El blog de Luisa Tomás

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miércoles, 26 de marzo de 2014

Raimundo


Raimundo no había viajado nunca en avión, pero tenía un huerto que daba tomates en septiembre y fresas en primavera. También tenía un nogal en la puerta de casa y una tumbona. Allí pasaba las tardes de verano con Cirilo y Darío, sus amigos de siempre. Sus compinches de cartas. Raimundo no conocía el mar, pero paseaba a diario por el monte y tenía lumbre en enero y sombra en agosto, y un retrato de él y su mujer, Leonor, que llevaba siempre consigo, en su cartera. Una de esas carteras que amenazan con desbordarse, repletas de papeles y resguardos, sujetas con una goma.

Raimundo echaba de menos a Leonor cada día, cada hora, cada minuto, pero sabía vivir solo y tenía la esperanza tranquila de que algún día se reuniría con ella en ese cielo que miraba a diario al amanecer y que le decía si llovería o nevaría, si era tiempo de sembrar habas o de recoger patatas.

Raimundo iba a misa los domingos, a jugar la partida los sábados y a cenar con Cirilo, también viudo, a casa de Darío y Sofía los viernes por la noche. El resto de la semana la dedicaba a sus cosas. No se aburría jamás.

Hablaba con sus hijos una vez de cuando en cuando. Los chicos iban muy poco al pueblo y él lo comprendía, como ellos comprendían que para él la ciudad fuera una cárcel. Además, desde que faltaba Leonor, la familia no era lo que fue, “cada uno con su vida”, solía decir él con una sonrisa amable cuando alguien del pueblo, no sin cierta picardía, le preguntaba por Tomás o Raimundito.

El 20 de febrero, Raimundo se levantó a las siete, como todas las mañanas, abrió la ventana y miró al cielo. El día se desperezaba tímido. Tras los montes, asomaba el primer rayo de sol, que invadía un cielo limpio y frío. Raimundo contemplaba cada amanecer como si fuera el primero, o quizá el último, pero algo raro sucedía esa mañana. Sentía un dolor punzante en el pecho que le impedía respirar con normalidad. Ya había sentido ese dolor más veces, pero nunca con tanta intensidad. Meses atrás, don Desiderio, el médico del pueblo, le había puesto nombre a su dolencia y le había dicho que debía ingresar en el hospital. “Antes la muerte, don Desiderio”, dijo orgulloso Raimundo mientras apretaba entre sus manos su boina.

Raimundo sabía que el final estaba cerca, pero no tenía miedo. Repasando sus días, apoyado en su vieja ventana de madera, se sintió satisfecho y feliz. No sentía que la suya hubiera sido una existencia de privaciones y no lamentaba nada de lo que había hecho o había dejado de hacer. Salvo una cosa: ver el mar.

Y no iba a resignarse.

A duras penas se vistió y, a las ocho, estaba en la plaza del pueblo esperando el autobús de línea que lo llevaría a la capital de provincia. Allí, con un dolor que parecía querer abrirle en dos, pero con una inmensa sonrisa y su gorra entre sus nervudos dedos, preguntó hasta dar con la ventanilla donde sacaría el billete para viajar a Valencia en autobús.

Raimundo pasó todo el viaje sujetando su corazón, que parecía querer escaparse, con su mano derecha bajo la chaqueta de pana.

Y llegó a Valencia. Y vio el mar. Y se sentó a dejarse acunar por su incansable vaivén mientras frotaba su agotado pecho con la ajada foto de Leonor.
Así lo encontraron la mañana siguiente los servicios de limpieza: con la foto entre su mano y su corazón, ya detenido, y una generosa sonrisa en su cara de cera.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Alhajita

"No sé si alguien se ha parado a pensar en lo chula que es la canción de "Alhajita" de Quique y lo bien que la canta. Vamos, que voy llorando". He recibido este mensaje hace un rato. Lo encontré al subir de pilates. Me lo ha mandado mi hermana. Y por alguna razón que no alcanzo a explicar ni quiero, las lágrimas de mi hermana me conmueven como pocas cosas en este mundo. Me conmueven porque ella y yo sabemos -porque las dos somos "muy de Gandalf"- que no todas las lágrimas son amargas. Hay un llanto emocionado que puede nacer de un gesto, de una canción. Y no es, ni de lejos, un llanto de pena. Tampoco de alegría exactamente. Es una cosa que se pega a la piel y la estremece. No se sabe bien por qué. Pero de repente lloras.

No todos los que nos rodean son capaces de soportar este "exceso de sensibilidad" y aunque reconozco que, a veces, el sentirme incomprendida por la hipersensibilidad me ha generado dolor, no pienso renunciar a ella.

Es curioso comprobar cómo esta llorera tan sentida tiene algo de genético y hasta de gemelar. No porque mi hermana y yo seamos gemelas (que podríamos, pero le gano en edad), sino porque nos pasan cosas parecidas al mismo tiempo. Al subir de pilates, me he encontrado este mensaje en el móvil. Mientras mi hermana lloraba escuchando a Quique en el autobús, yo había llorado en el gimnasio. No, no es que mi nuevo profesor sea el Sargento de Hierro, no. Es que ha decidido dedicar los últimos diez minutos a relajación-meditación. Él hablaba, con las luces apagadas y una tenue música de fondo, y, tras la correspondiente charla respiratoria, ha dicho: "Para terminar, recordad algo que os haga felices. Así, cuando encienda la luz, os veré a todas con una sonrisa. Recordad una imagen que os guste, que os ponga contentas". En mi cabeza se disparó un interruptor que trajo la cara de mi padre después de ver torear a José Tomás. Y, tirada en la colchoneta, envuelta en un sudor que ha empezado a quedarse frío, he llorado. Y he tenido que arrancarme las lágrimas a manotazos antes de que las luces me delataran.

Que por qué lloramos a la vez las dos en sitios distintos y por cosas tan dispares. Pues no lo sé. Aunque quizá las cosas no sean tan dispares entre sí: quizá esas lágrimas sólo sean el gesto que anuncia lo mucho que nos gusta sentir.

A José Tomás no sé lo que falta para verlo. A papi, casi nada. A Quique... de momento lo pongo por aquí. Con tu canción, "Alhajita" (valga la redundancia). Una de las mejores, sin duda.

Y por qué he escrito esto. Pues no sé bien. Se me ha ocurrido mientras se hace la dorada el horno y me tomo un vino esperando que empiece "Isabel". Lo escribo a pulso, sin pensar y tecleando con emoción. Por las cosas que emocionan vale la pena vivir.


lunes, 23 de septiembre de 2013

El subconsciente es un cabrón

Por fin lo he sabido: la culpa la tiene este preludio de otoño. Hace no muchas horas viví un "dèja vu" o "dèja senti" o algo similar, sin ser eso exactamente, que puso del revés mi ya de por sí desordenado cerebro. Poco o nada le interesa al desocupado lector qué le sucedió a mi mente durante unas centésimas de segundo para que mi cabeza y mi cuerpo se descolocaran de tal forma y se trasladaran a otro lugar y a otro tiempo (la piel tiene memoria, y eso es tan cierto como que estoy aquí, escribiendo no sé bien el qué). A otro momento vital, real pero pretérito. Ya camuflado por las rutinas y la necesidad de olvido, pilar de la supervivencia.

