Nunca he sabido, en esto del amor, cuando las cosas son certezas. Ni qué parte es real y cuál literatura, puro platonismo, cosas que nuestra cabeza construye con un andamiaje figurado y vano que acaba desplomándose y cayendo por su propio peso, dada la gravedad (del asunto).
Nunca lo he sabido. Y tampoco lo sé ahora. Y creo que ya me da igual; no tengo edad para ir averiguando verdades, pero sí para crear imágenes que huyan del día a día. Para eso nunca es uno lo suficientemente viejo.
Nunca lo sabré. No. Quizá nunca lo sepa. Lo que sí he sabido al escuchar acercarse su voz mientras me atrapaba la última luna del otoño, luchando por brillar fría y petulante entre un abrigo de nubes, es que hay imágenes perfectas. Por ellas he de morir, por ellas sueño. Por lo demás, que el mundo siga siendo de los realistas. Así nos va.
Y que cada cual ponga el amor en su sitio. Y que a cada cual lo ponga el amor en su sitio. Real o figurado.
El blog de Luisa Tomás
El blog de Luisa Tomás
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta amor. Mostrar todas las entradas
martes, 2 de diciembre de 2014
viernes, 27 de mayo de 2011
Ab imo pectore (Desde lo profundo de mi corazón)
Ab imo pectore y cito a César. Y viene a cuento porque de madrugada juré que la próxima vez que tenga tentación de salir un jueves, me obligaré a quedarme leyendo "La guerra de las Galias", en latín, claro, que para eso derrochó el gran César valentía y literatura a partes iguales.
Sin el más mínimo ánimo de imitarlo, pues no ganaré las Galias ni mi nombre pasará a la historia, ni mis palabras serán traducidas y estudiadas a lo largo de los siglos, voy a apuñalar (Et tu, Brute?) la mañana del viernes buscando en mi pobre imaginación y no más boyante verbo, alguna historia que sea del agrado del desocupado lector (huy, que cito a Cervantes).
Venga, vamos. Crucemos el Rubicón.
Madrid, 27 de mayo de 1937
"No hay arrepentimiento ni pesar en mis palabras, ni siquiera es la falta de sueño la que habla, sino más bien la tentación de pelear por alcanzar algún día el feliz estado de "ni siento ni padezco", cosa que esta alma en pena no consigue por más que se lo proponga.
Y es que en mi pecho, como en el del gran y valiente Julio César, late un corazón que se juró un día no darme tregua ni calma.
Quizá es que hallé hace no tanto el gusto por los desvelos: tú, que los pueblas. No hay castigo ni pena si no alcanzo el sueño, sino un –lo supongo perverso– placer en evocarte.
Hay quien afirma que esto no es amor; que es más bien duelo, ya que los gozos propios de los romances requieren un tiempo y un espacio que tú y yo no tenemos. No escuchan mis oídos –Fere libenter homines id quod volunt credunt (La gente casi siempre cree lo que quiere creer)–tales despropósitos, tan carentes del sentido del romanticismo y la valentía.
Y tú, mientras, ni vas ni vienes. Y tus silencios pueblan cada noche mis soledades. Pero casi nada me acobarda –Ignavi coram morte quidem animam trahunt, audaces autem illam non saltem advertunt (Los cobardes agonizan ante la muerte, los valientes ni se enteran de ella)–.
Y, cuando la ausencia pesa, o busca mi rendición, me acomodo en la almohada en busca del sueño porque sé que, en algún lugar, no sé dónde ni de qué manera, hay un latido que nace en tu pecho con la ilusión de arroparme".
Ab imo pectore
Jimena Díez
El día del entierro de Jimena Díez, el 15 de enero de 1997, los periódicos locales se llenaron de esquelas recordando a la vieja profesora de latín. Todo transcurrió como ella había dispuesto. Por eso, su nieta, Jimena Rocha Díez, de 20 años, cuando terminó de leer la última carta que la mujer había escrito a su abuelo, a quien ella no llegó a conocer (jamás regresó del frente, quizá nunca supo que llegó a tener una hija), la devolvió al sobre y la puso, junto al resto, en el ataúd, entre las páginas de "La guerra de las Galias", el libro de cabecera de su abuela.
Allí, en la tierra, las palabras de amor de Jimena mueren lentamente, devoradas por el tiempo y el olvido.
miércoles, 2 de marzo de 2011
Del amor y otras tristezas

Lo único bueno que tiene la tristeza es que no es eterna. No permanece ni dura siempre, como la juventud, como el verano. Pero cuando uno está triste no ve el fin ni la luz ni el día. Todo es gris, o más bien luto.
Lo único malo que tiene el amor es que no es eterno. No permanece ni dura siempre, como la tristeza, como el invierno. Pero cuando uno está enamorado no ve el fin ni la oscura noche. Todo es luz, casi brillo.
Así las cosas, parece imposible estar enamorado y triste a la vez. Pero nada es lo que parece, y lo que parecía imposible se convierte en más que probable. Y a uno le dan ganas de descolgar el teléfono y decir: "Olvídate de todo y vamos a ponernos tontos. Tontos como este invierno que no acaba de irse, como una tarde de tormenta que oscurece agosto. Vamos a ponernos tontos y a quitarnos la camiseta (¿quién dijo que lo de la liberación era una falacia?)".
Pero la tristeza no le deja. Y el amor, que va de la mano del orgullo, no se lo pide.
Así las cosas, parece imposible estar enamorado y triste a la vez y hacer algo para remediarlo. Pero nada es lo que parece, y lo que parecía imposible empieza a tornarse probable. Y es que la vida te enseña que nada permanece, ni siquiera la tristeza, y tampoco el amor. Y un día amanece y vuelve a ser primavera.
Pero cuando uno está triste y enamorado, no quiere que se le pase la tristeza, por si es parte del amor. No sea que al final, el amor también se acabe yendo.
