y residual figura del príncipe azul, aquel personajillo pijo y afeminado que Disney sigue alimentando y que tanta frustración, ansiedad, desengaño y dolor ha provocado en las almas femeninas más cándidas. ¡Oh de la pobre "infelice" que alimente sus sueños románticos con tan engañoso galán!
Sí, la figura del príncipe azul es, en resumen, una mierda, pero si queréis que sea menos concisa diré de él que por su culpa hay lista de espera en la consulta del psicoanalista, pues no se nos escapa que representa todo aquello que luego no pasa. Es decir, mujeres del mundo, por si no lo sabíais, cuando tienes una edad NO viene un tío bueno a librarte de tus miserias y a quitarte de trabajar. No. Y eso no pasa, por guapa que seas. Si tienes miserias, camina con ellas con la mayor dignidad posible. No hay más. Si encuentras compañero para reírte por el camino y darte algún homenaje, bien. Si no, pues ríete sola –si sabes, que no es fácil– y homenajéate ídem.
Bien, con estas bases reivindico una preciosa película donde el príncipe azul es un tío bastante oscuro; el malvado pirata, además de bandido, un tío bueno –a ver si queda claro, no nos gustan los príncipes con ese pelo que parece el molde de una magdalena, preferimos un pirata con coleta–; la princesa no es tal; el rey es un viejo que chochea (sin querer señalar a nadie); el sabio es tonto... Que qué peli es: "La princesa prometida" , de Rob Reiner (1987).
"La princesa prometida" es más que una peli: forma parte del guión de nuestras vidas, de la mía y de la de mi familia. Todo el mundo la ha visto 82.500 veces, nos sabemos los diálogos, adoramos la banda sonora (de Mark Knopfler) y odiamos al príncipe Humperdinck. La historia es básica y sencilla: campesina se enamora de campesino, él se va a hacer fortuna, lo dan por muerto, y Humperdinck, haciendo uso del derecho de pernada, decide casarse con Buttercup, pues así se llama la muchacha (Robin Wright). Que qué pasa entonces: hay un español buscando venganza: el famosísimo Íñigo Montoya, el misterioso pirata Roberts, un gigante bonachón, un malvado conde, dos países a punto de guerrear por una cuestión fronteriza, los acantilados de la locura, la fosa de la desesperación, el pantano de fuego... y una asustadiza falsa princesa suspirando por su adorado Westley (Cary Elwes). Y si a eso le sumamos esgrima, brujas, milagreros, mucho sentido del humor y escenarios rezumando aroma a cartón-piedra (pero de manera premeditada), el resultado no es el típico y absurdo cuento de hadas, sino una entretenida historia de amor y aventuras, donde ganan los valientes y se ridiculiza a los cobardes.
Y es que el amor requiere valentía. "Cualquiera que diga lo contrario miente", dice el pirata Roberts.
Detrás de una gran historia de amor siempre hay un acto heroico. Y este príncipe no lo es: "Sois un cobarde con el corazón lleno de miedo", le regala Buttercup. "Dejadlo que viva a solas con su cobardía".
Y ésta, una de las mejores:
-Os creéis muy valiente, ¿verdad, princesa Buttercup?
-Depende de con quién me compare.
Pues eso, que si os atrevéis (no lo dudo), os animo a verla. Es mucho más que un buen rato. Es amor, honor, venganza, valor y muerte. Una de esas historias que te alejan de los periódicos y la vida diaria, del estrés y del ruido. "No es el típico, corriente, cotidiano, vulgar y mediocre cuento de hadas". Y esto, como el amor, no es una opinión, es un hecho.
miércoles, 22 de febrero de 2012
La canción de Robert y Francesca

Cada amanecer era una puerta abierta al recuerdo del que sólo se alejaba a través del trabajo. Desde que él se marchó, los besos sabían a rutina. Y la comida, al pan nuestro de cada día. La vida en aquella alejada y, en otros días, soñada granja de Iowa se convirtió en un suceder de pasos cansados, de soleados atardeceres, de sonidos, zumbidos, silencios y música. Noches y mañanas. Inspirar y expirar. Sístole y diástole. Sin más emoción ni trémula caricia. Primavera, verano, otoño, invierno. Un año, y otro, y un lustro y una década. Y la vejez y la muerte. Y en la mirada, el único brillo de los días que tuvieron juntos. Sus palabras como dagas: "No quiero necesitarte porque no puedo tenerte".
¿Por qué extraño capricho del destino aquel fotógrafo había ido a parar a su remota cotidianidad de madre entregada y esposa fiel? ¿Por qué las flores, y el té y las cervezas y los puentes y un vestido nuevo? ¿Por qué la vida, una vez que parece encauzada y concluida –aunque le queden mil años– se empeña en desviarse hacia caminos imposibles? Francesca no tenía respuesta, sólo una pregunta: ¿Y por qué no? Y una pena: si aquel día volviera a suceder, con la tormenta y el semáforo, y la camioneta y la duda... se habría bajado del coche y habría corrido hacia él.
A Robert se le fue apagando la vida cada vez que soñaba su nombre, con la cruz que ella le regaló abrazada a su pecho. A ella, le fue consumiendo la muerte en cada pequeña cosa, en cada sonrisa, en cada palabra, en cada tristeza. Se desvaneció en su dolor, pesado y gris, como una lágrima, como la lluvia, como aquel día. El último.
En las cálidas noches de verano, cuando las luciérnagas sobrevuelan los puentes que un día se tendieron a sus pies y ella temió cruzar, el eco de su amor resuena emocionado en un susurro que arrastra el aire. Una radio suspira un jazz, tristón, sensual y emocionado. Y en la barra de madera de un bar lejano, en cualquier rincón del mundo, alguien que conoce su historia, alza su vaso y brinda por ellos, por Robert y Francesca, por "las noches antiguas y la música lejana".
P.D.: Película mental que acabo de montarme partiendo de la extraordinaria película real de Clint Eastwood "Los puentes de Madison", que él protagoniza junto a Meryl Streep. Uno de mis grandes títulos, de mis pilares y mis referentes. No puedo evitar pensar qué se le pasaría a la pobre Francesca por la cabeza cuando decidió no irse con Robert. Cosas que pasan. Grandes amores que, aunque no concluyen, hacen del mundo algo mejor, puesto que en el éter palpitan. Estoy convencida.
domingo, 15 de enero de 2012
Una de cine del bueno