El caso es que, aun habiendo reconocido casi en el mismo momento en que sucedía -como cuando tienes una pesadilla, y en medio de esa inquietud onírica oyes a tu propia voz decir que no pasa nada, que sólo estás soñando (esto os pasa a todos, ¿no?)- que esa sensación era una ficción, un recuerdo inerte que afloraba a través del subconsciente, me asusté. Y pensé: "El subconsciente es un cabrón. Pero me niego a darme otro paseo por el campo freudiano, casi mejor me bajo al parque".

Y hete aquí que descubrí quién alberga en su espíritu lo que tanta perturbación me causa: el otoño, que asoma tímidamente en los colores de Madrid. Los días ya no se extienden hacia horas que no les corresponden ni las noches se empequeñecen acobardadas por una inclemente invasión de luz. El otoño no es una tristeza ni una lluvia ni una pena. El otoño es la aseveración necesaria de que la vida no es una línea, sino un círculo o una espiral en la que todo vuelve. Pasados ya los días de estío, que conducen al placer, al cuerpo y a la risa, los pasos vuelven a estar presididos por el alma y el pensamiento. Y hasta ese "dèja vu" impertinente es un número más en la suma de hechos, de seres y estares, que nos conforman. Todo pasa, pero todo queda. Desterremos del otoño a los indolentes del corazón, pues es la estación de los poetas.

El otoño es una melancolía color de calabaza que a veces se envuelve en crema y en rutina.

Y recordar, a veces, aunque sea involuntario, no es una debilidad ni un pecado, ni una invasión de hojas tristes ni de gotas cansadas. Recordar es sentir dos veces, y por ello no he de tener pudor. Porque sentir vale la pena.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Los lagos color azafrán. O cielo de Madrid



Ayer soñé con un lago de color naranja. Pero no naranja "fanta", sino naranja "cielo de Madrid en una noche de lluvia". Sé que ése no es nombre para un color. O sí. Los nombres encadenan, y las palabras. Creo que ése es el color que Joaquín Sabina define como azafrán en esa canción que dice algo así como "todavía quedan islas con playas color azafrán". Si hay playas así, tienen que ser como mi lago.

Seguro que Freud tendría algo que decir al respecto. O no. Y qué importa. Las etapas freudianas también caducan: ese afán cansino por explicarlo todo y comprenderlo. Esa ansia por justificarlo todo, ese navegar sin rumbo por el mar del inconsciente... Llega un día en el que uno se baja de la barca y simplemente nada desnudo hacia su isla con playa color azafrán. O se deja abrazar en el lago del mismo tono. Sin más explicación ni culpa ni condena. Y manda a la mierda al inconsciente. Al fin y al cabo, en ese gozo color azafrán hay consciencia. Incluso en sueños.

La Bruja de las Palabras estaba delirando de nuevo. O quizá no tanto. A su torreón sombrío se asomaba la primavera. Los campos desolados y grises se violentaban de flores y la humedad de los muros se embebía en los brillos del sol. Su piel blanca y fría quería invadirse de luz. Recorrió de un golpe el cortinón que sellaba su ventana y se dejó acariciar por la vida. Y entendió allí, en la soledad de su castillo, la melancolía del otoño por el que había atravesado. Y sonrió al saber que la melancolía en sí no es mala: es sólo una suerte de tristeza adornada con un ligero vestido de poesía.

La Bruja se despojó del suyo y corrió hacia el lago color azafrán que el fin del invierno le había puesto a los pies de su castillo. Despreocupada y feliz, La Bruja de las Palabras, que ya había saboreado largo tiempo los avernos de la incomprensión, la crueldad y la pena, se abrazaba como una loca a la vida. Y la amaba como ya, por fin, se amaba a sí misma.





jueves, 4 de abril de 2013

La bruja que recobró la luz

Érase una vez una bruja que no sabía quién era. No, la bruja no tenía amnesia, pero tampoco tenía recuerdos. Tenía corazón, pero carecía de latido. Tenía vida, pero le faltaba amor porque hacía meses que había dejado de quererse. La bruja dejó de amarse la primera vez que se traicionó, hacía ya tanto tiempo que había dejado de acordarse.

La tímida primera luz de primavera atravesó tibia la ventana y cayó en su rostro dormido sin contemplaciones. La bruja desperezó su agotado cuerpo y desentumeció sus pies descalzos en el tímido resplandor que el sol dibujaba en el suelo. El espejo devolvió por primera vez en mucho tiempo una mirada limpia en la que se adivinaba el cálido rayo que la bruja tenía dentro y que había estado largo tiempo aletargado, adormecido y callado en el terrible invierno de la soledad, la desesperanza y el olvido.

Guiñó un ojo a su brillante reflejo, perfumó su enhiesto cuello y dejó de nuevo que sus luminosas palabras volvieran a la vida.



"Tu palabra es una lámpara bajo mis pies".


miércoles, 6 de marzo de 2013

De la libertad y otras movidas



Me espanta el miedo a la libertad del ser humano. Los tiranos lo saben y lo conocen mejor que nadie, y de él se aprovechan. Me descojono al ver a la gente llorar a Chávez, al gran líder coreano... Hubo quien lloró cuando murió Franco, y eso que murió de viejo en una cama y habiendo nombrado un sucesor (abro paréntesis: ¿Se puede saber qué coño celebraban las musas y los musos de la Transición? Esto es tema aparte. Necesito otro post).

Me da pánico que, cada vez más, necesitemos la figura del tirano (a veces convertida en el propio Estado) porque no sabemos qué hacer con nuestros caminos. Tiranos dictadores. Tiranos maridos. Tiranas esposas. Tiranos jefes. Tiranos amantes. Y hasta tiranos amigos. Y tirana familia. Sí, la filiación, como la patria, a veces es una tiranía que aplasta la libertad del individuo. Y el individuo sale de una tiranía y se mete en otra. Y busca alguien que, al fin y al cabo, lo guíe. Y es que la libertad es una cosa muy chunga que a veces implica soledad y tristeza y desconcierto.

Nadie como el Quijote reivindicó al individuo, y para hacerlo tuvo que adoptar la pátina de la locura. Siglos después, el individuo sigue queriendo dejar de serlo, fundirse en la grey, aclamar al tirano, llorar al gran líder fallecido –ese falso guerrillero de espuela y machete, el redentor de la revolución bolivariana. Esa pobre mente obsoleta, fundamentada en términos muertos hace tiempo–.

Hay gente que pone la tele para ver a Falete tirarse a la piscina. Y hay gente que directamente pone la FOX o la HBO. Toda la gente es igual de válida, claro. Todas las opiniones sirven, claro. Para eso somos demócratas y democratistas... Bueno, pues eso, que la FOX tiene una serie estupenda que se llama "The walking dead", donde, además de tripas, violencia, sangraza y zombis, aparece la figura del tirano mejor retratada que yo vi en la ficción –televisiva, se entiende. García Márquez y otros ilustres lo hicieron muy bien en la literatura–.