Así las cosas, voy a acabar esta tontería que he escrito que no tiene ni principio ni nudo ni desenlace, ni mucho menos final. Si esto fuera un cuento, vestiría a la protagonista de pastel de cinco pisos y la llevaría al altar con el pavo al que le pidió que se quitara la camiseta, por el que se enamoró y se puso triste. Pero no es un cuento, es un post, y la protagonista, como mucho, se vestiría de merengue (para guiñarle un ojo a Mou y no irse a dormir hasta haberse bebido, al menos, la décima). Si esto fuera una reflexión, ahondaría más en la tristeza, en el amor, o en el hecho mismo de escribir. Si esto fuera un relato corto, lo habría terminado, o empezado (ninguna de las dos cosas hice) o perfilado a sus protagonistas.
Si esto no fuera una tontería, os pediría que le hicierais caso: nada permanece -ni el amor, ni la tristeza-. Pero como lo es, lo único que os pido es que, cuando estéis tristes y enamorados, tengáis valor de decir: "Vamos a ponernos tontos y a quitarnos las camisetas".
Y mañana será otro día.
domingo, 20 de febrero de 2011
A los quince de mi Ramón
Lo mejor de ti es que, a tus quince, no les falta un ápice de la alegría que tenías a los tres. Y que fue creciendo a los cuatro, y a los cinco, y a los seis... Y que llega a tu hermosa adolescencia con una fuerza casi insultante, abriéndose paso victoriosa ante tus primeros problemas, dudas y contratiempos. Que ahora, Ramonete, se te hacen un mundo. Y lo son. Porque tu mundo es tuyo y bien contenta estoy de estar en él en forma y figura de "mi tía, la que nunca regaña".
Lo mejor de tus quince es que alegraron mis 19 y que son ejemplo y orgullo de mis 34. Naciste cuando más te necesitábamos. Tu abuelo, del que has heredado nombre y carácter, se nos iba. O eso decían todos menos él, que se empeñó en conocerte. Y no es para menos: preludiabas primavera en aquel despacible febrero.
Fuiste savia para el viejo roble sobre cuyas raíces hemos crecido y nos sujetamos todos. Sangre de su sangre, compartís hoy optimismo y fuerza, Ramones, y un ser y estar a prueba de reveses. Ya de bebé apuntabas maneras: te caías y levantabas las veces que hiciera falta, llorabas porque querías y callabas si te apetecía. A tu frente jamás le faltaba un chichón y la expresión "estar quieto" jamás formó parte de tu código infantil. Eso no iba contigo, baby. Donde esté una buena caída, vaya la cabeza por delante, que se quite una apacible siesta: eso es de bebés aburridos. Y tú, Ramón, siempre has tenido mucha marcha.
Lo de dormirte era una misión imposible y tus actuaciones bien merecen un Oscar. En el pueblo, la calle era tu reino y las cabañas tu palacio. Príncipe entre las vecinas, despertabas a medio barrio dando patadas a las puertas mientras te apretabas un biberón ataviado con un batín rojo. Y la abuela persiguiéndote calle arriba calle abajo con la arritmia a toda pastilla y el sintrón en vena.
Dueño de una imaginación desbordante, has urdido fugas -con tus primos y tu hermano como impagables cómplices-, puesto en aprietos a más de un adulto con preguntas imposibles, escondido mochilas en el congelador y has hecho de la mirada un arte que tú enmarcas con unos pestañones inmensos, como tu corazón, que hoy late con la vitalidad de los quince y que promete una vida llena de emociones y alegrías: no mereces menos. Es lo que tú nos das.
Primo enrollado, hermano protector, hijo ejemplar, nieto cariñoso, sobrino ideal y noviete cañón (eso sé que dicen las chavalas), llevas en tu piel, tan fina y blanca, la nieve de las Sierras de Cuenca y la brisa del Cantábrico, mezcla en ti explosiva: pura energía, inteligencia y vitalidad.
Eres un pillo irredento, Ramón. Una mente inquieta: todo lo coges al vuelo, todo lo ves, todo lo escuchas, todo lo presientes. Todo lo vives. Todo te alegra, todo lo sufres. Y eso -que lo conozco bien, te recuerdo que compartimos un buen cacho de código genético- tiene de malo y de bueno, pero más de lo segundo que de lo primero. Pasar por esta vida con indiferencia vale menos la pena que pisar el camino con pasión: bailando de alegría o pataleando de rabia.
¿Más virtudes? No te callas ni debajo del agua, donde te mueves como un pez, dicho sea de paso -eres atlético, espigado, deportista y ágil, da gloria verte coger olas con tanta gracia y esa figura que derrocha maneras de tipo interesante-. Eres un ciclón arrollador.
Me gusta tu ilusión. Jamás vi a un niño abrir tan emocionado los regalos de Reyes ni defender con tanta vehemencia que había visto a Melchor. Me gusta ese brillo en tus pupilas, esa sonrisa inquieta. Me gusta la luz que te preside, la llama que te domina. La hoguera de emociones y grandes pasiones que eres, sobrinito de mis desvelos.
Me gusta tu risa, tan pegadiza y franca.
Me gusta de ti hasta tu enfado.
Pero sobre todo me gusta cómo pones tu inteligencia al servicio del amor: me gusta cómo quieres a la abuela, que es mi madre, cómo la cuidas y la mimas. Cómo la miras y comprendes. Sabes dónde haces falta, en qué corazón acomodarte; y eliges el más frágil, afectuoso y maternal. A veces el más olvidado, de tan acostumbrados que estamos todos a que siempre esté ahí. La quieres y proteges como lo hace tu abuelo (y ya tenéis algo más en común), Ramones de su latido.
Contigo, Ramón, he llorado y he reído. Te he cuidado y dormido. Y ahora que te alejas de la infancia a pasos del gigante de quince que eres, queda en mí el deseo de seguir compartiendo contigo las sonrisas y las penas, de tomar juntos todos los años el roscón de Reyes -nuestra fiesta favorita-, de compartir desastres y cumpleaños, las pequeñas tragedias del día a día y la alegría de vivir. Contigo es imposible no tenerla.
Te quiero mucho. Tu tía.