De mayor quiero ser David Cronenberg y tener de actor fetiche a Viggo Mortensen. Después de la interesantísima "Una historia de violencia" y de la extraordinaria "Promesas del Este", el tándem Cronenberg-Mortensen ha logrado otra maravilla cinematográfica, "Un método peligroso".
La película arranca a principios del siglo XX. Al primer personaje que conocemos es a la protagonista femenina,Sabina (Keira Knightley), una joven rusa internada contra su voluntad en un hospital psiquiátrico, donde se convierte en paciente de Jung (Michael Fassbender). Gracias a la aplicación del psicoanálisis, Jung consigue ayudar a Sabina. Orgulloso, comunica sus progresos al admirado Freud (IMPRESIONANTÍSIMO Viggo Mortensen).
A partir de ese momento, se establecen una serie de vínculos que los conducirán a los caminos del abismo y del gozo, de la neurosis, la perversión, la enfermedad, el amor y el sexo.
No voy a destripar la peli, sólo a deciros que, si podéis, vayáis a verla (a ser posible, solos, y mejor en una sala medio vacía. Y, por supuesto, en versión original).
Cronenberg, que es un tipo muy listo, aprovecha el trasfondo del nacimiento del psicoanálisis para hacer una maravillosa labor de inmersión hacia los rincones más oscuros del ser humano. En una inteligente jugada del guión, es el propio Freud el que se encarga de decir en la peli que hay que alejar el psicoanálisis de la tentación de la charlatanería y la superstición. Y defiende el poder del habla, de la palabra, para curar (o no curar, pero sí saberse, conocerse, reconocerse, aprenderse, en resumen, crecer). La palabra, el verbo, como medio para llegar al fin de saber más de nosotros, de nuestras pequeñas o grandes neurosis, histerias, dolores, frustraciones...
Exhibiendo como exhibe estas "debilidades humanas" -el honorable y correcto y perfecto doctor Jung puede llegar a ser un tipo bastante detestable; ansioso con la comida, sádico en la sexualidad; altanero con los que no pertenecen a su clase...-, desde luego, podría decir que "Un método peligroso" es una película incómoda, de las que no se olvidan, cruda, inquietante. En un primer momento, uno piensa que va a ver una especie de drama romántico, pero nada más lejos. La peli es compleja y muy arriesgada y muestra sin tapujos la enfermedad y la perversión humana.
Miedo, disfunción, amor, inseguridad, fracaso, represión, deseo, libertad, trauma... Todos estos temas aparecen a lo largo de la película, maravillosamente interpretada por el trío protagonista. A la que sólo le pongo dos pegas: en la parte final, hay un intercambio de correspondencia y sólo vemos a los personajes leyendo esas cartas; es un recurso excesivo: mucha voz en off, plano fijo... Y el otro gran defecto es que Viggo Mortensen debería salir más, porque está soberbio.
Por lo demás, altamente recomendable. Pero ojo, no es para todos los públicos; y no me refiero sólo a la calificación por edades -que también, no llevéis a vuestros hijos. Es más, dudo que la mayoría de los chavales de 18 años estén preparados para algo así-. Hablo de algo más. No imagino cómo se sentirá al ver esa película una persona que haya sido maltratada de niña, alguien que obtenga placer en el dolor o alguien que, sencillamente, sufra un pavor incontenible a la hora de expresar lo que siente, a verbalizar sus emociones, su deseo, su amor, sus sentimientos, pulsiones y pasiones. En resumen, a enfrentarse a la verdad, a verse a sí mismo, a mirarse en el espejo. Porque la verdad a veces es dolorosa y nos invita a huir, que es más fácil que afrontarla. Pero también menos valiente.
jueves, 29 de diciembre de 2011
Ya se acaba
Si no fuera por que Robert Redford y Meryl Streep se besaron en una Nochevieja en "Memorias de África", diría que esa fecha tiene poco o nada de festiva. Es un día más con licencia para las borracheras, los ruidos y las fotos patéticas con matasuegras y gorrito. Carne de Facebook.
Así las cosas, voy a celebrar mi particular Fin de Año con vosotros, esquilmados pero selectísimos y exquisitos lectores, maldiciendo libremente a la putísima que parió a 2011 y a toda su estirpe.
Si me pusiera a hacer recuento (no pienso), seguro que saldría por algún sitio que es el año que más noticias negativas ha generado. Y me da igual lo que diga el buenrollista anuncio de Coca-Cola, que está muy bien, sí, muy bonico y emocionante, ahí, trabajándose las ventas de 2012 mientras apela a la bonhomía innata del ser humano. Pero no, la realidad, en cuanto pasa ese anuncio, es otra, y planea sobre nuestras cabezas en forma de nube gris, pesada, plomiza. La realidad de 2011 es esa zorra implacable que ha prohibido a millones de personas tener sueños de futuro, renovar sus esperanzas o mirar hacia adelante con una sonrisa por montera. Y prueba de esta realidad son las cercanas colas del INEM y los cada vez más abundantes y visibles mendigos, por poner un ejemplo próximo, es decir, lo que veo cada día al salir de casa en la placita del Metro de Carabanchel. Sin ir más lejos.
No hablo de Egipto, que me llega al alma, ni de la desangrada Siria, ni del triste Afganistán ni del terrible Irak. Del olvidado Yemen ni de las invisibles mujeres de Somalia. ¿Para qué?
A veces me invade la inexorable tristeza de ser consciente. De qué sirve el lamento. De qué leer un periódico y saber que a las de por sí amputadas mujeres somalíes las violan repetidamente sin que al mundo le importe una mierda.
Nada está al alcance de mi mano. No puedo arreglar nada, ni cambiarlo, ni mejorarlo, ni repararlo. Y sí, están muy bien las charlitas de los tan de moda y snobistas libros de autoayuda, esas afirmaciones que dicen: "Regálale al mundo una sonrisa y él te premiará con otra mayor"... Y tontás así, propias de Coelho y Bucay. Pero ni mi sonrisa cambia nada ni esta queja va a ningún sitio.
No, no soy una aguafiestas. Ni una amargada. Ni una quejica. Y si no es el 31, saldré el 30, o el 3, y celebraré a mi manera, sin matasuegras ni agobios, sin gorritos (ni de coña me pongo yo una mierda de esas de cartón con una gomita al cuello). No celebraré que se acaba 2011, ni que empieza 2012. El tiempo es una convención que sólo sirve para organizar este caos que tenemos por mundo.
Celebraré que existo y que existís. Que escribo y me leéis. Que soy capaz de sentir la tristeza y la alegría, que me arrebato y me enfado; que llega el jueves y me alegro. Celebraré que en 2011 toqué el cielo y el abismo, que me elevé sobre las puntas de mis pies y me hundí en el fango. Que encerré mi corazón en una caja de plata y tiré la llave al foso del olvido –pero de poco sirvió pues ya lo había dado–. Que no sé contener las palabras, las que hieren y las que premian. Ni los besos. El 30, el 2 o el 3 o incluso el 4, saldré y celebraré que existe la Coronita y el tequila, el cine y la música, los vestidos de terciopelo y los tacones, un nuevo disco de Bunbury y las verónicas de Morante.
¿Y a quién dedicarle las últimas líneas de este hecho convencional llamado 2011 (no le demos, siquiera, la categoría de año)?
A los que estuvieron cerca de mí en el abismo y en el paraíso, en el fango y en la cima, en la risa y en el llanto, en las palabras que premian y en las que duelen. Quizá sin ellos, esta alma que pasea solitaria por la desolada y tristona Castilla se olvidaría hasta de andar.

La foto es de "Memorias de África", por alusiones y porque no se me ocurre mejor plan para pasar la Nochevieja. Me refiero a ver la peli, que ya me gustaría a mí estar en África. O, mejor aún, con Robert Redford.
Así las cosas, voy a celebrar mi particular Fin de Año con vosotros, esquilmados pero selectísimos y exquisitos lectores, maldiciendo libremente a la putísima que parió a 2011 y a toda su estirpe.
Si me pusiera a hacer recuento (no pienso), seguro que saldría por algún sitio que es el año que más noticias negativas ha generado. Y me da igual lo que diga el buenrollista anuncio de Coca-Cola, que está muy bien, sí, muy bonico y emocionante, ahí, trabajándose las ventas de 2012 mientras apela a la bonhomía innata del ser humano. Pero no, la realidad, en cuanto pasa ese anuncio, es otra, y planea sobre nuestras cabezas en forma de nube gris, pesada, plomiza. La realidad de 2011 es esa zorra implacable que ha prohibido a millones de personas tener sueños de futuro, renovar sus esperanzas o mirar hacia adelante con una sonrisa por montera. Y prueba de esta realidad son las cercanas colas del INEM y los cada vez más abundantes y visibles mendigos, por poner un ejemplo próximo, es decir, lo que veo cada día al salir de casa en la placita del Metro de Carabanchel. Sin ir más lejos.
No hablo de Egipto, que me llega al alma, ni de la desangrada Siria, ni del triste Afganistán ni del terrible Irak. Del olvidado Yemen ni de las invisibles mujeres de Somalia. ¿Para qué?
A veces me invade la inexorable tristeza de ser consciente. De qué sirve el lamento. De qué leer un periódico y saber que a las de por sí amputadas mujeres somalíes las violan repetidamente sin que al mundo le importe una mierda.
Nada está al alcance de mi mano. No puedo arreglar nada, ni cambiarlo, ni mejorarlo, ni repararlo. Y sí, están muy bien las charlitas de los tan de moda y snobistas libros de autoayuda, esas afirmaciones que dicen: "Regálale al mundo una sonrisa y él te premiará con otra mayor"... Y tontás así, propias de Coelho y Bucay. Pero ni mi sonrisa cambia nada ni esta queja va a ningún sitio.
No, no soy una aguafiestas. Ni una amargada. Ni una quejica. Y si no es el 31, saldré el 30, o el 3, y celebraré a mi manera, sin matasuegras ni agobios, sin gorritos (ni de coña me pongo yo una mierda de esas de cartón con una gomita al cuello). No celebraré que se acaba 2011, ni que empieza 2012. El tiempo es una convención que sólo sirve para organizar este caos que tenemos por mundo.
Celebraré que existo y que existís. Que escribo y me leéis. Que soy capaz de sentir la tristeza y la alegría, que me arrebato y me enfado; que llega el jueves y me alegro. Celebraré que en 2011 toqué el cielo y el abismo, que me elevé sobre las puntas de mis pies y me hundí en el fango. Que encerré mi corazón en una caja de plata y tiré la llave al foso del olvido –pero de poco sirvió pues ya lo había dado–. Que no sé contener las palabras, las que hieren y las que premian. Ni los besos. El 30, el 2 o el 3 o incluso el 4, saldré y celebraré que existe la Coronita y el tequila, el cine y la música, los vestidos de terciopelo y los tacones, un nuevo disco de Bunbury y las verónicas de Morante.
¿Y a quién dedicarle las últimas líneas de este hecho convencional llamado 2011 (no le demos, siquiera, la categoría de año)?
A los que estuvieron cerca de mí en el abismo y en el paraíso, en el fango y en la cima, en la risa y en el llanto, en las palabras que premian y en las que duelen. Quizá sin ellos, esta alma que pasea solitaria por la desolada y tristona Castilla se olvidaría hasta de andar.