En un panorama apocalíptico, plagado de zombis, emerge una pequeña ciudad llamada Woodbury, un pequeño paraíso dentro del desastre, con jardines, vallas que los zombis no traspasan, fiestas populares e incluso algo de alcohol. Y hasta sexo. Allí puedes ser feliz, claro, siempre y cuando dejes de ser tú y aclames a Philip, un tipo que, aparentemente, es irreprochable. Y se le puede aclamar. Carismático, bien parecido, bondadoso, compasivo, fuerte...
Está tan bien hecho que al verlo comprendí con más facilidad muchísimos capítulos de la historia. Sobre todos los referentes al ejercicio, tan humano y tan repetido, de amor y odio al tirano.

Os recomiendo ver la serie. Si queréis. Si no, libres sois ;)



martes, 20 de marzo de 2012

Venciendo a la inercia de Tánatos


A veces tengo la sensación de que acabaré volviéndome loca.

No soy dada a pensar que la vida es poco o nada, más bien lo contrario. Amo tanto, tanto la vida... que de ti me enamoré (cantaba Ismael Serrano). No, ya en serio. Me gusta la vida en general. Y en particular, la mía. Que es, al fin y al cabo, la que he elegido. Sí, ya sé que con la que está cayendo hay que decir aquello de "vivo como y donde puedo". Sí, es verdad, pero eso, bien pensado, desde el fondo del alma, no deja de ser una elección. Afortunadamente.

Y no, no es que uno, en sus soledades, piense: "Quiero la vida de Victoria Beckham –por sus bolsos, su cuenta bancaria y su marido, por este orden (me encanta frivolizar premeditada y provocativamente. Por joder, ya sabéis–)". No, es que quiero seguir pensando que somos los únicos dueños de nuestro destino, capitanes de nuestra alma.

Ya hablé en su día (esto de citarse a uno mismo queda pedante y odioso, pero me la pela) de que el individuo puede vencer a las circunstancias o que puede dar lo mejor de sí en las condiciones más adversas.

Y recordé a Cervantes, claro. Y ahora un amigo me ha pasado la serie que RTVE hizo sobre EL escritor (y pongo ese EL porque creo que no hay ni habrá otro, los demás son UN, con permiso de Shakespeare, Marías, Vargas Llosa y otros que, aunque brillantes, no alcanzan su hondura). La serie, aunque acusa el paso del tiempo por la estética televisiva de aquellos años –1981–, está magníficamente documentada y tiene momentos llenos de emoción. Por lo que hay que olvidarse de la estética y de algunas interpretaciones (horroroso Imanol Arias) y centrarse en el guión, que es soberbio, ya que, sin caer en lo obvio, va mostrando la evolución del pensamiento cervantino y el desarrollo de su personalidad partiendo del soldado fiel, defensor del imperio, al hombre desencantado, que ha pasado por cautiverios e injustas prisiones, que ha visto caer los principios de la patria que amó, que ha visto pervertirse al rey que defendió y morir de hambre al pueblo por el que luchó. Es entonces cuando nace el Cervantes cuya pluma nos envenena. Y nace con una sola frase en la serie: "No tengo más principios que los que me dice mi conciencia". Ah. Ahí hemos llegado, don Miguel. Ni yo tampoco. Y eso se lo debo, en parte, a usted.

Y ahora me enredaría en una entrada sin final sobre el individualismo y El Quijote, el Renacimiento y la libertad, sobre Felipe II y los principios del imperio, sobre cómo marca la obra de Cervantes su propia vida, sobre su condición de hombre de fe, cristiano viejo puesto en dudas, sobre sus amores prohibidos (nada alimenta más las pasiones que aquello que nos es negado), sobre don Juan de Austria, Erasmo de Roterdam... Y un sinfín de cosas que se me amontonan en esta mente caótica y amenazan, otra vez, con volverme loca (ése era el motivo de esta entrada, ¿no?).

Me motiva enormemente la capacidad de Cervantes de hacer tanto bueno en un entorno tan malo (escribió El Quijote en prisión). Eso me hace pensar, que, además de estar "tocado", es decir, poseído por el "enthusiasmos", era plenamente consciente de que la vida también es dolor ("La vida es dolor alteza, y el que diga lo contrario miente", El dulce Westley en "La princesa prometida". Y esta peli la dejo pa otro día). Por eso no desesperó en Argel ni se ahorcó en la cárcel ni se entregó al desánimo cuando no querían sus comedias (que pa consumir ya estaba Lope). Consciente de que la vida es dolor y es gozo, aprovechó sus días para saber lo que sabía: escribir.

En la caída de la España imperial, florecieron Lope, Cervantes, Góngora, Quevedo... El esplendor del Siglo de Oro. El desastre del 98 inspiró a Unamuno y Valle, entre otros. ¿Y esta puta crisis qué nos va a inspirar?

En nuestra mente está dejar que los átomos que, caprichosos, conforman nuestros ojos verdes, simplemente envejezcan contemplando impasibles que bien poca cosa es la vida –nacer, oxidarse, morir– o pulirlos con el brillo que otorga el inmenso e intenso milagro de estar vivos. Y de tener la risa y el sol. Y la muerte, claro. Y el dolor y la pena. Y si a veces creo que me estoy volviendo loca es, en parte, porque creo que la línea divisoria entre la pulsión de Eros y Tánatos es en extremo sutil y delicada, por lo que es sencillo traspasarla. Y en el lado de Tánatos la inercia es mayor. Os quiero listos para esta batalla que es la vida; por todo aquello que vuestro corazón ama.




La peli, ya sabéis cuál es. El cuadro es "El entierro de Atala", de Girodet-Trioson (1767-1824). Museo del Louvre.
O lo que es lo mismo, el espíritu humano y su debate entre dos grandes pasiones, Eros, representante del espíritu creador, y Tánatos, que ya sabemos lo que es.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Sin amaneceres ni estrellas. Historias rurales para no dormir


“Tengo algo malo, ¿verdad? Dígamelo sin miedo. He vivido lo suficiente como para saber que casi nada me asusta. Tampoco la muerte. Sé que ese sabor metálico que llena mi boca al amanecer, la falta de apetito, los mareos... no van a traerme nada bueno. Me lo noto al andar. Me fatigo. Y no es sólo la edad. Es la vida, que empieza a irse. Pero no se acongoje, hombre. Sé que me tiene cariño y que este momento es más duro para usted que para mí... ¡Pero no se preocupe usté! Dígamelo sin más, como si fuera uno cualquiera. Olvídese de mi nombre y deme los resultados de mis pruebas, y que sea lo que Dios quiera. Es la vida. Y yo tengo que dejarla ir, y viajar con ella, allá, donde me lleve. Mi cuerpo pide reposo.

Esta mañana, mientras me vestía para venir a su consulta, estaba pensando que saldría de aquí con mi certificado de muerte a cuestas, y no me ha importado. Cuando me afeitaba, miraba mi cara en el espejo, ya tan vieja, y pensaba que mi camino está llegando a su final. Lejos de ponerme triste, he pensado que, si supiera escribir como Dios manda, como escriben en los periódicos, o los novelistas, aprovecharía estos últimos días para contar mis memorias. Aunque luego he pensado: ¿y Raimundo, tú qué vas a contar? No he escalado montañas, no he liberado pueblos ni inventado vacunas. No he hecho películas ni he ganado batallas. Mi nombre no se recordará. No perdurará mi huella en el tiempo. Pero contaría que me voy tranquilo porque he amado. La quise tanto que no tengo recuerdos de antes de conocerla. Amé a su vida más que a la mía. Y cuando murió, hace hoy 48 días, supe que se llevaba consigo mi salud, el hálito, la llama. Estoy apagado, muerto por dentro. Para mí no hay amaneceres ni estrellas.