P.D.: Te pongo en la foto sin cortarme un pelo porque ya ha llovido (en Cantabria) y nevado (en Cuenca) desde entonces. Es la Semana Santa en la que Jonás y Gato, tus perritos, entraron a formar parte de esta nuestra familia. Estábamos en el pueblo, como siempre por esas fechas, por ahí asoma un cacho de tu primo Alfonso. Os pasasteis la semana haciendo el indio los cuatro, Nerea, Alfonso, Juan y tú. Como siempre. Pero esta vez con el agravante de los perros. En fin... Hoy, que es tu cumple, brindaré para que hagas el indio durante toda tu vida, que presiento y deseo larguísima, emocionante y feliz.
lunes, 14 de febrero de 2011
Cantando al desamor
Enamorada o sin enamorar. Con o sin pareja. En mi puta vida he celebrado esta mierda de día. Sé que esta forma de empezar una entrada no es precisamente poética ni biensonante, pero a estas alturas de mi blog, mis escasos y selectos lectores saben de sobra que lo políticamente correcto no es lo mío.
De pequeña no me gustaban los osos amorosos y de mayor no me gustan los globos con forma de corazón. Y cuando quiero bombones, me compro una caja y me inflo. Las flores... las planto yo y de capullos... está el mundo lleno.
Y tampoco soporto la manida frase de "éste es el Día de El Corte Inglés". Me da igual de quién sea el día y, dadas las circunstancias, me la pela: a la economía seguro que le viene bien que haya un montón de peña comprando flores carísimas que se estropearán en dos días. No me importa casi nada relativo a este día. Sólo una cosa: si a alguna vez a alguien se le ocurre regalarme algo por San Valentín le falta Gran Vía pa correr mientras se come las flores.
Y hoy, por ser hoy, vamos a cantarle al desamor. Porque no hay amor sin desamor... Y viceversa. Que por qué. Quizá para compensar el azúcar de mi última entrada, quizá porque el otro día vi a este chico en un concierto de Quique González y eso me recordó que tiene una voz preciosa y unas canciones rechulas, amén de otras virtudes. Pues eso, música para el desamor y el olvido el 14 de febrero.
De pequeña no me gustaban los osos amorosos y de mayor no me gustan los globos con forma de corazón. Y cuando quiero bombones, me compro una caja y me inflo. Las flores... las planto yo y de capullos... está el mundo lleno.
Y tampoco soporto la manida frase de "éste es el Día de El Corte Inglés". Me da igual de quién sea el día y, dadas las circunstancias, me la pela: a la economía seguro que le viene bien que haya un montón de peña comprando flores carísimas que se estropearán en dos días. No me importa casi nada relativo a este día. Sólo una cosa: si a alguna vez a alguien se le ocurre regalarme algo por San Valentín le falta Gran Vía pa correr mientras se come las flores.
Y hoy, por ser hoy, vamos a cantarle al desamor. Porque no hay amor sin desamor... Y viceversa. Que por qué. Quizá para compensar el azúcar de mi última entrada, quizá porque el otro día vi a este chico en un concierto de Quique González y eso me recordó que tiene una voz preciosa y unas canciones rechulas, amén de otras virtudes. Pues eso, música para el desamor y el olvido el 14 de febrero.
miércoles, 9 de febrero de 2011
Seven Nights to Rock

Seven Nights to Rock. Así es la vida cuando sonríe (la vida, quiero decir. O no, o tal vez viceversa).
Se sorprendió a sí misma escribiendo ese sinsentido en su "estado" de Facebook. En realidad nadie, salvo ella, sabía qué quería decir esa frase tan absurda. Siete noches para el rock and roll: con él la semana había dejado de ser un cúmulo de horas y franjas grises, la sucesión de trabajo, descanso, ocio. La rueda cansina y agónica del tiempo y las rutinas.
Así es la vida cuando sonríe. Porque si la vida sonríe es más vida y aleja el llanto, y la vida nace cuando él sonríe. Y viceversa.
Caminando a su lado, la ciudad parecía rendirse a sus pies. Su tacto, su olor, su tabaco, devolvían a sus más de 30 bien cumplidos una pulsión casi adolescente que incluso la ruborizaba. "¿Nos fugamos?". Y en esa pregunta sin respuesta habitaba a la vez un eco que le presionaba dulcemente el estómago y que descendía, como la yema de los dedos de él, hasta el ombligo, describiendo un camino de piel y tersura. Blanco. Levemente interrumpido por pequeños besos, imperceptibles para el aire de tan suyos como eran, de los dos.
A veces jugaba a mirarlos desde fuera. Como si ella no fuera ella o pudiera desdoblarse, desnudarse de la emoción o escaparse de su cuerpo y de su mente. Observarse a sí misma desde arriba, desde una perspectiva ajena, y a él con ella. Entonces, vistos así, ese tipo de la camiseta negra y la tía de las botas altas que estaba a su lado le parecían los protagonistas de una canción de Bruce Springsteen. Compartían el humo y la risa y una especie de ansiedad por abrazarse.
Si alguien se lo hubiera pedido, sus defectos, los de ella, él los habría enumerado en un soneto como virtudes:
"Vehemente, muy terca e intolerante,
por macarra me ha puesto en un aprieto,
si se enfada, aun con mi hermoso soneto,
pobre del que pille por delante"...
Los suyos, los de él, los defectos, ella se los recordaba en besos. Los versos
-pensaba- ya estaban en su boca. Por eso, la enmarcaba con sus manos, y apretaba cada lado de su cara con cariño, mientras le regañaba por su cabezonería, su dejadez con el móvil o su aparente olvido.
Y en lugar de comas, enumeraba con besos. Y entonces el beso, y el reproche, quedaban protegidos por las manos, que permanecían en la cara de él y ocultaban sus labios al resto del mundo. Y los dedos se deslizaban hacia la barbilla, como si quisieran acariciar el momento, rozando, confundidos, una boca y la otra. Y las comas -perdón, los besos- pasaban a ser... puntos suspensivos.
...
Abre paréntesis. El silencio inundó su salón: el CD de Bruce Springsteen* había terminado. La ausencia de su voz (de la del Boss y la de él, que nunca llamaba) la devolvió al tiempo real y la sacó del recuerdo de la noche anterior, aún tan cálido. Dejó de verse a sí misma -y con él- desde fuera, dejó de analizarse y describirse, de mirarse y juzgarse y decidió sólo sentirse. Cerró el Facebook, tan absurdo a veces, o siempre, y echó de menos su tibieza.