La foto es de "Memorias de África", por alusiones y porque no se me ocurre mejor plan para pasar la Nochevieja. Me refiero a ver la peli, que ya me gustaría a mí estar en África. O, mejor aún, con Robert Redford.
domingo, 13 de noviembre de 2011
¿De qué tienes miedo? Batiburrillo de tarde de domingo
Esa pregunta era el asunto del mail. No, no me lo enviaba ningún corazón embaucado por mis encantos animándome a cerrar los ojos y caminar cogida de su mano; hace meses que mi buzón no recibe postales de amor. Qué poético. La realidad es mucho más prosaica: hace meses que en la bandeja de entrada ningún mail me regala pasiones. Ay, malditos años estos que nos ha tocado vivir sin sentido del romanticismo ni de la tragedia: el tiempo adornará de blanco nuestras cumbres y al mirar atrás lloraremos por no haber dicho un "te quiero" a tiempo (no os los guardéis. Aunque no sea bien recibido ni oportuno, un "te quiero" es un acto de grandeza; la verbalización del amor). Ay, que me desvío. Vuelvo al asunto (del mail).
El mail en cuestión era una promoción de la FOX animándome a ver la nueva serie "American Horror Story". Y he cumplido. No por la recomendación del mail (acabo de verlo, me llega a una cuenta que apenas abro y el capítulo lo vi ayer), sino por una charla con un ser querido de cuyo nombre ¡vive Dios! me cuesta olvidarme ;)
La serie es un poco más de lo mismo: casa maldita, asesinatos, buhardillas a las que no debes subir, sótanos a los que no hay que bajar, una criada vieja que se las sabe todas y da muy mal rollo, la misma criada pero de joven con una pinta que quita el hipo (cebo sexual para atrapar a los varones si lo de los sustos y la sangre no les engancha del todo) y algún íncubo cachondón que se cuela en el lecho conyugal con, me temo, nefastos y fértiles resultados. Qué hacer con ella: darle una segunda oportunidad. Es decir, ver el capítulo 2. Y si no hay nada que no hayamos visto mil veces, dejarla dormir el sueño de los justos y a otra cosa.
Por ejemplo, "The Walking Dead", altamente recomendable. Apta para estómagos no demasiado frágiles (el mío lo es, pero cuando las cosas son tan de mentira no me causan estupor, sino risa). El tema es que de repente el mundo está plagado de zombis y hay un grupo de seres humanos que conforman una especie de "resistencia", el último bastión de la humanidad (que sepamos, nos movemos por Atlanta, aún no se sabe si el resto del mundo está igual o no). Qué tiene de bueno: sangraza gratuita, de la que no molesta, y ver las reacciones humanas cuando se nos lleva al límite. Qué tiene de malo: casi nada si no le buscas tres pies al gato. Y claro, entre los espíritus de la primera y los zombis de la segunda... doy el salto a "The Vampire Diaries", fantasía adolescente plagada de vampiros guapones, animadoras, brujitas sexys, hombres lobo cachas y, lo último: los híbridos (mezcla de vampiro y hombre lobo) y los vampiros originales. Tal es jaleo, que lo único que acaba importando es la estética (las recreaciones de la guerra de Secesión son extraordinarias, así como el caserón de los vampiros protas, los Salvatore) y un personaje: Damon Salvatore. Y más ahora que no tengo ningún capítulo de "True Blood" que echarme a los lomos. Ay, cómo echo de menos a los vampiros de Bon Temps.
Así las cosas, saturada de irrealidades, opto por el cine, ficción tan real como la vida misma. Mejor dicho, me como un atasco el sábado por la noche para ir al cine (así es Madrid) y elijo la peli donde haya menos gente (jamás salgo del circuito Renoir-Golem, me lo prohíben los pocos principios que me quedan). "Tímidos Anónimos", una ternura francesa donde no hay tíos buenos ni tías buenas, ni gente que salva el mundo ni detiene terroristas ni na de na. Es una historia amable de dos personas que se enamoran y a las que les aterra al mundo. Les paraliza la realidad. Eso les hace refugiarse en una timidez enfermiza (otros se refugian en las drogas, las rutinas, las comodidades y la nada).
Me gusta el cine francés, tan alejado de "Jamesbones" y "Laras Crofts". Me gustan los pequeños héroes diarios aterrados por una realidad que les supera y que al final se atreven a decir "te quiero".
¿De qué tienes miedo? Me preguntaba ese mail promocional. No tengo miedo a los espíritus ni a los vampiros ni a los zombis. Ni siquiera me da miedo este monstruo tan molesto llamado crisis. Tengo miedo a no saber vivir. A dejar pasar el tiempo sin consciencia ni ilusión. A perder la ternura. A quedarme sin sentido el humor.
Me aterra la gente que nunca llora más aún que la que nunca ríe. Me da escalofríos esta tendencia aséptica obcecada en ahogar las emociones. Y sobre todo me da miedo que, cuando el tiempo cubra de nieve las -todavía- castañas cumbres, mire atrás y me venza la pena por no haberme atrevido a decir "te quiero".
Por si acaso, ésta es mi particular manera de decirlo:
El mail en cuestión era una promoción de la FOX animándome a ver la nueva serie "American Horror Story". Y he cumplido. No por la recomendación del mail (acabo de verlo, me llega a una cuenta que apenas abro y el capítulo lo vi ayer), sino por una charla con un ser querido de cuyo nombre ¡vive Dios! me cuesta olvidarme ;)
La serie es un poco más de lo mismo: casa maldita, asesinatos, buhardillas a las que no debes subir, sótanos a los que no hay que bajar, una criada vieja que se las sabe todas y da muy mal rollo, la misma criada pero de joven con una pinta que quita el hipo (cebo sexual para atrapar a los varones si lo de los sustos y la sangre no les engancha del todo) y algún íncubo cachondón que se cuela en el lecho conyugal con, me temo, nefastos y fértiles resultados. Qué hacer con ella: darle una segunda oportunidad. Es decir, ver el capítulo 2. Y si no hay nada que no hayamos visto mil veces, dejarla dormir el sueño de los justos y a otra cosa.
Por ejemplo, "The Walking Dead", altamente recomendable. Apta para estómagos no demasiado frágiles (el mío lo es, pero cuando las cosas son tan de mentira no me causan estupor, sino risa). El tema es que de repente el mundo está plagado de zombis y hay un grupo de seres humanos que conforman una especie de "resistencia", el último bastión de la humanidad (que sepamos, nos movemos por Atlanta, aún no se sabe si el resto del mundo está igual o no). Qué tiene de bueno: sangraza gratuita, de la que no molesta, y ver las reacciones humanas cuando se nos lleva al límite. Qué tiene de malo: casi nada si no le buscas tres pies al gato. Y claro, entre los espíritus de la primera y los zombis de la segunda... doy el salto a "The Vampire Diaries", fantasía adolescente plagada de vampiros guapones, animadoras, brujitas sexys, hombres lobo cachas y, lo último: los híbridos (mezcla de vampiro y hombre lobo) y los vampiros originales. Tal es jaleo, que lo único que acaba importando es la estética (las recreaciones de la guerra de Secesión son extraordinarias, así como el caserón de los vampiros protas, los Salvatore) y un personaje: Damon Salvatore. Y más ahora que no tengo ningún capítulo de "True Blood" que echarme a los lomos. Ay, cómo echo de menos a los vampiros de Bon Temps.
Así las cosas, saturada de irrealidades, opto por el cine, ficción tan real como la vida misma. Mejor dicho, me como un atasco el sábado por la noche para ir al cine (así es Madrid) y elijo la peli donde haya menos gente (jamás salgo del circuito Renoir-Golem, me lo prohíben los pocos principios que me quedan). "Tímidos Anónimos", una ternura francesa donde no hay tíos buenos ni tías buenas, ni gente que salva el mundo ni detiene terroristas ni na de na. Es una historia amable de dos personas que se enamoran y a las que les aterra al mundo. Les paraliza la realidad. Eso les hace refugiarse en una timidez enfermiza (otros se refugian en las drogas, las rutinas, las comodidades y la nada).
Me gusta el cine francés, tan alejado de "Jamesbones" y "Laras Crofts". Me gustan los pequeños héroes diarios aterrados por una realidad que les supera y que al final se atreven a decir "te quiero".
¿De qué tienes miedo? Me preguntaba ese mail promocional. No tengo miedo a los espíritus ni a los vampiros ni a los zombis. Ni siquiera me da miedo este monstruo tan molesto llamado crisis. Tengo miedo a no saber vivir. A dejar pasar el tiempo sin consciencia ni ilusión. A perder la ternura. A quedarme sin sentido el humor.
Me aterra la gente que nunca llora más aún que la que nunca ríe. Me da escalofríos esta tendencia aséptica obcecada en ahogar las emociones. Y sobre todo me da miedo que, cuando el tiempo cubra de nieve las -todavía- castañas cumbres, mire atrás y me venza la pena por no haberme atrevido a decir "te quiero".
Por si acaso, ésta es mi particular manera de decirlo:
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martes, 13 de septiembre de 2011
Mientras el mundo gira...
Alguien resumió alguna vez lo que significa la ausencia. Y lo hizo en términos matemáticos. Era algo así, y cito de memoria, como: "Matemáticas de la ausencia: a dos le quitas uno y te queda medio". Eso es más o menos lo que significa echarse de menos, sin dramatismos ni coplas, sin palabras grandilocuentes o patéticas. Y no es que yo hable de mí misma ni de mi ausencia en esos términos (tengo ego pero no tanto), es que este mes y pico le ha dado a mi pobre cabeza y a mi maltrecho corazón para definir algunos términos que incluyen el hecho del amor como un reflejo involuntario. Claro, que mucho mejor lo definió Shakespeare: no es amor el amor que cambia cuando una alteración encuentra.
Salvada esta entradilla emocional, me paso a los consejos prácticos: no os gastéis siete euros en ver "La piel que habito". Si os los gastáis en vino, os vais a reír más. No me ha gustado nada. Y mira que hay películas de Pedrooooooo que me encantan –"Volver", "Qué he hecho yo para merecer esto", "Mujeres al borde de un ataque de nervios"...–, pero ésta da un bajonazo... Para empezar, es totalmente previsible, aunque Almodóvar se enreda innecesariamente en la narración y los tiempos. No os la voy a destripar, pero sí os diré en una frase para que os hagáis a la idea de lo que va el tema: "Historia sádica y cruel de un resentido que juega a ser Dios". Elena Anaya, monísima e inexpresiva. Marisa Paredes, de diva venida a menos con menos credibilidad que los anuncios de los bancos. Banderas... en fin. Quizá el mejor, pero nunca ha sido un buen actor. Eso sí, ¡guapísimo! Y nada más. Bueno, sí, mucho más, pero no os lo voy a contar. Ah, verosimilitud cero.
Por lo demás, me reservo espacio en mi blog, que es más vuestro, para futuras palabras relativas a Estambul y a las series que vuelven, "Crónicas Vampíricas", "Hijos de la anarquía"... Para Mou y las almas merengues. Para el otoño y sus pesares, su abatido asfalto, sus colecciones llenas de soledades, sus fascículos en oferta. Y por el precio de una primera entrega... alguna fumada mental para los corazones abandonados a su suerte. Para ellos, la primera canción de esta nueva etapa.
Salvada esta entradilla emocional, me paso a los consejos prácticos: no os gastéis siete euros en ver "La piel que habito". Si os los gastáis en vino, os vais a reír más. No me ha gustado nada. Y mira que hay películas de Pedrooooooo que me encantan –"Volver", "Qué he hecho yo para merecer esto", "Mujeres al borde de un ataque de nervios"...–, pero ésta da un bajonazo... Para empezar, es totalmente previsible, aunque Almodóvar se enreda innecesariamente en la narración y los tiempos. No os la voy a destripar, pero sí os diré en una frase para que os hagáis a la idea de lo que va el tema: "Historia sádica y cruel de un resentido que juega a ser Dios". Elena Anaya, monísima e inexpresiva. Marisa Paredes, de diva venida a menos con menos credibilidad que los anuncios de los bancos. Banderas... en fin. Quizá el mejor, pero nunca ha sido un buen actor. Eso sí, ¡guapísimo! Y nada más. Bueno, sí, mucho más, pero no os lo voy a contar. Ah, verosimilitud cero.
Por lo demás, me reservo espacio en mi blog, que es más vuestro, para futuras palabras relativas a Estambul y a las series que vuelven, "Crónicas Vampíricas", "Hijos de la anarquía"... Para Mou y las almas merengues. Para el otoño y sus pesares, su abatido asfalto, sus colecciones llenas de soledades, sus fascículos en oferta. Y por el precio de una primera entrega... alguna fumada mental para los corazones abandonados a su suerte. Para ellos, la primera canción de esta nueva etapa.
lunes, 2 de mayo de 2011
Los enamoramientos