Así que no sufra. Usted es una de esas personas que sentirán mi muerte, como Amalia, la de la farmacia. Y Sátur, el del bar. También Jacinto, Vicente y Alfredo. Ahora tendrán que buscarse a otro para la partida. Mis hijos también. Aunque ya no vengan mucho por el pueblo sé que me quieren. Y también mis nietos. Vendrán todos al entierro. Dígales, por favor, que me voy tranquilo. Y ahora deme ese sobre y deje de mirarme con pena”.

Lo acompañó hasta la salida y lo vio marchar calle abajo con su andar tranquilo y los papeles bajo el brazo. Tenía en sus pasos el orgullo de la tierra y en su pecho el latido de una vida plena que se apagaba. Vio cómo se levantaba levemente la boina para saludar a Amalia, que barría la puerta de la farmacia. Y cómo dirigía sus pasos al bar de Sátur a tomar un chato. Antes de entrar, se giró para despedirse de él con una generosa sonrisa: “Adiós, doctor. Y gracias”. El médico lo despidió agitando su brazo y se sentó en la acera a llorar, no sabía si por la pena de saber que aquel hombre moriría en breve o por la emoción de haber conocido a alguien tan de verdad.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Cantos de vida y esperanza


Y le robo el título a Rubén Darío. Y espero que no le importe, porque lo necesitamos.

Lo necesitamos porque hemos olvidado el sabor del pan y de las fresas, el brillo del sol y el olor a lluvia. Y los amaneceres y la risa. Se lo robo, y que don Rubén me perdone, pues de buen grado Darío daría sus versos si de mejorar este mapa colectivo emocional se tratara. Sugiero, por un momento, desactivar las alarmas, apagar los miedos y agarrarnos a la vida. Despertarnos con Tchaikovsky y no con Francino o con Herrera o con Jiménez Losantos.

Y no, no abogo por la ignorancia ni el desconocimiento. Tampoco se trata de "hacerse el loco", se trata de no atraer más nubes que las necesarias para refrescar los campos y que crezcan las flores en la terraza. Alguien dijo que "no podemos controlar las circunstancias, sólo nuestras reacciones", y reivindico la vía del individualismo para mejorar lo colectivo. Ir de lo concreto a la abstracto. De lo particular a lo general. Yo no voy a acabar con la crisis, ni tú, desocupado lector, ni me jefe, ni Rajoy, ni Merkel. Y yo qué sé en manos de quién está. Digo más: ¿y a mí qué coño me importa? Es algo que no está a mi alcance, mis dedos ni siquiera acarician en sueños la posibilidad de mejorar, no digo ya cambiar, el mundo.

Tú y yo sólo podemos medir nuestros miedos y controlarlos y vivir con ellos sabiendo que, si mañana nos despiden, pasado, quizá, estemos en otro sitio, con otra gente, haciendo otra cosa. Y así será. Pues al nacer nos es encomendada la más difícil, y a la par elemental, de las tareas: vivir. Vivir o sobrevivir, con todo lo que tenemos, es decir, nosotros mismos, que es lo único de lo que no podemos ser desposeídos. Todo lo demás es accesorio. ¡Ábrete el pecho y registra! Lo mejor está por llegar y es todo tuyo.

Guardemos la poca fe que nos queda en creer en nosotros mismos. Principios del XVII. El imperio más grande jamás conocido empezaba a resquebrajarse, desangrado y empobrecido. Un viejo soldado manco cumplía pena en una fría prisión castellana acusado de quedarse con los impuestos que había recaudado –por compasión, al haber servido a mayor gloria de su majestad luchando contra el turco infiel, le dieron a don Miguel el puesto de funcionario-recaudador. Bondadoso como dicen que era, se ha escrito que era incapaz de coger el dinero de los campesinos empobrecidos por los excesivos impuestos que se necesitaban para costear los gastos imperiales–. ¿Acaso se pasó Cervantes su cautiverio quejándose amargamente de los hados, el destino, la justicia y el rey? No, no dice eso la historia, ni la literatura, que se postran ante él por haber creado la más rica historia jamás contada, la más rica y compleja novela. La que recoge en sus páginas todas las tradiciones literarias conocidas hasta la fecha y adelanta otras. Una historia capaz de desnudar al hombre de sus miedos y complejos y ponerlo a desfacer entuertos por las desoladas llanuras manchegas. Y con el viento en contra.

No esperemos que venga nadie, ni el padre-Estado, ni el cambio de Gobierno, ni los mismísimos hijos de San Luis a sacarnos de ésta ni de otras. Y sin recurrir a Cervantes, esta vez me quedo en mi barrio y cito a otro sabio, no de la literatura, pero sí de la vida, Rosendo Mercado: "No hay sitio que controles mejor que lo que abarcan tus brazos". Hasta ahí llegamos. Y no es poco.

Es más fácil rendirse que seguir en la batalla, entregarse al desaliento, dejarse llevar por las inercias de un mundo desolado y sin perspectivas de futuro. No hay nada más sencillo que dejarse arrastrar por la masa. Pero quién coño quiere ser masa. ¿Acaso lo fue don Quijote?

Os sugiero reiniciar el sistema, el nuestro. Que al otro no alcanzamos. Levantarnos cada día pensando que éste será mejor. Echar a patadas de nuestra vida a los gafes y cenizos, taciturnos, victimistas y mártires.

Hecho esto, lo que tenga que ser será. Pero podremos por ello. Nuestra meta: vivir sin miedo, que es el mayor enemigo de la libertad. Y ésta, nuestro don más preciado. Y si no, recordad a don Quijote: "La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres". Parte 2. Capítulo 58.

P.D.: Nuestro cautiverio ahora se llama crisis, ¿lo aprovecharemos, como don Miguel, para crear Quijotes?
Y vuelvo a citar al hidalgo: "El que hoy cae, puede levantarse mañana". Parte 2. Capítulo 65.
No lo olvidéis.

miércoles, 22 de febrero de 2012

La canción de Robert y Francesca


Cada amanecer era una puerta abierta al recuerdo del que sólo se alejaba a través del trabajo. Desde que él se marchó, los besos sabían a rutina. Y la comida, al pan nuestro de cada día. La vida en aquella alejada y, en otros días, soñada granja de Iowa se convirtió en un suceder de pasos cansados, de soleados atardeceres, de sonidos, zumbidos, silencios y música. Noches y mañanas. Inspirar y expirar. Sístole y diástole. Sin más emoción ni trémula caricia. Primavera, verano, otoño, invierno. Un año, y otro, y un lustro y una década. Y la vejez y la muerte. Y en la mirada, el único brillo de los días que tuvieron juntos. Sus palabras como dagas: "No quiero necesitarte porque no puedo tenerte".