"I love you, honey". Escribió en un sms. Enviar. Él, que nunca contestaba a los mensajes, recibió ese bip-bip en su teléfono móvil con cierta alegría, ya que anunciaba el nombre de ella. Leer. Sonrió.
"Yo a ti también", dijo para sí. Pero no contestó. Dos puntos: los reproches con besos en lugar de comas tenían su punto.Y aparte. Cierra paréntesis.
Punto final.
P.D.: A veces, las historias de las canciones de Bruce Springsteen están a la vuelta de la esquina. O un poco más arriba. Pero justo al lado, dando un paseo.
P.D.2: Las hay más románticas, pero la que toca es Seven Nights to Rock, por alusiones. Y no, no es de Bruce y no me acuerdo de quién es ni pienso parar a buscarlo ahora, pero yo la conocí cantada por el Boss y para mí es suya aunque la inventara otro. Es algo así como si alguien tratara de convencerme de que mi madre no inventó el amor. Lo descubrí con ella. Ergo...
*
-Creo que le gustas a ésa. Te mira mucho.
-¿Celosa?
-Sabes que no. Voy sobrada de ego.
-¿Y tú? No. La verdad es que tampoco tengo motivos. Pero has de saber que el otro día, ver cantar a ******, me pareció casi orgásmico. ¿Celosa ahora?
-No, ni lo más mínimo, pero has de saber que...
-¿Qué?
-Que ver a Bruce Springsteen es algo casi sexual.
jueves, 14 de octubre de 2010
De neurosis y otros líos mentales
No me fío de la gente que no hace las cosas con intensidad. Odio que esté de moda ser un soso, no apasionarse. El otro día, leyendo en el suplemento de El País algunos fragmentos de los escritos de Marilyn –qué pedazo de mujer, qué tristeza la suya– que van a publicar ahora, se decía esto: "La imagen que Marilyn ha dejado de sí misma esconde un alma que pocos sospechaban. De gran belleza, es un alma que la psicología barata calificaría de neurótica, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado". Y no puedo estar más de acuerdo.
No, no os asustéis, no voy a compararme con Marilyn. La salud de mi ego está bien, pero no tanto. Pero si voy a recoger esa afirmación y me la voy a llevar a mis terrenos.
Antes, no hace mucho, me avergonzaba cuando alguien me llamaba obsesiva cuando expresaba mi admiración y amor (sí, le voy a llamar amor. Ya no tengo pudores, y menos ahora que me asomo sin remedio a los 34) por Morante de la Puebla, al que adoro. Sí, ¿y? ¿Dónde está el problema? Sólo su madre es más morantista que yo. ¿Qué pasa? Y nadie sabe el nudo que tengo en el estómago cada vez que voy a verlo torear, aunque luego no haga na, que algo hace siempre –da gloria verlo andar–. No, no estoy obsesionada con Morante. Duermo, vivo, como, sueño, ando y me relaciono con normalidad. Pero Morante me gusta mucho.
Antes, no hace mucho, me jodía que me llamaran loca o friki por ir el mismo día del estreno –o incluso al preestreno– de las pelis de "El señor de los anillos". Por pagar reventa para ver a Springsteen. Por estar seis horas sentada en el suelo esperando ver actuar a Héroes del Silencio en un viaje de ida y vuelta a Valencia cuando la semana anterior los había visto en Sevilla. No, no estoy loca ni soy una friki (o sí, me da igual). Respiro, río y camino con normalidad. Pero "El señor de los anillos", Springsteen y los Héroes del Silencio me gustan mucho.
Antes, no hace tanto, me preocupaba que me llamaran histérica si contaba que me encanta encerrarme sola en casa, cuatro horas, a ver "Lo que el viento se llevó" y llorar a gusto. Y llorar mucho, muchísimo. No, no pasa nada. Voy al cine –mucho–, leo, cocino y paso la aspiradora con normalidad. Pero "Lo que el viento se llevó" es mi película favorita. Y, claro está, me gusta mucho.
Antes, hace sólo unos meses, podía enfadarme que alguien me dijera "adolescente" porque voy a disfrazarme de vampiresa con mi sobrina, mi hermana y mi cuñada para celebrar mi cumple, que coincide con el fin de semana del 1 de noviembre, fecha que me encanta (como todo lo que me gusta).
Me molestaba, incluso, cuando decían "¿es que no tienes nada mejor que hacer?" cuando contaba que había estado siete horas seguidas viendo "True Blood" o "Los Soprano" o "The Shield". No, no tengo nada mejor que hacer porque en ese momento es lo que quiero hacer. No, no soy una adolescente porque ya he vivido el doble que un adolescente, pero me gustaría morirme a los 90 con la misma ilusión que tenía a los 17 o incluso con la mitad de la que tengo hoy. Pero os juro que pelearé por tener, al menos, el doble. Me encantan los vampiros, me vuelve loca "True Blood" y "The Shield" y "Los Soprano". Adoro las series. Estoy currando, se me va la cabeza, y pienso en series. Voy conduciendo y se me ocurren series. Sueño con hacer series. Y creo que la primera va en camino. Pero, a pesar de todo, trabajo, cumplo, me aburro, cobro y pago hipoteca con normalidad. Pero los vampiros y las series me gustan mucho. Y me gustan mucho.
Antes, hace sólo unos días, me provocaba alguna inquietud que me dijeran que busco imposibles, que se me va la olla, que soy una soñadora, que por qué no me echo un novio "normal". Que deje de tontear con lo que no puedo tener. Que me fijara en tal o en cual, que anda coladito, y es tan majo, tan formal... Mataría y moriría por los que amo, que son pocos pero bien elegidos, pero no puedo amar lo que, a priori, no me gusta. Y si no me gusta, no quiero conocerlo más. Lo siento. Pero es que, si alguien me gusta, me gusta mucho (ya lo decía Calamaro: prefiero solamente un beso tuyo, antes que el amor de mil...). Y si me gusta mucho, lo quiero mucho. Porque querer y, sobre todo, sentir... ¡vale la pena!