A veces ocurren cosas que a uno le reconcilian con la vida: ver una película tan estupenda como "Winter's Bone", leer la última novela de Javier Marías, "Los enamoramientos".
De la primera decir que es una película tremendamente dura y real, pero de un sentimiento hondo, puro. Decir de ella que pone de manifiesto cómo el ser humano, por pervertido que esté a veces, sometido a una realidad cruel, reconoce su humanidad en vínculos indestructibles (para mí, la mejor historia de esta película es la unión de la protagonista –una aguerrida adolescente– con su tío drogadicto. He ahí un lazo puro, quizá la fuerza de la sangre, no sabría bien cómo decirlo). Nuevamente ignorada en las salas comerciales, os ruego encarecidamente que no os la perdáis. Además, tiene una señora banda sonora.
Del segundo decir que me ha vencido. Me rindo a la evidencia: Javier Marías es el mejor escritor en castellano vivo. No tengo ninguna duda. Posee una prosa firme, sin complejos, rica. Dueña de un ritmo desconocido hasta ahora, para mí, en esta nuestra lengua a veces tan dura. Javier Marías es arrolladoramente poético a la vez que analítico e intelectual. Expresa los pensamientos como nadie y los sentimientos como ninguno. Su última novela no habla del amor, ni de los enamoramientos. Bueno, sí, pero los utiliza como excusa para hablar de cómo se comporta el ser humano cuando cae atrapado en esa "tela de araña" que es el amor.
Capaz de lo mejor y lo peor, el hombre llora, se humilla, se arrastra, mata y muere por amor. Un enamoramiento imposible, prohibido, un asesinato, la envidia (que crece en los pechos de quienes tenemos siempre más cerca), los celos, las pasiones, la vida. Todo eso en 400 páginas que a mí me han sabido a poco.
Nunca nadie acertó tanto al hablar de cómo se siente uno cuando se da el enamoramiento:
" Es verdad que cuando nos atrapa la tela de araña —entre el primer azar y el segundo— fantaseamos sin límites y a la vez nos conformamos con cualquier migaja, con oírlo a él —como a ese tiempo entre azares, es lo mismo—, con olerlo, con vislumbrarlo, con presentirlo, con que aún esté en nuestro horizonte y no haya desaparecido del todo, con que aún no se vea a lo lejos la polvareda de sus pies que van huyendo".
Qué haría yo sin usted, señor Marías.
miércoles, 23 de febrero de 2011
Mito (y) torero

Soy un poco mitómana. Lo reconozco y no me avergüenzo: es más, lo que me avergüenza es pensar que hay quien se refiere a mí con este término cargándolo de inquina o intención de insulto. No lo consigue. Para insultarme hay que hacer algo más que describirme. Soy mitómana pero no rozo, ni de lejos, la histeria. Es decir, me gusta Paul Newman, no falta en mi salón, enmarcado, admirado y piropeado cada mañana, pero no me conozco su vida al pie de la letra: algo sé de su cine, de con quién se casó y del día que nació. Poco más, salvo que, de haberlo conocido, me habría trastornado (aún más).
Me gusta James Dean. No tanto como Paul Newman. Pero me gusta mucho. Algo sé de él. Y otras cosas me las han ido descubriendo. A los quince lo llevaba en la carpeta y en una camiseta. Y hoy, a toro pasado, he sabido que, de no haber muerto, el pasado día 8 habría cumplido 80. Aunque unir la idea de cumplir años a la figura de James Dean es un oxímoron como la copa de un pino. También supe, no hace tanto, que a James Dean le gustaban los toros, y mucho. Y como mitómana que soy, he rastreado el google hasta hacerme con unas fotos de él toreando de salón, que he enmarcado convenientemente y ya velan por mis sueños en mi habitación.
De lo que sé de él, me gusta más lo que me imagino. Cuentan que decía que si fracasaba como actor quería ser torero y que dejaba empantanados los rodajes para irse a México a los toros. No tengo más datos de su afición a los toros que esto y cuatro fotos que he encontrado. Pero me lo imagino emocionado y palpitante. No veo a James Dean sentado en el tendido, tomando notas, en plan "aficionado cultureta" (con todos mis respetos a los aficionados enciclopédicos y bla, bla, bla). Lo veo latiendo, con los ojos brillantes, percibiendo el peligro, queriendo vivirlo. Fascinado por la altivez de los toreros, por la fuerza del toro, por la lucha y la muerte. Lo veo seducido y soñador.
Fue un gran actor, aunque breve. Habría sido un gran torero –quizá algo temerario, pero valiente y elegante–. Nos hemos perdido a los dos, pero hemos ganado ambos. Fue lo que fue y es lo que queremos que sea, para eso están los mitos: para soñar. De realidad ya está el mundo lleno.
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lunes, 24 de enero de 2011
El demonio bajo la piel

Se trata de una de esas películas que no dejan indiferente a nadie y que, por poco comerciales, casi nadie verá. Recién estrenada, en Madrid sólo puede verse en dos cines y apuesto a que no estará mucho en cartel. Por eso, si os gusta el cine, os pido que vayáis a verla ya.
El demonio bajo la piel (el título original es The killer inside me) está basada en la novela homónima de Jim Thompson, autor de género negro norteamericano, al que, confieso, no conocía, pero que a partir de ahora ya me interesa.
Dirigida por Michael Winterbottom, ha sido estrenada en varios festivales –Berlín, Sundance...– donde ha recibido más pena que gloria, y es que no es una película fácil de digerir. Lo que sí que es fácil es acusarla de misógina o violenta, pero no vamos a quedarnos en la piel, como demonios que somos, vamos a meternos dentro.
La peli cuenta la historia de Lou Ford (Casey Affleck), ayudante del sheriff en un pequeño pueblo de Texas. Lou es correcto, cortés, contenido y un tanto remilgado, hasta que se le encarga echar del pueblo a la prostituta. Es entonces cuando desata su verdadera naturaleza. Violento, sádico, frustrado, traumatizado... Lou da rienda suelta a su verdadero yo, al piscópata que lleva dentro.
La violencia aquí es real, no es violencia de risas y palomitas en plan Tarantino. No es una violencia estética. Es una violencia brutal. Y a veces hay que cerrar los ojos. Y no, no aparece continuamente. De hecho, sólo hay dos palizas en dos horas de película: las suficientes.
La ambientación de la peli es maravillosa: años cincuenta. Excelente banda sonora. Los actores, incluida Jessica Alba, están bastante bien, sobre todo el protagonista. Y la peli retrata con increíble maestría la compleja personalidad del asesino a la vez que denuncia, con sólo dos gestos, una frase, un "te quiero", la actitud de la mujer cuando ha sido victimizada por un psicópata sádico (podemos cambiar estas dos palabras por maltratador, el resultado es el mismo). Sometidas, humilladas, heridas, lastimadas... parecen seguir buscando el perdón y la comprensión de su verdugo.
Polémica, controvertida, cruel y desnuda. Dos horas de nudo en el estómago, de indagación en la mente y el comportamiento humano. Una historia muy bien contada sobre las perversiones y los sadismos. Una peli que conmueve y que, por supuesto, no deja indiferente. Para mí, una peli más que notable, es decir, notable alto: 8,5.
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martes, 11 de enero de 2011
Sobre "También la lluvia"