¿Por qué extraño capricho del destino aquel fotógrafo había ido a parar a su remota cotidianidad de madre entregada y esposa fiel? ¿Por qué las flores, y el té y las cervezas y los puentes y un vestido nuevo? ¿Por qué la vida, una vez que parece encauzada y concluida –aunque le queden mil años– se empeña en desviarse hacia caminos imposibles? Francesca no tenía respuesta, sólo una pregunta: ¿Y por qué no? Y una pena: si aquel día volviera a suceder, con la tormenta y el semáforo, y la camioneta y la duda... se habría bajado del coche y habría corrido hacia él.

A Robert se le fue apagando la vida cada vez que soñaba su nombre, con la cruz que ella le regaló abrazada a su pecho. A ella, le fue consumiendo la muerte en cada pequeña cosa, en cada sonrisa, en cada palabra, en cada tristeza. Se desvaneció en su dolor, pesado y gris, como una lágrima, como la lluvia, como aquel día. El último.

En las cálidas noches de verano, cuando las luciérnagas sobrevuelan los puentes que un día se tendieron a sus pies y ella temió cruzar, el eco de su amor resuena emocionado en un susurro que arrastra el aire. Una radio suspira un jazz, tristón, sensual y emocionado. Y en la barra de madera de un bar lejano, en cualquier rincón del mundo, alguien que conoce su historia, alza su vaso y brinda por ellos, por Robert y Francesca, por "las noches antiguas y la música lejana".



P.D.: Película mental que acabo de montarme partiendo de la extraordinaria película real de Clint Eastwood "Los puentes de Madison", que él protagoniza junto a Meryl Streep. Uno de mis grandes títulos, de mis pilares y mis referentes. No puedo evitar pensar qué se le pasaría a la pobre Francesca por la cabeza cuando decidió no irse con Robert. Cosas que pasan. Grandes amores que, aunque no concluyen, hacen del mundo algo mejor, puesto que en el éter palpitan. Estoy convencida.

viernes, 20 de enero de 2012

Y sin embargo...

"No es amor el amor que cambia cuando una alteración encuentra, o que se adapta con el distanciamiento a distanciarse. Sino que firme perdura hasta en el borde del abismo. Si esto es erróneo y se me puede probar, yo nunca nada escribí, ni nadie nunca amó". W. Shakeaspeare.

La Bruja de las Palabras cerró el libro después de leer estos versos. No necesitaba más. No quería más. La noche se mecía sosegada y fría sobre su altivo y desolado castillo; el aire helado se había aposentado en los muros de la fortaleza y de su alma desde el desesperado día en el que decidió no volver a regalar sus palabras, no pronunciar su nombre, entregar su silencio al olvido.

A lo lejos, el murmullo del agua arrastraba una voz dolorosa que le arañaba el alma y susurraba su nombre. Y así, sin quererlo, sus pálidos labios recordaron, sin voluntad, sin pensamiento que los acompasara, las palabras que un día le ragalaran y que ahora yacían en la tumba donde descansan los corazones abandonados: "AMOR es poner ROMA al revés".

Quizá él nunca las escuchara, ni su rima lo envolvieran, pero la Bruja de las Palabras volvió a mirar su espejo, compañero de ostracismo y soledades, y éste le mostró en su reflejo que era la más hermosa del reino, no por su blanca piel ni sus ojos verdes, ni por su altivez ni su talle, era la más hermosa por custodiar en su pecho el tesoro de los amores que no huyen cuando una alteración encuentran.

Presa de la belleza del verbo, que con tanto celo encerraba en su boca, se refugió bajo la luz de una vela y comenzó a escribir la carta de amor más bella jamás cantada. Concluida, la rasgó y arrojó al fuego.

Pero su eco no pasó inadvertido, y el viento, heraldo negro, la arrastró por caminos y callejas, hasta convertirla en canción de juglares. Y de éstos a los nietos, y de los nietos a los hijos de los otros, y de los hijos de los otros a los biznietos. Y así hasta hoy, donde aún se tararea, se canta, se sufre y se goza, pues sus versos son lágrimas de amor y de vida. Unos los llaman "Dime que me quieres"; otros "Y sin embargo", pero todos coinciden en que, aun sin saber dónde nacieron, sus estrofas hablan de la hermosa existencia de los amores que no mueren, esos que no cambian cuando una alteración encuentran.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Ya se acaba

Si no fuera por que Robert Redford y Meryl Streep se besaron en una Nochevieja en "Memorias de África", diría que esa fecha tiene poco o nada de festiva. Es un día más con licencia para las borracheras, los ruidos y las fotos patéticas con matasuegras y gorrito. Carne de Facebook.

Así las cosas, voy a celebrar mi particular Fin de Año con vosotros, esquilmados pero selectísimos y exquisitos lectores, maldiciendo libremente a la putísima que parió a 2011 y a toda su estirpe.

Si me pusiera a hacer recuento (no pienso), seguro que saldría por algún sitio que es el año que más noticias negativas ha generado. Y me da igual lo que diga el buenrollista anuncio de Coca-Cola, que está muy bien, sí, muy bonico y emocionante, ahí, trabajándose las ventas de 2012 mientras apela a la bonhomía innata del ser humano. Pero no, la realidad, en cuanto pasa ese anuncio, es otra, y planea sobre nuestras cabezas en forma de nube gris, pesada, plomiza. La realidad de 2011 es esa zorra implacable que ha prohibido a millones de personas tener sueños de futuro, renovar sus esperanzas o mirar hacia adelante con una sonrisa por montera. Y prueba de esta realidad son las cercanas colas del INEM y los cada vez más abundantes y visibles mendigos, por poner un ejemplo próximo, es decir, lo que veo cada día al salir de casa en la placita del Metro de Carabanchel. Sin ir más lejos.

No hablo de Egipto, que me llega al alma, ni de la desangrada Siria, ni del triste Afganistán ni del terrible Irak. Del olvidado Yemen ni de las invisibles mujeres de Somalia. ¿Para qué?

A veces me invade la inexorable tristeza de ser consciente. De qué sirve el lamento. De qué leer un periódico y saber que a las de por sí amputadas mujeres somalíes las violan repetidamente sin que al mundo le importe una mierda.

Nada está al alcance de mi mano. No puedo arreglar nada, ni cambiarlo, ni mejorarlo, ni repararlo. Y sí, están muy bien las charlitas de los tan de moda y snobistas libros de autoayuda, esas afirmaciones que dicen: "Regálale al mundo una sonrisa y él te premiará con otra mayor"... Y tontás así, propias de Coelho y Bucay. Pero ni mi sonrisa cambia nada ni esta queja va a ningún sitio.

No, no soy una aguafiestas. Ni una amargada. Ni una quejica. Y si no es el 31, saldré el 30, o el 3, y celebraré a mi manera, sin matasuegras ni agobios, sin gorritos (ni de coña me pongo yo una mierda de esas de cartón con una gomita al cuello). No celebraré que se acaba 2011, ni que empieza 2012. El tiempo es una convención que sólo sirve para organizar este caos que tenemos por mundo.

Celebraré que existo y que existís. Que escribo y me leéis. Que soy capaz de sentir la tristeza y la alegría, que me arrebato y me enfado; que llega el jueves y me alegro. Celebraré que en 2011 toqué el cielo y el abismo, que me elevé sobre las puntas de mis pies y me hundí en el fango. Que encerré mi corazón en una caja de plata y tiré la llave al foso del olvido –pero de poco sirvió pues ya lo había dado–. Que no sé contener las palabras, las que hieren y las que premian. Ni los besos. El 30, el 2 o el 3 o incluso el 4, saldré y celebraré que existe la Coronita y el tequila, el cine y la música, los vestidos de terciopelo y los tacones, un nuevo disco de Bunbury y las verónicas de Morante.