Y la psicología barata califica de neurosis mi dolencia, tomo nota del diagnóstico y hago una hoguera con las recetas. Si curar mi neurosis significa dejar de sentir (y mucho) prefiero vivir enferma. Y morir sintiendo.
P.D.: Como no sé qué foto poner, pongo una de un personaje que... me gusta mucho.
Etiquetas:
amor,
animo,
cine,
estados de ánimo,
histeria,
neurosis,
serie,
series,
Soprano,
the shield,
true blood
lunes, 2 de agosto de 2010
Desmontando a Garcilaso

No creo que los poetas sepan de amor. Lo piensan, lo escriben, lo describen y lo adornan. Pero no saben de amor. Si supieran, no escribirían. Vivirían y ya. ¿Por qué digo esto? Pues no lo sé. Es lunes, tengo sueño, tengo que currar, me duele mucho la espalda, me aburro y no tengo nada mejor en lo que pensar tal día como hoy. Además, a excepción de Quevedo –por razones obvias, morales y físicas–, creo que casi todos los poetas que escriben versos de amor lo hacen para seducir jovencitas, empezando por Neruda, que me encanta a pesar de que las malas lenguas –que son todas– digan de él que era un pelín viejo verde aficionado a las demasiado jóvenes (uff, mejor no entrar en eso y quedarnos con sus inmensos e innumerables aciertos fónicos. Sí, porque el tan recurrente "me gustas cuando callas porque estás como ausente" no es más que un acierto fónico. No es precisamente una alabanza, pero bueno; seguro que más de uno atrapó en sus redes de araña a una mosca inocente con tan manido versito). Joer, a poquito que me ponga se me va el hilo y me enredo en la madeja, sobre todo con estos temas. Bueno, de Neruda a Garcilaso, uno de mis favoritos, o mi favorito incluso. Nadie habló de amor como habló él. Estoy segura. A mí me gusta de él todo. Absolutamente todo: su vida y su obra. Y a él lo imagino inmensamente atractivo, espigado y con barba. Me encanta que participara de las intrigas políticas de la época y que fuera un soldado. También que muriera luchando, como corresponde a un soldado del siglo XVI, que fuera un bravo y a la vez un refinado caballero y que estuviera en la Corte. Y ahí es donde yo lo imagino persiguiendo damas entre tapices (quizá ando influida estos días por "Los Tudor", donde el poeta cortesano escribe pa lo que escribe y para nada más). De Garcilaso me gusta todo, insisto, que fuera cortesano del gran emperador Carlos V y, a la vez, condenado al destierro (con lo que el ostracismo supone) por éste mismo por un "asunto personal", que no político. Qué pasaría o qué no pasaría entre el emperador y gran hacedor de sonetos (insisto, para mí de los mejores, junto a los de Quevedo. Son los más precisos, los mejor acentuados, los más redondos y los más hermosos, claro) para que el primero lo condenara al destierro. Jamás lo sabremos, aunque parece ser que el emperador se mosqueó porque el poeta participó como testigo –o similar– en la boda del hijo de un comunero. Sea como fuere, en sus 34 años de vida, Garcilaso tuvo tiempo de todo, hasta de morir heroicamente. Y dejó los versos de amor más hermosos que yo he leído jamás. Aunque creo que no sabía de amor y sí mucho de seducir. Porque el poema que hoy no se me va de la cabeza es una aberración, un atentado contra la razón: nadie se muere por nadie, y menos de amor; nadie nace para querer a nadie, ni mucho menos, y nadie le debe nada a nadie, y menos la vida. Es decir, que mi adorado Garcilaso, que no era tonto, escribía todo esto porque es bonito pero sabía que escribía falacias. Seguro que alguna dama cayó en sus brazos después de que él le declamara este soneto. Ay, inocentes: no os dejéis llevar por las palabras vanas.
Fuera como fuese, por la razón que él quisiera, por oficio, beneficio, incluso fornicio, con perdón, es tan bonito, tan, tan, tan bonito, que no me queda más que darle las gracias al amor, y al propio Garcilaso, por hacer brotar el milagro de la poesía. ¡Ay! (Eso es un suspiro).
Escrito’stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo
tan solo que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;
cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.
Etiquetas:
amor,
ánimo,
estados de ánimo,
garcilaso,
poesía
miércoles, 10 de marzo de 2010
Los amantes. Una historia de tantas.

...Y como cualquier otra.
"No debo quererte porque no puedo tenerte". Él la miraba con ternura, como lo hacía siempre, con un chispeante brillo en los ojos, mezcla de amor y tristeza. Y la escuchaba, paciente, mientras fumaba un cigarro tras otro. "No puedo hacer las cosas de otra manera. No quiero esperarte, no quiero despedirme de ti de madrugada. No quiero esconderme. No quiero ocultarte. No quiero herirte. Por eso he decidido dejar de llamarte. Creo que no quiero verte. Quizá sea mejor así para los dos, para los tres, mejor dicho. No creo que ella merezca lo que estamos haciendo. Ni tú, ni yo, ni nadie. Vivo con un peso insoportable. Llena de culpa. Terriblemente angustiada por la sensación de haberme dado cuenta demasiado tarde de que te quería. Odio el momento en que por primera vez me abrazaste. El primer beso. Deploro tu recuerdo cuando te vas; el espacio que dejas. Tu ausencia. Tengo la sensación de haber llegado tarde a algo, de haber empezado a amarte cuando no me correspondía. Creo que este espacio que estamos compartiendo no nos pertence, no es tuyo ni mío y que...".
Álvaro la abrazó y dejó que llorara en su pecho, mientras él, en silencio, acariciaba su cabeza y besaba su pelo castaño. Se sentía invadido por una pena indescriptible. Tenía la sensación de estar perdiendo, en aquella despedida, una parte de su vida que amaba intensamente. Pero no podía hacer nada. Estaba paralizado. Y eso no iba a cambiar. Elena lo sabía y él también. Su amor era reciente, pero tardío. Llegó quince años después de conocerse, cuando él estaba casado; y ella, cansada de ir de un corazón a otro sin tener donde pararse. Los unió la vida, las tristezas y las dichas. A ella le gustaba que con él no tenía que disimular: no fingía ser mejor, más paciente, más transigente o más guapa. La había visto contenta, triste, enfadada. Él había escuchado mil veces su carcajada, conocía sus lágrimas y su risa. Se la sabía de memoria. Y le gustaba.