"También la lluvia" es una de esas películas que quieren decirlo todo y acaban por no decir nada. Una sale del cine con la lagrimilla asomando –ver a una niña herida, a los indígenas peleando por el agua... da pena, lógicamente– pero, a medida que pasa el tiempo, el efecto de la película es mínimo. Queda el vacío.
Pretendidamente compleja en la forma, la peli tiene su más cercano referente en "Los abrazos rotos". A ver: es una peli que cuenta que se está haciendo otra peli y, entre tanto, alguien va haciendo un documental que captura instantes del rodaje de la peli y de los actores y el equipo. Es decir, juego de perspectivas, barroquismo. Nada nuevo o que no se haya hecho ya con mucha maestría. Y sí, las formas están para cogerlas y usarlas –Quevedo no inventó el soneto y los escribió maravillosos–. Quiero decir, no tengo nada en contra de esta forma de contar, sólo la describo. Y también digo que es demasiado soporte formal para tan poco contendido. Es decir, mucha parrilla para tan poca carne en el asador.
¿De qué va la película? Gael García Bernal –que está buenísimo– es un director de cine que está rodando en Cochabamba (Bolivia) una película sobre el descubrimiento. Con él está Luis Tosar –tiene mis respetos como actor–, un productor sin escrúpulos. Y tres actores: dos menores que interpretan a Montesinos y Bartolomé de las Casas en la película que rueda Gael y uno enorme que interpreta a Colón (Karra Elejalde).
A ver. La cosa es la siguiente. Necesitan indígenas para hacer de extras, se monta una revuelta por el agua, la peli peligra, el productor se pone nervioso, el director no tanto porque es un tío más comprometido y al final el que se compromete es el productor que parecía más malo porque le enternece ver a una niña herida. Bueno, mejor contado de lo que lo cuento yo, pero así más o menos.
Los dos que hacen en la peli de Montesinos y Bartolomé de las Casas quieren huir y el que hace de Colón, que es un borracho de vuelta de todo, está ahí para decir las verdades a pesar de estar resignado a interpretar un papel ridículo.
Chirría que Gael, que en la peli queda retratado como un tío conocedor del mundo indígena, esté haciendo una película tan lineal, en la que retrata a un Colón sinvergüenza y cruel, sin profundidad ni hondura, sin principios. Si hasta el actor que interpreta a Colón pide que le den escenas para mostrar sus zozobras, sus dudas... Es increíble que un tío que llora cuando lee el guión se niegue a hacer una película menos "planita".
Tiene de bueno la banda sonora, de Alberto Iglesias. Un verdadero genio, como indica su currículum: "Los abrazos rotos", "Che", "Volver", "La mala educación", "El jardinero fiel"... Tiene de bueno a Juan Carlos Aduviri –el indígena rebelde en la realidad (es el cabecilla de la revuelta por el agua) y en la peli que se está rodando–. Y quizá tenga de bueno la intención: haciendo un paralelismo entre lo que pasa en una zona de Bolivia –porque una empresa internacional viene a gestionar el agua– y lo que hicieron los descubridores españoles se pretende decir que hace cinco siglos por una cosa y hoy por otra la población indígena siempre está jodida. Pero es que yo tengo un problema: no me gustan las películas con intención tan clara, y menos si no consiguen causar efecto.
Puntuación: un 5 pelao
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lunes, 13 de diciembre de 2010
¡Biutiful!

Javier Bardem es uno de esos artistas que estremecen. Polémicas aparte –puede caerte mejor o peor, a mí no me cae mal, pero tampoco me resulta un tipo agradable y creo que no me gustaría verlo cabreado–, Javier Bardem es un gran actor, el mejor de España y uno de los mejores del mundo. Y quizá con los años se haga en uno de los mejores de todos los tiempos, a la altura de Paul Newman o Robert de Niro (cuando Robert de Niro hacía gran cine) y del mismo Marlon Brando, quizá el más grande de todos y de todos los tiempos.
Javier Bardem es un actor que echa por los suelos eso de que "el físico limita". El físico limita a Elsa Pataky, pero no a un tío que, con aspecto de boxeador (quien diga que Bardem es guapo miente, otra cosa es que resulte atractivo y/o arrollador, pero no guapo) mosqueado, con la nariz torcida y tan ancha, tan grandote... igual hace de yonki que de Ramón Sampedro que de psicópata y, en el caso de "Biutiful", de enfermo terminal de cáncer que vive al límite en la Barcelona más suburbial y sucia. Pobres de los que auguraron para él un futuro plagado de machos ibéricos en serie en filmes de medio pelo, mucho sexo y poco trasfondo.
Destacando sobre todo la inmensa interpretación de Bardem en "Biutiful", la película es una gran película de principio al final. Sorprende la narración –circular, es decir, armoniosa y perfecta en la forma–; la historia –dura, sangrante, desgarradora–; el guión –bien armado, sin adornos ni retóricas, crudo como la realidad que retrata, que es la realidad al fin y al cabo, pero una realidad de la que participan unos cuantos (marginados, drogadictos, prostitutas, olvidados)–; la ambientación –tan lograda que hasta huele–; y hasta ese punto esotérico, que tiene algo que ver –pienso yo– con la tradición del realismo mágico.
No os voy a contar lo que vais a ver en "Biutiful", porque creo que debéis verla, sólo que es una gran película, emocionante y humana. Triste. Conmovedora. A veces muy "indigesta" por su crudeza. Una historia que se aleja de los tópicos y las demagogias –cosa que agradezco. A ver, Fernando León de Aranoa, además de cortarte el pelo y buscarte un trabajo, si quieres hablar de los problemas de la emigración, deja de hacer la mierda de "Amador" y aprende de González Iñárritu–. Dos horas y media de calidad que hacen aún más grande a su director, a su protagonista y al cine en general.
sábado, 23 de octubre de 2010
Mis tardes con Margueritte

Gracias a las últimas películas de las que he hablado aquí empezaba a sentir complejo de Pitufo Gruñón. Que lo soy, vale, pero también tengo mi lado bueno. Y la peli de hoy me lo ha despertado, y alimentado, y acentuado. Tanto que entre la peli y la luna estoy a punto de echarme a llorar. Más no me vencerás, histeria. 34 años llevo hollando esta tierra con mis ovarios en ristre como para no saber cuando las nostalgias y las penas del día a día se ven pronunciadas por una suerte de fatalidad que tiene un claro origen hormonal. ¿O quizá no? A lo mejor sólo estoy tristona porque tengo motivos para estarlo. Como los tengo para estar contenta. Vale, hoy vencen los primeros. Pero como dice mi adorada Escarlata O'Hara: "Mañana será otro día".
Y ahora al tema. He visto una peli preciosa: "Mis tardes con Margueritte" ("La tête en friche", escrita por Jean-Loup Dabadie y el director del film, Jean Becker, a partir de la novela homónima de Marie-Sabine Roger). Una conmovedora historia de amistad, de palabras, de literatura y de amor. De exclusión y prejuicios. De relación materno-filial, de desamor y frustración. Una historia humana. Bien contada. Bien narrada. Sencilla, sin florituras. Poética, hermosa.
La historia la protagoniza Germain (Gerard Depardieu), un hombre aparentemente embrutecido, prácticamente analfabeto, con una madre borracha que siempre lo despreció y una vida llena de tortura (se cuenta con estupendos flash-backs) y exclusión por su exceso de peso. Un día, en un parque, conoce a Margueritte (Gisèle Casadesus), una anciana encantadora, y su vida cambia. Ella le descubre la literatura, la magia de la palabra y va desenterrando la mente despierta e ingeniosa de este hombre, oculta y escondida por años de maltrato.
De forma paralela, se cuentan las pequeñas (grandes) historias cotidianas de los vecinos y amigos de Germain, su romance con una regordeta y simpaticona conductora de autobuses, la vida de la ancianita en su residencia... pero sobre todo se reflexiona, con mucho sentido del humor y extrema sensibilidad, sobre lo humano: la vejez, el amor, la amistad, el cariño, el rechazo...
Metáforas y versos para narrar un trozo de vida en apenas 90 minutos de metraje, una gran historia, humana, bella y a veces triste, contada sin recrearse en lo sórdido ni en el dolor, llena de esperanza y colores, de flores y de lucidez.
Sencilla, sin pretensiones en la puesta en escena, pero con bellos rincones, cuenta, sobre todo, el viaje interior de un hombre que estaba condenado a ser, desde su nacimiento, una especie de "tonto del pueblo", pero que va mostrando su lucidez, su inteligencia, su chispa..., gracias al acicate que supone en su vida la aparción de esta mujer.
No apta para pesimistas, para aquellos que piensan que todo en el mundo es mezquindad, la peli viene a decir que por mucho malo que haya en nuestra vida, siempre hay alguien que nos ama y a quien amar y que saca lo mejor de nosotros. Y si eso pasa, aunque sea al final del camino, esto de vivir vale la pena.
Y doy fe. A pesar de mi mal día.
martes, 19 de octubre de 2010
Amador=Aburridor