¿Y a quién dedicarle las últimas líneas de este hecho convencional llamado 2011 (no le demos, siquiera, la categoría de año)?
A los que estuvieron cerca de mí en el abismo y en el paraíso, en el fango y en la cima, en la risa y en el llanto, en las palabras que premian y en las que duelen. Quizá sin ellos, esta alma que pasea solitaria por la desolada y tristona Castilla se olvidaría hasta de andar.



La foto es de "Memorias de África", por alusiones y porque no se me ocurre mejor plan para pasar la Nochevieja. Me refiero a ver la peli, que ya me gustaría a mí estar en África. O, mejor aún, con Robert Redford.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Sin táctica ni estrategia

Según un revelador estudio, realizado por reputados especialistas y resumido por Punset, el 90% de las decisiones que marcan nuestra vida (comprar un piso, casarnos, separarnos...) se toman inconscientemente. Según el mismo estudio, el inconsciente juega siempre a nuestro favor, se pone de nuestra parte, y hay que hacer tanto caso a las decisiones que se adoptan por intuición como a las que nos cuestan días de sesudos razonamientos.

Así las cosas, lo mejor es no pensar. Sólo actuar. Reservar la parte de la vida y del cerebro que dedicamos a razonar sólo para labores intelectuales (aunque esto suene pedante), académicas o para el trabajo. Para todo lo demás, dejar que sea nuestro inconsciente, nuestro ímpetu o impulso, el que decida; pues éste (y lo dicen los científicos) no actuará nunca en nuestra contra, aunque en ocasiones pueda parecerlo.

A veces es la razón la que nos condena a situaciones de desolada tristeza, a actitudes cobardes, a liarnos en vendas para heridas inexistentes o a habitar en la fría jaula de la resignación. Sí, la razón, cuando no es utilizada para crear, por ejemplo, "Madame Butterfly" o "El Quijote", sino para masticar los pros y los contras de una situación cotidiana, se convierte en un chicle pegajoso que provoca caries y afea visiblemente las sonrisas.

Pensemos en algo excelso: el amor. El sentimiento más elevado. El más puro. Pues bien, el amor es un reflejo involuntario. El amor, razonado, pierde su gracia y deja de ser tal. Por lo que, concluyendo, todo lo que hagamos por amor ha de dejar la razón a un lado. En el amor no caben razones ni explicaciones; amar es combatir –dijo el poeta–. Combatir contra la propia razón y el sentido común.

Con el paso de los años, por fin he sabido por qué me causaba tanta antipatía pasar en los libros de literatura del Romanticismo a la Ilustración, de Espronceda a Jovellanos. Y es que lo que se escribe, se pinta, se canta o se diseña, cuando es arte del de verdad, no nace de la razón (que sólo participa aportando conocimiento, y no es poco) sino del espíritu, del enthusiasmós griego, del alma misma. Y no me lío más, que me voy por otros cerros.

A estas alturas de nuestra razonada y enciclopédica existencia, los mejores y más intensos sabores –también los amargos– y los más dulces sinsabores nacen directamente del corazón, pasándose la razón por el forro.
Sin táctica ni estrategia, como bien nos explicó Benedetti.

lunes, 31 de octubre de 2011

Día de Difuntos





Las primeras luces del alba llegaban cargadas de frío y pereza. Los olores tempranos traían el cálido rumor de las chimeneas y el pan recién cocido. Los pasos de los más madrugadores –yegüeros, pastores– abrían la puerta al día, perfumado de cierzo.

El monaguillo escuchó atento las órdenes del cura párroco: "Las campanas han de doblar todo el día, hasta el anochecer". El muchacho, algo sobrepasado, era consciente de la grandeza de aquel encargo. Ese día, todos los vecinos del pueblo honraban a sus difuntos. Nadie merecía que sus oraciones no estuvieran acompañadas del insistente y lánguido sonido de las campanas y su música de luto. El crío, que no había cumplido los catorce, pensó en su madre; en sus manos cansadas, en la sombra que era ya su delgado cuerpo, y la imaginó llorando junto a la, aún tierna, tumba de su hermano, muerto dos meses atrás a los 19 años. Germán, que así se llamaba el diligente monaguillo, enjugó sus lágrimas y pensó que nadie merece morir a esa edad, y menos cuando las causas son tan ajenas a su modesto día a día: aparejar las yeguas, llevarlas al agua, limpiar las cuadras, recoger los huevos de las gallinas.

El muchacho se puso el sayo que correspondía a su cargo y subió de dos en dos las escaleras del campanario, consciente de la responsabilidad que tenía. La torre desafiaba orgullosa el horizonte y gobernaba el pueblo altiva. Aquel día, sus dos campanas tenían que sonar insistentemente, acompasadas y tristes. El muchacho cogió una cuerda con cada mano, contempló las calles, el humo de las chimeneas y, sin más compañía que la soledad y el viento helado, se dispuso a adornar con aquella música desolada las penas de sus familiares, amigos y vecinos. Desfile de ropas negras y flores tristes.

El reloj no había dado las doce y Germán se sentía preso del agotamiento. Las campanas eran pesadas, sus brazos frágiles y el desayuno poco más que un minúsculo recuerdo. Las sogas empezaban a herir sus manos, un sudor frío regaba su frente, las piernas le temblaban... y cayó rendido al suelo. Creyó morir: había fracasado y decepcionado a todo el pueblo. Pensó en las viudas, en los huérfanos, en las mujeres que estaban limpiando las tumbas y en el aire mudo, sin aquella música de réquiem que él era el encargado de hacer sonar. Y lloró como el niño que era. Pero en aquel estado de semiinconsciencia algo le sobrecogió: un sonido metálico y abatido que arrastraba siglos de pena y cierto eco de esperanza. Las campanas seguían doblando. Germán no reaccionó. El miedo lo atenazaba. Aterrado, entregado al cansancio y envuelto en lágrimas, quedó atrapado en un profundo sueño.

Cuando despertó, el atardecer abrazaba el pueblo. Y las campanas seguían con su incesante y misterioso sonar. Las nubes rojizas traían a su cabeza la voz de su hermano difunto: "Lorenzo, ¿por qué el cielo está rojo?, le preguntaba él de niño cada tarde, cuando iban juntos a recoger las yeguas. "Porque la Virgen está haciendo pan", le contestaba él. Y Germán sonreía. E imaginaba a aquella hermosa mujer horneando sabrosas delicias entre nubes. Aquella imagen le reconfortaba y reconciliaba con su estómago. Sobrecogido, se levantó, agarró las maromas y tiró con fuerza de cada una de ellas, moviendo aquellas moles de hierro con rabia y un dolor que le encogía el corazón.

La mano del cura sobre su hombro le hizo dar un respingo y salir de aquel estado. "Lo has hecho muy bien, Germán, todo el pueblo está orgulloso de ti", le dijo el anciano. "Ya puedes parar". El muchacho bajó a la sacristía, se quitó el sayo y se arropó con un gabán que había pertenecido a su hermano mayor. Al caminar hacia su casa, exhausto y desconcertado, sintió la tentación de mirar hacia el campanario. Desde la torre, la figura de su hermano muerto le dijo adiós. Luego se perdió para siempre entre el ocaso y la bruma.

