
Desde que dejé el psicoanálisis, el blog me sirve, en cierta medida, como terapia. La otra noche soñé que iba a una productora con el guión –la biblia– de mi serie (sí, ésa que lleva en ciernes un año y sin avanzar un sólo renglón meses) y que para que el productor accediera a leerlo, tenía que acostarme con su secretaria, que en realidad era un hombre vestido de mujer y maquillado y peinado al más puro estilo años ochenta. Si queréis más detalles, tenía cierto aspecto de azafata, era una mujer (cuando aún no había descubierto que era hombre) demasiado neutra, poco expresiva y sin un rasgo que la caracterizara, como una azafata de Iberia o Kate Middelton. Asépticas. Correctas. Si seguís queriendo detalles, se quitaba una peluca, resultaba ser un tío y ahí me desperté o cambié de sueño. Aún no lo tengo claro.
Qué curioso es esto de los sueños –mi psicoanalista diría que lo de curioso no es el adjetivo adecuado, pero hace tiempo que paso de mi psicoanalista–. Si fuera a su consulta tal día como hoy, él me preguntaría que si me provocaba más desazón o incomodidad el hecho de tener que acostarme con ella para que alguien leyera mi guión o el hecho de que fuera mujer. Y yo, hastiada de analizar sueños sin llegar a ninguna conclusión, diría: "Ambas cosas". Y él diría: "Explícame cómo te sentiste". Y yo intentaría cambiar de tema porque mi mente, que a veces funciona demasiado deprisa, estaría verbalizando cualquier gilipollez, quizá improvisando sobre la marcha, hilando frases inventadas sobre cómo me sentía en ese sueño (¿sería una Luisa real u onírica?), y a la vez pensando que el tío –mi terapeuta, con el ánimo en to lo alto por el pernicioso efecto de la primavera– quería llegar al meollo del asunto.
Decepcionado al no hallar en mí ni una sola palabra referida al sexo, concluiría que, en realidad, lo que me pasa es que tengo miedo a terminar el guión porque temo fracasar y que no le interese a nadie, que jamás nadie lo lea y, por supuesto, que jamás se grabe ni un segundo de esa serie. Que los sueños reales, los que pasan cuando estás dormida, son más de verdad (aunque no lo sepamos, puesto que transcurren en el inconsciente) que los sueños de mentira, que son los que se dan cuando estás despierta (es decir, cuando voy conduciendo, oigo una canción y pienso que estaría bien para terminar el capítulo en el que Candela se lía con Juan, a la altura del seis de la primera temporada).
Conclusión: no me hace falta psicoanalista para saber que tanto el guión de mi serie como el de mi corto están ideados, comenzados y nunca terminados porque me vence la idea de engordar con ellos la lista del fracaso. Así que, tal día como hoy, 14 de abril, siguen durmiendo el sueño de de los justos –y casi de los olvidados– en mi escritorio. A la espera de que algún valiente ¿seré yo? los remate. O bien los queme.
P.D.: Y encima no paran de llegarme cosas sobre la nueva temporada de True Blood, la serie que me habría encantado hacer. Menos mal que no soy de deprimirme, si no, esto, más que un desahogo, sería una carta de suicidio.
Conclusión: no me hace falta psicoanalista para saber que tanto el guión de mi serie como el de mi corto están ideados, comenzados y nunca terminados porque me vence la idea de engordar con ellos la lista del fracaso. Así que, tal día como hoy, 14 de abril, siguen durmiendo el sueño de de los justos –y casi de los olvidados– en mi escritorio. A la espera de que algún valiente ¿seré yo? los remate. O bien los queme.
P.D.: Y encima no paran de llegarme cosas sobre la nueva temporada de True Blood, la serie que me habría encantado hacer. Menos mal que no soy de deprimirme, si no, esto, más que un desahogo, sería una carta de suicidio.

