Si no fuera porque a veces tengo medida, le diría a Fernando León de Aranoa aquello de "córtate el pelo y búscate un trabajo". Y a continuación añadiría: "Deja de trincar subvenciones para hacer cutrepelículas con malísimos actores a los que seguramente pagas una mierda. Deja de contar historias con poco cine y mucho documental donde no gastas un euro con ese afán de retratar la realidad. Deja de contar una realidad que no es la que es sino la que tú quieres que sea –o crees que es– desde tu perspectiva progre y totalmente acomodada y burguesa, chaval. Deja de minarnos la puta moral con tus rollos. Deja de decaer: empezaste muy bien con "Familia". Seguiste bien con "Barrio". Te mantuviste con "Los lunes al sol". Y a partir de ahí tu obra es un bajonazo. Lo de "Princesas" fue horroroso: creíste que una chica de extrarradio sólo tiene dos salidas: cajera del Día (con todos mis respetos a las cajeras del Día) o puta (con todos mis respetos a las putas). Y ahora con "Amador" quieres hacernos ver que la gente está tan desesperada que puede ocultar un muerto durante meses en su casa. Pero de qué vas, tío.
Argumento de "Amador" (lo siento por quienes quieran verla): Una emigrante embarazada cuida de un anciano. El anciano muere y ella oculta la noticia para seguir cobrando. Pasan los meses (sí, los meses, con un muerto en la cama). Vuelven los hijos y, lejos de enfadarse, le dicen que siga ocultando al finado para seguir cobrando su pensión unos meses más. Fin.
Mientras tanto, la chica vacía las pastillas que tomaba el abuelete en un tarro, hace un puzzle, coge el autobús para ir a su casa. Coge el autobús para ir a casa de Amador. Pone otra pieza del puzzle. Echa más pastillas a un cuenco y deja a su novio, que es un tío que le pone los cuernos –claro, si eres una desgraciada no te puede faltar de na: poca pasta, malas condiciones y un buen par de cuernos– y vende flores por los bares. En un momento en que, por error, abrí los ojos, escuché que el tipo decía que las flores venían de Colombia. Y pensé: "Hostias, las flores van a tener coca y, como ella le lleva todos los días flores al difunto, la van a trincar y verás qué movida". Pero no. Las flores son flores y la peli es una mierda.
Luego hay un personaje plagiado del mundo Almodóvar (una prostituta ya entrada en años) pero sin la gracia ni la hondura que puede tener cualquier personaje de Almodóvar. ¿Y qué más hay en la peli? Nada más. Bueno, ella, aburrida de hacer puzzles, echar las pastillas del abuelete en un cuenco y coger el autobús, se toma las pastillas y se tumba al lado del muerto (que a estas alturas de la peli tiene que estar en un estado más bien avanzado de descomposición, pero el director, haciendo alarde de su buen gusto, lo ha tapado con una sábana). Pero no sólo no se muere, sino que ni siquiera pierde al bebé.
Ya está. Fin.
Dejo de hablar de esta peli porque me aburro yo sola de recordarla.
jueves, 14 de octubre de 2010
De neurosis y otros líos mentales
No me fío de la gente que no hace las cosas con intensidad. Odio que esté de moda ser un soso, no apasionarse. El otro día, leyendo en el suplemento de El País algunos fragmentos de los escritos de Marilyn –qué pedazo de mujer, qué tristeza la suya– que van a publicar ahora, se decía esto: "La imagen que Marilyn ha dejado de sí misma esconde un alma que pocos sospechaban. De gran belleza, es un alma que la psicología barata calificaría de neurótica, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado". Y no puedo estar más de acuerdo.
No, no os asustéis, no voy a compararme con Marilyn. La salud de mi ego está bien, pero no tanto. Pero si voy a recoger esa afirmación y me la voy a llevar a mis terrenos.
Antes, no hace mucho, me avergonzaba cuando alguien me llamaba obsesiva cuando expresaba mi admiración y amor (sí, le voy a llamar amor. Ya no tengo pudores, y menos ahora que me asomo sin remedio a los 34) por Morante de la Puebla, al que adoro. Sí, ¿y? ¿Dónde está el problema? Sólo su madre es más morantista que yo. ¿Qué pasa? Y nadie sabe el nudo que tengo en el estómago cada vez que voy a verlo torear, aunque luego no haga na, que algo hace siempre –da gloria verlo andar–. No, no estoy obsesionada con Morante. Duermo, vivo, como, sueño, ando y me relaciono con normalidad. Pero Morante me gusta mucho.
Antes, no hace mucho, me jodía que me llamaran loca o friki por ir el mismo día del estreno –o incluso al preestreno– de las pelis de "El señor de los anillos". Por pagar reventa para ver a Springsteen. Por estar seis horas sentada en el suelo esperando ver actuar a Héroes del Silencio en un viaje de ida y vuelta a Valencia cuando la semana anterior los había visto en Sevilla. No, no estoy loca ni soy una friki (o sí, me da igual). Respiro, río y camino con normalidad. Pero "El señor de los anillos", Springsteen y los Héroes del Silencio me gustan mucho.
Antes, no hace tanto, me preocupaba que me llamaran histérica si contaba que me encanta encerrarme sola en casa, cuatro horas, a ver "Lo que el viento se llevó" y llorar a gusto. Y llorar mucho, muchísimo. No, no pasa nada. Voy al cine –mucho–, leo, cocino y paso la aspiradora con normalidad. Pero "Lo que el viento se llevó" es mi película favorita. Y, claro está, me gusta mucho.
Antes, hace sólo unos meses, podía enfadarme que alguien me dijera "adolescente" porque voy a disfrazarme de vampiresa con mi sobrina, mi hermana y mi cuñada para celebrar mi cumple, que coincide con el fin de semana del 1 de noviembre, fecha que me encanta (como todo lo que me gusta).
Me molestaba, incluso, cuando decían "¿es que no tienes nada mejor que hacer?" cuando contaba que había estado siete horas seguidas viendo "True Blood" o "Los Soprano" o "The Shield". No, no tengo nada mejor que hacer porque en ese momento es lo que quiero hacer. No, no soy una adolescente porque ya he vivido el doble que un adolescente, pero me gustaría morirme a los 90 con la misma ilusión que tenía a los 17 o incluso con la mitad de la que tengo hoy. Pero os juro que pelearé por tener, al menos, el doble. Me encantan los vampiros, me vuelve loca "True Blood" y "The Shield" y "Los Soprano". Adoro las series. Estoy currando, se me va la cabeza, y pienso en series. Voy conduciendo y se me ocurren series. Sueño con hacer series. Y creo que la primera va en camino. Pero, a pesar de todo, trabajo, cumplo, me aburro, cobro y pago hipoteca con normalidad. Pero los vampiros y las series me gustan mucho. Y me gustan mucho.
Antes, hace sólo unos días, me provocaba alguna inquietud que me dijeran que busco imposibles, que se me va la olla, que soy una soñadora, que por qué no me echo un novio "normal". Que deje de tontear con lo que no puedo tener. Que me fijara en tal o en cual, que anda coladito, y es tan majo, tan formal... Mataría y moriría por los que amo, que son pocos pero bien elegidos, pero no puedo amar lo que, a priori, no me gusta. Y si no me gusta, no quiero conocerlo más. Lo siento. Pero es que, si alguien me gusta, me gusta mucho (ya lo decía Calamaro: prefiero solamente un beso tuyo, antes que el amor de mil...). Y si me gusta mucho, lo quiero mucho. Porque querer y, sobre todo, sentir... ¡vale la pena!
Y la psicología barata califica de neurosis mi dolencia, tomo nota del diagnóstico y hago una hoguera con las recetas. Si curar mi neurosis significa dejar de sentir (y mucho) prefiero vivir enferma. Y morir sintiendo.
P.D.: Como no sé qué foto poner, pongo una de un personaje que... me gusta mucho.
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lunes, 11 de octubre de 2010
"Abel", rollazo de Diego Luna