Ninguno de los dos sabía cuándo pasó. Pero sí que no era su momento, aunque quizá ya nunca hubiera otro. Quién sabe.
“No es que no te quiera. Sabes que sí –continuó diciendo con la frente hundida en su pecho; las manos, cogiendo su cintura. La mirada, fija en el suelo, perdida–. Pero no quiero convertir esto en sufrimiento. No quiero esperar nada que no sé si vas a darme ni sé si quiero tener. No quiero pedirte nada. No deseo sacrificios ni dramas cada vez que te vea marchar. No quiero llorar en el umbral de la puerta de madrugada mientras oigo tus pasos bajar la escalera. Temo que esto que tanto amo no sea más que una ilusión. Voy a echarte tanto de menos que me asusta. Pero todo pasará. Y esto, igual que llegó, se marchará. Supongo. Facilitará mucho las cosas, creo, que esté un tiempo sin verte. No me llames”.
Cogió su chaqueta y su bolso y caminó hacia la salida. “No intentes buscarme. Quizá esto, aunque doloroso, sea lo mejor. Siento no haber sabido antes que te quería. Ahora que lo sé, creo que la mejor forma de quererte es dejarte. Ojalá algún día sienta que he acertado”. Cerró de un portazo y se marchó.
Si volvieron o no a verse, si esto fue sólo una escenita, si ella anduvo diez minutos y regresó a abrazarlo desesperada o, en cambio, como dijo, salió de su vida, sólo el tiempo –y quizá ellos, si existen– lo saben. Pero Álvaro, al verla cerrar la puerta y marcharse, lloró sus lágrimas más amargas, con una tristeza, hasta entonces, desconocida.
sábado, 12 de diciembre de 2009
Espérame en el cielo
La primera nieve del invierno trajo a su vida, tan apagada, la luz del recuerdo. Miraba por la ventana mientras recolocaba su moño blanco con unas hermosas peinetas de nácar: la apacible blancura del paisaje se le antojaba perfecta, límpida, como una cama recién hecha con sábanas de hilo cuidadosamente bordadas. Los copos caían lentos, caprichosos, dejándose mecer por el aliento perezoso y negro de las chimeneas.
El fondo verde de los pinos, el cielo preñado, como si quisiera desplomarse sobre los tejados a medio cubrir, las pisadas de las vecinas que habían bajado a por el pan, el ladrido lejano de un perro, el viento caprichoso envolviendo las copas de los árboles y aullando tímidamente, como si quisiera escaparse, componían una postal que la llevaban a otros tiempos más felices, a días sin soledad.
A días de pan y risas, de batallas de bolas de nieve, de niños alborotando la casa, a días de escuela, de gripe con el pequeño, de no parar, de no comer, de remendar, coser y zurcir, de recoger, peinar, cocinar... A días de compartir. De jugar con sus hijos. De hablar con él. Él, que se había ido hacía ya cinco años, una tibia madrugada de mayo, cuando su corazón, cansado de latir, le dijo adiós para siempre en la cama que habían compartido durante más de sesenta años.
Un escalofrío recorrió su espalda y se agarró con fuerza a su toquilla de lana, como si quisiera abrazarse.
Miraba... y recordaba las largas noches de invierno. Sus cinco hijos dormidos en las alcobas y ellos acurrucados bajo la colcha de lana que tejió el invierno que estaba encinta de su hijo José Antonio. Y la nieve, implacable, cayendo despaciosa sobre el alféizar de la ventana al amanecer, cuando los primeros rayos de luz se escapaban perezosos entre las nubes cargadas de frío, entre las montañas coronadas de blanco.
Las lágrimas humedecieron sus ojos apagados, agotados de tanto mirar. Había vivido más de ochenta veces el mes de enero, pero nunca el frío había calado tanto en su piel, jamás había temblado como temblaba ahora.
La leña ardía alegre y chispeante en la chimenea. Y, por un instante, albergó en su alma la vana ilusión de verlo sentado junto al fuego, con su cigarrillo en la boca, canturreando, con uno de los niños sentado en sus rodillas.
Y rompió a llorar de pena al recordar su voz y sus brazos, tan fuertes, tan poderosos. Sabía que ni hijos ni nietos, aunque aliviaban su ausencia, podrían tapar su hueco jamás, el vacío que había dejado en su alma.
Y rompió a llorar de alegría por todo lo vivido, por haber sentido el amor, la dicha, el trabajo, la familia.
Sentía su corazón cansado de andar pero reconfortado, pues albergaba la esperanza de que un día, no muy lejano, sus manos se volverían a entrelazar en un abrazo eterno, sin prisas, sin frío, sin final.
El fondo verde de los pinos, el cielo preñado, como si quisiera desplomarse sobre los tejados a medio cubrir, las pisadas de las vecinas que habían bajado a por el pan, el ladrido lejano de un perro, el viento caprichoso envolviendo las copas de los árboles y aullando tímidamente, como si quisiera escaparse, componían una postal que la llevaban a otros tiempos más felices, a días sin soledad.
A días de pan y risas, de batallas de bolas de nieve, de niños alborotando la casa, a días de escuela, de gripe con el pequeño, de no parar, de no comer, de remendar, coser y zurcir, de recoger, peinar, cocinar... A días de compartir. De jugar con sus hijos. De hablar con él. Él, que se había ido hacía ya cinco años, una tibia madrugada de mayo, cuando su corazón, cansado de latir, le dijo adiós para siempre en la cama que habían compartido durante más de sesenta años.
Un escalofrío recorrió su espalda y se agarró con fuerza a su toquilla de lana, como si quisiera abrazarse.
Miraba... y recordaba las largas noches de invierno. Sus cinco hijos dormidos en las alcobas y ellos acurrucados bajo la colcha de lana que tejió el invierno que estaba encinta de su hijo José Antonio. Y la nieve, implacable, cayendo despaciosa sobre el alféizar de la ventana al amanecer, cuando los primeros rayos de luz se escapaban perezosos entre las nubes cargadas de frío, entre las montañas coronadas de blanco.