1 de noviembre de 1938. Día de Difuntos de cualquier lugar de España.

jueves, 13 de octubre de 2011

Que llueva, que llueva

Qué escribir en un otoño que se resiste a serlo. El qué leer lo tengo más fácil: "Antigua Vamurta", gracias a Igor y su esplendorosa primavera creativa, a su abril literario, a su fecunda pluma.

No me gustan los octubres sin lluvia, los abriles sin flores ni los mayos sin toros. No hay verano si no hay viaje; Nochebuena sin familia; ni amor que no entrañe duelo.

Si damos ese puñado de verdades por sentadas, con esas rutinas como fondo de armario, nos ahorraremos algunos desaciertos en nuestros vestidos del día a día. Y yo ya no puedo más con las camisetas y las chanclas. No soporto ni un solo bañador de flores más en la calle, ni un short con los bolsillos colgando porque, además de antiestéticos, son intemporales (a día de hoy, 13 de octubre. Aunque proliferan en las aceras y pasos de cebra, a mayor regocijo del personal de servicios –recordemos que, con la crisis, se acabó la albañilería a pie de acera y con ella su alegre, castizo y no siempre fino piropo–).

Mi salud física y mental acusa este exceso de sol y calor. Qué fue de los paseos bajo la fina lluvia con botas y gabardina; qué de los besos protegidos por los paraguas; qué del reconfortante y fingido abrigo que proporciona el café al atardecer de octubre, cuando los coches agonizan en los atascos y se quejan los corazones rotos de amor; qué de las historias que renacen en un abrazo que huye del frío; qué de la humedad de tu pelo, de tu chaqueta tapando mi espalda, del frío que besabas en mis pies.

Un día alguien me dijo –gracias, Rebeca– que en Madrid, cuando amanece lloviendo, el cielo se torna naranja, confundido y turbado por el agua y las farolas. Echo tanto de menos esa sensación de color mandarina como las palabras y caricias que otros días alimentaran mi corazón. A éstas, sólo me queda añorarlas; recordarlas con sonrisas y teñirlas de poesía.
Y a la lluvia... desearla. Como se desean los besos que no damos.

Porque no hay amor sin deseo; romance sin pesar; Madrid sin otoño... ni vida sin agua.



P.D.: Que por qué esta canción. Fácil: sale el cielo de Madrid, ha llovido, y se dibuja limpio (sí, en Madrid, a veces, también tenemos algo de oxígeno); me gustan los tejados, la sensación de otoño –Coque con su cuello alto, su chaqueta, esa media luz– y porque es ideal para la deseada lluvia y para Madrid, que es mi ciudad y me encanta. Y, por supuesto, la canción me chifla.

viernes, 30 de septiembre de 2011

A los afónicos del mundo...


...acatarrados, cogestionados, mocosos, febriles. A todos los que hoy padecemos las inclemencias de la falta de lluvia y la contaminación en forma de tos, dolor de cabeza y malestar general. Con el deseo y la ilusión de que el agua purifique pronto este ambiente y nos devuelva la tan necesaria salud.


“Cuenta la leyenda que en las noches de otoño ronda por las calles y plazas de Castilla el alma en pena de Lisardo, un mozo que fue muerto en duelo a manos de un despiadado marqués. El noble en cuestión había retado al zagal, pastor de oficio, por ganar el amor de Jimena, una campesina, cristiana vieja para más señas, que presumía, además de la belleza que natura le otorgó, de tener la más linda voz jamás conocida por aquellos lugares.

Esta gracia de la joven era tal, que el marqués, cegado por el deseo, había empezado a desatender su hacienda, su familia y hasta el recuerdo de su apellido, pues antes prefería don Álvaro, que así se llamaba, ver a todo su linaje ardiendo en el infierno y su escudo de armas vendido a un converso que dejar a Jimena en brazos de Lisardo.

El pastor, criado y crecido en las montañas, no conocía más armas que la honda, el cayado y la navaja con la que trabajaba las dulzainas y flautas que acompañaban a la simpar voz de Jimena, quien, amorosa, adornaba los quehaceres del muchacho con hermosas canciones. No dio tiempo a Lisardo a decir amén cuando, una fría mañana de enero, el marqués le arrebató la juventud y la risa.

Cuentan que Jimena, rota al ver la bella estampa de su amado inerte –los dulces rizos ensangrentados sobre la nieve–, destató en su blanco pecho un grito tan helador y doloroso que con él se ahogó el don que la divinidad le había dado, ya que de la boca de Jimena –fresca rosa– no volvió a salir sonido alguno.

Pasado un tiempo, el marqués, al ver que Jimena no recuperaba versos, suspiros, ni tonadas, la llevó a un monasterio de clausura en el que el silencio era la norma capital y el recuerdo de Lisardo el aliento que impulsaba su corazón hasta que éste, cansado y triste, se apagó en una noche de pálida luna llena.

El alma de Jimena sigue presa en la celda del monasterio a la espera de encontrar la voz que la lleve, alzándose en esperanzado y amoroso suspiro, hasta la de Lisardo. Será entonces cuando sus desnudeces se unan en un canto eterno, sin notas ni final, sólo perturbado por el suave mecer de la brisa.

Dicen los viejos que, cuando el cierzo sopla certero y el cielo anuncia frío, el alma de Lisardo deambula por las ciudades castellanas y busca abrigo en los labios de las damas más bellas, robándoles el aliento y la palabra en una búsqueda, desesperada e infructuosa, de la voz de Jimena, con el fin de liberar de su prisión el alma de su amada.

Cuando comprueba que la voz robada no es la de la dulce Jimena, el alma de Lisardo, con un beso fugaz, casi un suspiro, la devuelve a su legítima propietaria, víctima durante unos días de la privación de la palabra, cierta debilidad y algún desmayo.

Solitario y desvalido, el espíritu de Lisardo continúa con su constante y triste deambular, buscando, enamorado y paciente, otros cuellos, otras bocas, otras voces, en los que hallar el eco de la hermosa Jimena".


martes, 13 de septiembre de 2011

Mientras el mundo gira...

Alguien resumió alguna vez lo que significa la ausencia. Y lo hizo en términos matemáticos. Era algo así, y cito de memoria, como: "Matemáticas de la ausencia: a dos le quitas uno y te queda medio". Eso es más o menos lo que significa echarse de menos, sin dramatismos ni coplas, sin palabras grandilocuentes o patéticas. Y no es que yo hable de mí misma ni de mi ausencia en esos términos (tengo ego pero no tanto), es que este mes y pico le ha dado a mi pobre cabeza y a mi maltrecho corazón para definir algunos términos que incluyen el hecho del amor como un reflejo involuntario. Claro, que mucho mejor lo definió Shakespeare: no es amor el amor que cambia cuando una alteración encuentra.