Si no fuera porque los dos niños son una monada, diría que lo mejor de "Abel" es que dura poco. La razón por la que vi ésta y no "Bright star", que es la que había previsto ver, es porque si veía "Bright star" no me daba a tiempo a pillarme el café en el Starbucks, porque empezaba a las ocho, así que pillé entrada para y cuarto y me metí con medio litro de café americano al cine, que es una de las cosas que más me gusta hacer en el mundo: ver una peli con café del Starbucks, ya que, en ocasiones, lo del café es lo único bueno (vale, sí, es un agua sucia y el Starbucks es una mierda, pero a mí me encanta, sabe a tarde de cine). En resumen, que no me despertaba mucho interés, pero si sólo viera las pelis que me despiertan interés a priori, vería cuatro al año, y eso no puede ser.
A pesar de que el apellido del productor –Malkovich– puede llamar vuestra atención cinéfila poderosamente, no caigáis en la trampa, por favor. La peli es una chorrada blanda que no se sostiene. La sinopsis viene a ser que un niño, Abel, muy rico, medio autista medio insomne, vuelve con su familia –pobre, claro, si no lloramos menos y eso no puede ser– para ver si puede vivir o no fuera del hospital. El niño asume la personalidad del cabeza de familia y se cree el padre de sus hemanos y el marido de su madre. Cuando el padre regresa, se desata el conflicto. Y es que parece que al niño le dio el desiquilibrio cuando el padre se piró a EE.UU a hacer fortuna y una familia en paralelo. Después de poner a su hermano pequeño (que él lo considera hijo) en peligro, vuelve a ser internado. Fin.
Mientras tanto, es decir, mientras sale y lo internan, vemos la vida de una familia mexicana sin recursos –drama– con un hijo enfermo –más drama–, un padre despreocupado e infiel –más aún– y, como contrapunto, la gracia que hace ver a un niño comportándose como un adulto y hablando como un adulto, que a mí, sinceramente, me hace poca. Aunque es que yo debo de ser muy seria, porque en la sala había público de carcajada fácil, de esos que no sonríen ni ríen levemente, sino de los que sueltan una risa ruidosa y obscena, como si quisieran compartirla y decir: "ya que hemos pagado ocho euros por ver esta mierda, vayámonos a casa diciendo que aunque la peli no cuenta nada, es graciosa, y el niño es una monada".
Personalísima visión del director Diego Luna y bla, bla, bla... dicen las críticas. Y tanto que personalísima. Sólo debe gustarle a él. Y mira que este chico me cae bien, y me parece buen actor (aunque me jodió su comentario antimadridista en la inauguración del Festival de San Sebastián: "este festival es tan perfecto que mañana va a venir aquí el Real Madrid a perder", dijo. Comentario desacertado y fuera de lugar. Y además el Madrid ganó). Pues eso, que tan desacertado como el comentario ha sido el planteamiento de esta peli. Además, estoy un poco cansada de este hiperrealismo doloroso, triste, gris y frío.
Para más inri, ayer, a eso de las seis, que yo llegaba de viaje, con la maleta en el portal, me llama mi amiga María del Mar: "Corre, vente a los Ideal, que está Benicio del Toro". "No puedo, estoy recién llegada, me pillas subiendo la escalera. Si voy, iré más tarde, a eso de las ocho, y a los de Plaza España, como siempre". Y así lo hice. Y yo también me encontré a un famoso: Amenábar. Que sí, que es muy listo y su cine mola un güevo, pero ya está. En cambio, Benicio del Toro es, a mi modo de ver las cosas, objeto de deseo de cualquier mujer heterosexual que se precie. En resumen, que ayer no era mi día. Sólo lo salvó el café. Y a esta entrada lo que la va a salvar es que paso de poner la foto del niño de "Abel", por mono que sea, y voy a poner a Benicio, en honor a María del Mar, que se lo encontró así, de sopetón (mucho mejor que encontrarse un billete de 500), y porque, qué coño, a mí me gusta mucho más.
jueves, 30 de septiembre de 2010
Batiburrillo temático

No voy a decir que el tiempo pasa, que es una obviedad, además de un lugar común. Tempus fugit (Virgilio dixit); y si lo dice Virgilio y las marcas relojeras lo estampan... no voy a decir yo lo contrario, pero tampoco lo mismo. Si atendemos a las concepciones científicas del último siglo, debemos tener en cuenta que hay teorías físicas que consideran que el tiempo lineal no existe. Pero remontándonos aún más en los siglos, podemos también considerar que "el tiempo no existe sin el cambio", según el mismísimo Aristóteles. Sea como fuere, llevo ya diez días sin una mala entrada que echarle a la boca a este pobre blog. Así que, de entre todas las teorías (no me sé casi ninguna) y leyes, voy a volver a los clásicos, como siempre, y me quedo con el maestro de la poética y su idea de que el tiempo no existe sin el cambio, por lo que el tiempo no pasa por mi blog. Je, je. Esto es lo que se llama manipular para llegar donde quiero ir.
Al tema. No escribo por falta de tiempo y exceso de pereza porque, en realidad, tengo muchos temas en el tintero. Enumero algunos, me enredo en un par de ellos y los próximos los raciono. Creo que con esto me llega pa un par de meses. Asuntos pendientes:
Series. La tercera de "Mad Men". Maravillosa. Para ésa me reservo un post entero. Y para mi Don Drapper, otro, claro. Estoy viendo la tercera de "Prison Break", y tengo mucho que decir al respecto, y no todo bueno. Aunque sigo queriendo a Michael –no hay que olvidar que está en condiciones infrahumanas en una prisión panameña por salvar a su hermano (los vínculos más fuertes nacen de la consanguinidad, los demás son rompibles y reemplazables, no hay más que ver que una puede divorciarse 25 veces y amar a tus 26 maridos por igual, pero no puedes elegir entre tus hermanos, ni querer a uno más que al otro, ni cambiarlos, ni serles desleal, ni olvidarlos ni dejar de amarlos jamás; y si lo haces... pobre de tu conciencia, si para entonces te queda)–. También quiero hablar de "Treme" y su bajonazo. De la tercera de "Sons of Anarchy" y de mi Jax Teller... Y ya van no sé cuántos post. Y recuperar a Cicely, ahora que llegan los días cortos, las noches largas, el sol de otoño.
Cine. Tengo pendiente de comentar tres pelis que me han fascinado: "El escritor", "La vida privada de Pippa Lee" y "Philip Morris, ¡te quiero!". Una que ni mucho ni poco ni todo lo contrario: "Madres e hijas". Y otra horrorosa: "Todo lo que tú quieras", mala entre las malas, española como ella sola en el sentido más amplio con el que esa palabra puede calificar a un tipo de cine que pretende ser intimista y no pasa de coñazo y lacrimógeno. Absurda. Lo único que me gustó fue recordar que Juan Diego Botto tiene mis respetos como actor y que la banda sonora es de Leiva (Pereza), y no está mal. Aunque no nos engañemos, la banda sonora es decentita, no espectacular: no es la de "La guerra de las galaxias", ni la de "Memorias de África" o "Lo que el viento se llevó" o "El señor de los Anillos" o la de la primera peli de "Piratas del Caribe", que es absolutamente espectacular, muy por encima de la peli.
Relatos. Algún email reclama alguno. Ya lo pondré, como entrada gansona de fin de semana hiperfestivo y resacoso.
Héroes. Tengo en mente hacer un repaso a todos los de las series, de uno en uno. A uno por post. Empezando por el bueno de Michael. O quizá por mi querido Lem de "The Shield". O Jack, de "Perdidos", imposible de olvidar. Todo llegará.
Vampiros. No se me van de la cabeza. Cada vez me gusta más la banda sonora de "Crepúsculo" (aunque no deje de reconocer que esta saga es una chorrada adolescente, pero tiene mi admiración como producto con todas las claves del éxito). Y cada día que pasa me gusta más "True Blood". La echo de menos y adoro su banda sonora, lástima que estuviera tan cara el otro día en Media Mark, luego dicen que descargamos... Hay que joerse. Y luego, no deja de sorprenderme (gratamente) que haya un montón (bueno, mucha, no hay que exagerar, nunca tuve un montón de lectores) de gente que entra desde distintos puntos de Hispanoamérica (también de España, pero más del otro lado del charco) para leer una entrada escrita el 26 de noviembre. Ésta. Y eso me encanta. Pero no entiendo por qué ahora y por qué ésta. Misterios sin resolver. Quizá sea por el vídeo de Eric que hay en ella, que es espectacular (aunque mi favorito sigue siendo éste). Y para no enredarme más, me despido con otro de mi vampirillo (ay, cómo lo echo de menos, y hasta junio no hay cuarta temporada). Es el "minisode" promocional de la tecera. Una sinvergüencería cargada de sentido del humor con un gigantesco Eric ataviado con un chándal de Adidas. Jamás prenda tan vulgar sentó tan bien a nadie (Iker, perdóname).
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domingo, 5 de septiembre de 2010
"Lope" da vergüenza