Las lágrimas humedecieron sus ojos apagados, agotados de tanto mirar. Había vivido más de ochenta veces el mes de enero, pero nunca el frío había calado tanto en su piel, jamás había temblado como temblaba ahora.
La leña ardía alegre y chispeante en la chimenea. Y, por un instante, albergó en su alma la vana ilusión de verlo sentado junto al fuego, con su cigarrillo en la boca, canturreando, con uno de los niños sentado en sus rodillas.
Y rompió a llorar de pena al recordar su voz y sus brazos, tan fuertes, tan poderosos. Sabía que ni hijos ni nietos, aunque aliviaban su ausencia, podrían tapar su hueco jamás, el vacío que había dejado en su alma.
Y rompió a llorar de alegría por todo lo vivido, por haber sentido el amor, la dicha, el trabajo, la familia.
Sentía su corazón cansado de andar pero reconfortado, pues albergaba la esperanza de que un día, no muy lejano, sus manos se volverían a entrelazar en un abrazo eterno, sin prisas, sin frío, sin final.
martes, 1 de diciembre de 2009
El fin de todas las cosas
Clara no se esperaba que Guillermo fuera a dejarla. Se habían conocido tres años atrás una noche en un bar. Después de dos encuentros más se habían enamorado y se casaron un año después. Todo parecía irles bien. Incluso habían hablado de hijos. Estaban llenos de ilusión y proyectos. Se querían, se divertían. Eran felices. Pero un buen día, cuando Clara llegó de trabajar, se encontró una nota de despedida encima de la mesa y el armario de su marido vacío. Guillermo se había ido. La había abandonado. Y a ella el mundo se le cayó encima.
"Clara: esto tiene que acabarse. Me marcho. No me busques ni me llames. No intentes encontrarme. Quédate la casa. Yo me llevo el coche. No necesito nada más. No quiero volver a verte. Perdona la cobardía. Espero que algún día puedas perdonarme. Guillermo". Así ponía el que había sido su marido fin a su relación. Clara quería morirse. No sabía qué hacer con tanta soledad, con tanto dolor. Y, lo peor de todo, no sabía por qué se habían despedido con un beso por la mañana y por la tarde él se había ido de casa. Estaba abatida, rota.
Los días iban pasando y, aunque la tristeza y la melancolía presidían cada uno de sus actos, desde ponerse un café hasta doblar unos calcetines, fue reponiéndose. Era una mujer fuerte y se sentía en la obligación de levantar el ánimo.
Decidió recuperar algunas amistades y empezar a hacer vida social: cine, una cena, café con una amiga... Y sus nostalgias fueron convirtiéndose en reproches. Su amor, en odio. Sí, odiaba a Guillermo por haberla dejado. Por haberle mentido. "Uno no deja a la persona que ama", se dijo mientras rompía las fotos de su luna de miel.
Se acabó el invierno y llegó la primavera. Y con ella, los paseos, las terracitas... La vida bajo el sol. Clara renovó su armario, se cortó el pelo y se prometió a sí misma que se había acabado la tristeza. Pero el destino, caprichoso, quiso para ella algo distinto.
Aquel sábado amaneció soleado. Optimista, Clara decidió irse de compras. Cuando bajó al parking del centro comercial, cargada de bolsas, vio perpleja cómo frente a su nuevo coche una mujer, que a ella le pareció bastante joven y atractiva, aparcaba su antiguo vehículo, el que se había llevado Guillermo. Clara no pudo contener la ira: "Ahora lo entiendo todo. Me dejó por ti, no tenéis vergüenza. Lo sabía, dile que lo odio, lo odio con todas mis fuerzas", gritó fuera de sí a la mujer.
“Señora, qué dice. Está loca. De qué demonios está hablando”, dijo la joven sin salir de su asombro. “No disimules, ése es el coche de mi marido. Lo reconozco, yo lo compré con él. Él se marchó de casa hace meses para irse contigo”, lloraba y gritaba Clara sin consuelo.
“Señora, lo siento, creo que está equivocada. Yo no estoy con ningún hombre. Soy estudiante de enfermería y me saco algún dinero cuidando a personas que están solas en los hospitales, acompañándolas por las noches. El señor Guillermo respondió a mi anuncio en el hospital y cuidé de él durante los últimos días de su vida, por eso me regaló su coche. Era un buen hombre. Cuando le diagnosticaron su enfermedad y le dijeron que era terminal, no quiso que ninguna persona de las que amaba sufriera esa agonía con él. Murió a finales de enero. Usted debe de ser Clara, ¿verdad? No imagina cuánto la quería. No podía dejar de hablar de usted. Murió abrazado a su foto".

El fin de todas las cosas by Luisa Tomás is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
"Clara: esto tiene que acabarse. Me marcho. No me busques ni me llames. No intentes encontrarme. Quédate la casa. Yo me llevo el coche. No necesito nada más. No quiero volver a verte. Perdona la cobardía. Espero que algún día puedas perdonarme. Guillermo". Así ponía el que había sido su marido fin a su relación. Clara quería morirse. No sabía qué hacer con tanta soledad, con tanto dolor. Y, lo peor de todo, no sabía por qué se habían despedido con un beso por la mañana y por la tarde él se había ido de casa. Estaba abatida, rota.
Los días iban pasando y, aunque la tristeza y la melancolía presidían cada uno de sus actos, desde ponerse un café hasta doblar unos calcetines, fue reponiéndose. Era una mujer fuerte y se sentía en la obligación de levantar el ánimo.
Decidió recuperar algunas amistades y empezar a hacer vida social: cine, una cena, café con una amiga... Y sus nostalgias fueron convirtiéndose en reproches. Su amor, en odio. Sí, odiaba a Guillermo por haberla dejado. Por haberle mentido. "Uno no deja a la persona que ama", se dijo mientras rompía las fotos de su luna de miel.
Se acabó el invierno y llegó la primavera. Y con ella, los paseos, las terracitas... La vida bajo el sol. Clara renovó su armario, se cortó el pelo y se prometió a sí misma que se había acabado la tristeza. Pero el destino, caprichoso, quiso para ella algo distinto.