Salvada esta entradilla emocional, me paso a los consejos prácticos: no os gastéis siete euros en ver "La piel que habito". Si os los gastáis en vino, os vais a reír más. No me ha gustado nada. Y mira que hay películas de Pedrooooooo que me encantan –"Volver", "Qué he hecho yo para merecer esto", "Mujeres al borde de un ataque de nervios"...–, pero ésta da un bajonazo... Para empezar, es totalmente previsible, aunque Almodóvar se enreda innecesariamente en la narración y los tiempos. No os la voy a destripar, pero sí os diré en una frase para que os hagáis a la idea de lo que va el tema: "Historia sádica y cruel de un resentido que juega a ser Dios". Elena Anaya, monísima e inexpresiva. Marisa Paredes, de diva venida a menos con menos credibilidad que los anuncios de los bancos. Banderas... en fin. Quizá el mejor, pero nunca ha sido un buen actor. Eso sí, ¡guapísimo! Y nada más. Bueno, sí, mucho más, pero no os lo voy a contar. Ah, verosimilitud cero.

Por lo demás, me reservo espacio en mi blog, que es más vuestro, para futuras palabras relativas a Estambul y a las series que vuelven, "Crónicas Vampíricas", "Hijos de la anarquía"... Para Mou y las almas merengues. Para el otoño y sus pesares, su abatido asfalto, sus colecciones llenas de soledades, sus fascículos en oferta. Y por el precio de una primera entrega... alguna fumada mental para los corazones abandonados a su suerte. Para ellos, la primera canción de esta nueva etapa.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Reflexiones triviales de una autobiografía sin escribir


No, ni estoy nostálgica ni añorando el pasado. O al menos no un pasado tan lejano. Con los años, estoy cada día más convencida: ésta es mi mejor foto. Y no, no estoy en plan abuela cebolleta. Corría el año 1980 y mi cara de felicidad se debe a que mi máxima preocupación era pintarme las uñas con el lápiz en el cole (preocupación que satisfacía a diario) y merendar Nocilla (cosa que pasaba los viernes aunque esos mofletes a punto de reventar indiquen que me comía los botes a cucharadas y a diario).

En estos 30 años he perdido coloretes (tiro más bien a pálida), inocencia, timidez y esa cara de alegría permanente, tranquila y plácida. La alegría del día a día que se vive sin ser consciente de que está ahí.

Entonces no sabía lo que era querer porque uno, cuando es niño, quiere por instinto. Sin razonar el amor que da ni el que recibe. Sin plantearse si hace bien o mal al querer, si debe o no debe. Sólo quiere y abraza y juega y se cae al suelo y busca los brazos que lo cuidan y protegen.

Treinta años después, he sabido que ésa es la única forma de querer posible: la que no se piensa. Ése es el querer que da brillo a la mirada e inocencia al corazón. Esa inocencia que te hace grande y generoso porque uno quiere de frente, dando la cara. Amar sin razonar y sin valorar los pros y los contras. El amor más puro es el que no se intelectualiza, sólo se siente. Porque sentir vale la pena, aunque luego se te rompa el alma.

martes, 2 de agosto de 2011

No sé cómo titular esto. Bueno, sí: Fuerza y honor. Es lo que nos salva

A mi amiga Laura le han roto el corazón. La frase "romper el corazón" está más manoseada que la barandilla del metro, pero no se me ocurre otra forma de decirlo. O sí: "la han jodío pa vino", "está en un ay", "le ha dao la bajona por un tío"... Pero esto es más propio de barra de bar que de blog con selectísimos lectores, entre los cuales hay, incluso, elevados creadores de sonetos (toma guiño, Explorador).

El caso es que Laura me llama y, con más mocos que un caracol, me cuenta que estos días están siendo dramáticos para ella, que bla, bla, bla... Y que no sabe qué hacer.

Lo primero que le digo, tirando de sinceridad es: "Chica, yo te aguanto la chapa porque soy una grandísima amiga, pero ni se te ocurra llamar a Elena con esto, que te manda a la mierda. Ni a Eva, que anda follarina perdida este verano con ese chorvo extranjero. Ni siquiera a David, que siempre escucha. La gente no quiere penas, nena, que ya es bastante penoso llegar a fin de mes. Espera un momento, que me estoy abriendo una cerveza. Pues eso, como te iba diciendo, que te entiendo, maja. Pero que no te pongas patética"...

Laura: "Ya, no... si yo, patética. No. Claro. Pero es que... es que no lo entiendo... Sniff, sniff (mocos). Verás, es que, nos queríamos tanto... Que no lo entiendo. Bueno, al menos yo lo quería, y lo quiero".

Yo: "Pues entiéndelo, así es la vida. La gente se quiere, se deja, se junta. Y si lo quieres de verdad acepta su decisión y no pidas más explicaciones. Llora en tu casa, cuando nadie te vea".

Laura: "¡Pero bueno! ¿Cómo que no le pida explicaciones? Alguna tendrá que darme, ¿no? ¿Te parece normal? Sniff, sniff (mocos)".

Yo: "Sí, me parece normal. Y explicaciones, los mayores de edad... tenemos que dar pocas. O ninguna. Sólo al jefe si te has quedao dormido. Y ya es bastante triste. No lo pongas contra las cuerdas, no vayas de pobrecita por la vida y, lo que es mejor y aún más difícil, no te victimices, no le hagas sentir culpable por haber tomado esa decisión y, sobre todo, no intentes retenerlo. ¿Has jugado alguna vez en una piscina con una pelota? Si intentas acercarla remando con las manos, se aleja. Eso pasa también con las personas. No has de obligarlas a estar a tu lado si lo que quieren es alejarse. Sus motivos tendrán. A veces comprensibles. Otras menos. Pero has de dejarlas en paz, aunque el dolor te parta en dos".

Laura: "Aaayyyyy, pero es que no pueeeeeeedoooooo. Sniff, sniff (mocos)".

Yo: "Aunque el dolor te parta en dos y no te dejen dormir los recuerdos. Aunque el amanecer y la música te recuerden a él. Y el atardecer y el silencio. El frío y el calor, la risa y el llanto. Tienes que dejarlo aunque el dolor te parta en dos y no te dejen dormir los recuerdos."...

Laura: "Oye, Luisa, tía, ¿qué coño estás haciendo? Te estás repitiendo. Eso ya me lo habías dicho. Hay que joderse, colega. No me haces ni caso. Sniff, sniff"....

Yo: "Ay, Laura, chica, lo siento. Es que se me ha acabado el repertorio de consejos y me has pillao viendo el capítulo 5 de la cuarta temporada de "True Blood", que sabes que me encanta (atención, spóilers, lo digo por si alguno os interesa la serie. Selecciona el texto oculto para leerlo). Y es que estoy emocionada: Sookie y Eric por fin se enrollan. Que le den al pringado de Bill".

Laura: "¿Por qué me lo has contado? Eres una zorra. Te llamo con mis penas y no sólo pasas de mí sino que me cuentas algo de un capítulo que aún no he visto".

Yo: "Chica, lo siento. No paso de ti, es que... no voy a solucionarte nada. Y pensé que el capítulo ya lo habrías visto. Perdona. Además, no te lo he contado del todo. Verás, es que Eric está"...

Laura: "Que te calles, joder. Y que me digas algo que me consuele. Acabo de romper con el hombre de mi vida".

Yo. "Nena, recuerda estas palabras: fuerza y honor". Y si te aburres... pues ponte True Blood.