Si dijera que es mala, mentiría. Es malísima, dolorosa hasta la extenuación. Pésima. Pobre. Indocumentada. Plana. En un principio, pensé: "Vale, no espero que hagan un estudio profundo sobre la figura de Lope de Vega, se centrarán en su apasionada y apasionante vida sentimental -que era de tal dimensión que el bueno de don Miguel de Cervantes estaba escandalizado, pues compartían barrio, aquí, en Madrid, en lo que ahora se llama el Barrio de las Letras, y don Miguel vivía en un ay con el número de mujeres que visitaban la casa de Lope, aunque don Miguel tampoco era, ni mucho menos, un casto varón-.
Bueno, a lo que vamos, que yo pensaba que la peli se centraría en la vida sentimental de Lope de Vega y, aunque fuera mala, algo entretendría, pero no. Soy una ilusa. Sólo cuenta la historia de Elena Osorio (Filis, qué suerte tienes, qué poemas te escribió, capulla) e Isabel de Urbina (Belisa, ídem). Y ya está, cuenta la relación con estas dos jovencitas hasta el momento en que lo destierran de la Villa y Corte. Punto final. Nada más. En absoluto se habla de su agitadísima vida sexual y sus múltiples amantes ni su otra esposa. Lope era un mujeriego de libro y mantuvo relaciones con numerosas mujeres, incluso después de haber sido ordenado sacerdote.
Tampoco hablan de Lope ni consiguen dibujar, ni de lejos, la importancia de su figura para las letras españolas. Además de su poesía y novelas de todos los géneros que se daban en la época, Lope compuso el "Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo", donde expone sus teorías dramáticas, contrapunto a las teorías horacianas, ya que, de las tres unidades -acción, tiempo y lugar-, Lope decide que sólo ha de respetarse la de acción, por aquello de la verosimilitud, y aconseja la mezcla de lo trágico y lo cómico; modifica el uso de la estrofa, que pasa a usarse de acuerdo a las situaciones, y recurre al acervo tradicional. Explotando como temas el amor y el honor, llega a escribir más de mil obras, se "especializa" en la capa y la espada y se hace un experto en acción amorosa. Pero su mayor éxito recae en el teatro que trata los abusos de los nobles sobre el pueblo (¿os acordáis de "Fuenteovejuna"?), poniendo luego al rey (generalmente, se va a los Reyes Católicos, sitúa las obras en aquella época para no pringarse) como repartidor de justicia, viniendo ésta dada, directamente, de dios. Es decir, los reyes hacen justicia, que pa eso los nombra dios, el noble corrupto y mancillador de honras cae y el pueblo sigue tan conforme y en su sitio. Todos contentos.
Por si esto fuera poco, estuvo enrolado, al menos, en dos expediciones militares, una al mando de don Álvaro de Bazán (antepasado de un amigo, ahora que caigo), y la otra, en la Armada Invencible.
Total, una vida que da para una trilogía, y de las buenas. Pero no, la peli es una mierda sin fuste ni lustre. Lo único bueno, los versos, y están tan mal recitados por el soso del prota, el tal Alberto Amman, que a Lope le tienen que estar crujiendo todos los huesos en la tumba.
Además, me da que patinan en algunas cosas. Por ejemplo, en la peli sale que Lope corrige (ahí es nada) "La Numancia" de Cervantes para que sea representada. Lope y Cervantes, aunque se admiraron, tuvieron muchas discrepancias, y necesitaría un blog para contarlas todas. Entre otras, Lope acusó a don Miguel de no saber hacer teatro. Y don Miguel sabía, pero no ese teatro que hacía Lope, escrito y dedicado al éxito, con una fórmula que incluía la garantía de aceptación por todos los estratos sociales. "La Numancia" es una gran obra, pero no podía triunfar porque incluía la presencia de figuras morales, por ejemplo, y el ideal del pro patria mori (morir por la patria, aquello de Dulce et decorum est pro patria mori... qué bonito suena todo en latín, joer), demasiado para entretener a un pueblo desencantado y empobrecido -guerras de religión, un gran imperio en el que la gente tenía hambre, paladín de la Contrarreforma y la picaresca como fruto-. Era una obra demasiado intelectual. No se digería así como así. Tendría que empezar a buscar por ahí si es cierto que Lope corrigió esta obra para que fuera representada y que alcanzara el éxito, pero dudo que así fuera. Cervantes no tuvo éxito en vida hasta "El Quijote". Y no le dio dinero. De hecho, fue enterrado con un hábito de trinitario porque no tenía para la mortaja. El entierro de Lope se recuerda (con el de Tierno Galván) como el más multitudinario de Madrid. Esos retoques que supuestamente Lope le hace a la obra de Cervantes es lo único que sale en la peli para hablar de la confrontación (y a la vez admiración) que había entre ellos, a pesar de que esta historia da para otra trilogía: Lope era desmedido, un gran fecundador de bastardos y comedias. Era turbulento, apasionado. Cervantes, que también llenó su casa de mujeres ("las cervantas" las llamaban, pero esto lo contaré en otro post, o éste será eterno), era medido y discreto. Don Miguel tuvo una vida de pleitos, encarcelamientos, vagabundeo y pluriempleo. Pero don Félix Lope era la puta star, gracia y donaire en el Madrid barroco. Gloria. Aunque de ascendencia humilde, ganó y derrochó como nadie. Era tan popular, querido y conocido, que se vendía paño a "lo Lope", lo bueno y hermoso era "digno de Lope"... Es decir, este hombre, en vida, era "moda", jodida "tendencia". Y va alguien y hace una película sobre él donde sólo sale enrollándose con dos pavisosas y recitando -mancillando- hermosos versos que carga de eses, sin la más mínima pasión. ¡Dios! Qué dolor.
¿Más de Lope y Cervantes? Venga, con eso acabo. Don Miguel pagó con la invalidez y el cautiverio la pasión que puso en sus principios: admiró el proyecto imperial (del que luego se descojonó, viejo, cansado y desencantado, en algún poema hiriente). Aun siendo un católico ferviente, defendió la libertad, el individuo y el libre albedrío (y todo esto está en "El Quijote", que no es que lo diga yo ahora, porque quiera. Don Miguel, te adoro). Lope, aunque también fue soldado, se dedicó a ensalzar el poder oficial, entre otras cosas, asistiendo a los autos de fe en la Plaza Mayor.
¿Hay o no material para hacer una película que al menos inquiete?
Pues nada de esto encontraréis en "Lope". Nada.
Ahora sólo tengo un temor: que a alguien se le ocurra hacer la de Cervantes. Si tuviera pasta, iría a la SGAE o donde proceda, y pagaría para quedarme con esos derechos, y que nadie osara rodar con tanta desvergüenza y desconocimiento como han hecho con la de Lope la vida de aquel hombre.
De los actores, ni os hablo. En esta ocasión, no salvo ni a Luis Tosar, que parece el puto Malamadre vestido de cura. El mismo gesto de tío cabreao.
No vayáis a verla, por dios, mejor, leed un soneto. Y disfrutad.
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor süave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
Félix Lope de Vega
lunes, 30 de agosto de 2010
Patinazo de Woody Allen

Como se trata de Woody Allen, los medios dicen que es una película menor. Precisamente porque se trata de Woody Allen, yo diría que "Conocerás al hombre de tus sueños" es una película muy mala. Si la peli la hubiese hecho un aprendiz, o fuera un capítulo de media hora de una comedia televisiva mediocre, diría "bueno, no está mal", pero la peli de un tío con esa experiencia no puede ser tan aburrida y repetitiva.
El esquema es el mismo otra vez: narrador que presenta personajes y los va uniendo por las relaciones que tienen entre sí. Los personajes son los de siempre: gente acomodada que bebe y vive con mil histerias y neurosis. El tema: ¿la ilusión? No se sabe, quizá sea ése por una frase que dice Naomi Watts: "Las ilusiones curan más que la medicina". Frase absurda, además, que en absoluto comparto, ya que creo que las ilusiones (las ilusiones vanas, imposibles, las que te hacen no tener los pies en el suelo) son perjudiciales para la salud y la felicidad en general, pero bueno, ése es sólo mi punto de vista. El argumento: película coral que retrata los disparates de una mujer abandonada por su marido, la infelicidad de su hija con su marido, que se enamora de la vecina porque está muy buena, la hija a su vez se enamora de su jefe (Antonio Banderas, muy guapo para sus 50, muy majo, sí, pero tan mal actor como siempre) y éste que se enrolla con la amiga y el padre, que abandonó a su mujer, se casa con una putilla que le saca los cuartos. En fin, que tampoco es que la cosa sea muy original.
Para empezar, es una colección de tópicos y de personajes hechos: la rubia tonta con pinta de actriz porno, la casada cuarentañera insatisfecha, el cuarentañero que se niega a envejecer y se fija en la jovencita, el señor mayor que cree que tiene 30 y se enrolla con la rubia tonta, el mazacote del gimnasio sin cerebro, la artista progre... ¿Algo nuevo que aportar? Pues no, esta peli no aporta nada.
Y no es que la esté destripando. En la peli no pasa nada más. Y para más inri, el tío se permite el lujo de no acabarla. Presenta todas las historias y no cierra ninguna. Es como si dijera: "Tomad, retazos de mi arte. No cierro las historias porque no importa. Importa lo que construyo con mi visión, da igual lo que cuente". Pues no, Woody Allen no es Miguel Ángel y no puede permitirse no acabar sus esculturas -películas-, pues no son, ni de lejos, perfectas. Y no plantean nada original. Abusando de su pasión por lo psicoanalítico, pone a funcionar a todos los personajes por síntomas. Si alguien tiene histeria, se mueve por histeria y no hay más. Se acabó la complejidad del personaje. Ya está. Y eso aburre. Es todo tan plano... Además, creo que todos los síntomas son síntomas suyos: todos los personajes son pequeños Woodys moviéndose en casas bonitas, bebiendo cosas ricas y poniéndose ropa cara.
El narrador de las neurosis de la gente de pasta ha patinado esta vez. Y de qué manera. Ya lo siento, porque, con sus más y sus menos, Woody Allen siempre me ha interesado y me ha entretenido. Esta vez no me ha hecho ni gracia (el guión es sosísimo).
Lo mejor: los actores. Anthony Hopkins, Josh Brolin y Naomi Watts son geniales. Y Banderas... pues a Banderas mola verlo ahí, al chavalito de Málaga, tan majo, trabajando con los grandes. A mí me cae bien, y mola verlo hablar su inglés con deje del sur (del sur de España, quiero decir). Y el tío, para tener 50, ole cómo está... pero creo que es un actor con pocos recursos, pero, en este caso concreto, no importa. Total, pa lo que hace...
En fin, que la que necesitaba una hora de diván después de ver este dislate era yo.
Si os animáis, id. Si no, gastad los ocho pavos del cine en algo más productivo. Cerveza, por ejemplo.
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