Aquel sábado amaneció soleado. Optimista, Clara decidió irse de compras. Cuando bajó al parking del centro comercial, cargada de bolsas, vio perpleja cómo frente a su nuevo coche una mujer, que a ella le pareció bastante joven y atractiva, aparcaba su antiguo vehículo, el que se había llevado Guillermo. Clara no pudo contener la ira: "Ahora lo entiendo todo. Me dejó por ti, no tenéis vergüenza. Lo sabía, dile que lo odio, lo odio con todas mis fuerzas", gritó fuera de sí a la mujer.
“Señora, qué dice. Está loca. De qué demonios está hablando”, dijo la joven sin salir de su asombro. “No disimules, ése es el coche de mi marido. Lo reconozco, yo lo compré con él. Él se marchó de casa hace meses para irse contigo”, lloraba y gritaba Clara sin consuelo.
“Señora, lo siento, creo que está equivocada. Yo no estoy con ningún hombre. Soy estudiante de enfermería y me saco algún dinero cuidando a personas que están solas en los hospitales, acompañándolas por las noches. El señor Guillermo respondió a mi anuncio en el hospital y cuidé de él durante los últimos días de su vida, por eso me regaló su coche. Era un buen hombre. Cuando le diagnosticaron su enfermedad y le dijeron que era terminal, no quiso que ninguna persona de las que amaba sufriera esa agonía con él. Murió a finales de enero. Usted debe de ser Clara, ¿verdad? No imagina cuánto la quería. No podía dejar de hablar de usted. Murió abrazado a su foto".
El fin de todas las cosas by Luisa Tomás is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.
miércoles, 25 de noviembre de 2009
Más de amores. Déjate morder
"True Blood" es una de las series que más me han enganchado y cautivado jamás. Está tan bien hecha que cada imagen parece un lienzo. Tiene esa luz, esos planos... Pero, además de eso, es tan absolutamente gamberra y divertida... Aquí, en España, ha pasado sin pena ni gloria y no se puede comprar aún (no ha llegado el DVD ni se puede comprar la botellita de True Blood ni na de na), pero ya sabéis que hay formas de verla. No os la perdáis. Esta promo del Plus mola y es muy sugerente. Una dentellada de lo que la serie puede llegar a ofrecer.
Etiquetas:
amor,
bill compton,
eric,
series,
true blood,
vampire,
vampiro
martes, 24 de noviembre de 2009
¿Qué tiene el poseer cosas?
Hoy, para empezar el día, un poco de "Doctor en Alaska". ¿Y por qué este vídeo? Pues no sé, me ha venido a la cabeza y lo he buscado. Verdades como puños. Por qué esta necesidad de poseer a alguien. Por qué a veces se nos pasa por la cabeza lo siguiente: Bueno, me gusta, pero es que... no sé, a lo mejor, algún día... quizá cambie. Y en nuestra mente vamos construyendo una ficción que se alimenta del deseo de que nuestra pareja se transforme, pase a ser lo que no es. Es decir, la construimos basándonos en una ficción. Soñamos con que sea lo que no es y, si lo conseguimos... se acabó el encanto, porque ya no tiene aquello en lo que nos fijamos cuando fuimos a ella. Y llegó el final. Se acabó la pasión, la chispa, la gracia.
Y si no lo conseguimos: la histeria, los nervios, las broncas.
En resumen: o te quedas con lo que es –sin intención de transformarlo y sin alimentar la esperanza de que cambie– o no te quedes con nadie. No llegará el día en que despertemos y nuestro novio (o novia) sea más guapo, más bueno, más divertido, más generoso...
Afortunadamente, aún no tenemos el don de hacer a alguien de barro, soplarle y que se convierta en lo que queremos que sea. Aún no somos dioses, no creamos. Ni tampoco poseemos. Toda relación que no esté basada en la libertad está condenada –por suerte– al fracaso.
Y si no lo conseguimos: la histeria, los nervios, las broncas.
En resumen: o te quedas con lo que es –sin intención de transformarlo y sin alimentar la esperanza de que cambie– o no te quedes con nadie. No llegará el día en que despertemos y nuestro novio (o novia) sea más guapo, más bueno, más divertido, más generoso...
Afortunadamente, aún no tenemos el don de hacer a alguien de barro, soplarle y que se convierta en lo que queremos que sea. Aún no somos dioses, no creamos. Ni tampoco poseemos. Toda relación que no esté basada en la libertad está condenada –por suerte– al fracaso.
lunes, 9 de noviembre de 2009
Nessun Dorma. Que nadie duerma
Que nadie duerma. Eso, más o menos, es lo que dice esta bellísima aria perteneciente a Turandot, de Giacomo Puccini. La ópera habla de una cruel princesa china que asesinaba a sus pretendientes, o algo así, pero ahora poco o casi nada importa eso. Lo que importa, como casi en todo, son las emociones, que son eternas y se dan en todas las partes del mundo, en cualquier momento de la historia.
Siempre que la escucho, no puedo reprimir las lágrimas, no sé si de alegría, de pena o de pura belleza. Hay algo hermosísimo en el hecho de pensar que el ser humano puede elaborar algo tan infinitamente bello. Tan bello que pareciera obra de un dios, y no de un hombre.
Amenábar, que de eso de la belleza y las emociones sabe un rato, introdujo el Nessun Dorma en "Mar Adentro", una obra de arte. Ponía la música al momento en que Ramón Sampedro (interpretado por el genial Bardem) se eleva para volar y llegar a la playa. Ojalá hubiera palabras para explicar lo que se siente viendo esa parte de la película. El deseo de volar hecho realidad acompañado de una música que es lo más parecido al amor que yo he sentido nunca.
Sí, quizá sea un delirio. Pero supongo que estar enamorado debe de ser algo parecido a la sensación que uno experimenta al escuchar esta aria, al sentirla: el estómago bloqueado, la piel hipersensible, como cuando se tiene fiebre, la mente libre de pensamientos, los ojos llenos de lágrimas. Y si el amor no es eso, yo no quiero estar enamorada.
Y, para celebrar este dislate que acabo de escribir, escuchad el Nessun Dorma por Pavarotti, para mi gusto, quien mejor la canta.
También añado un vídeo de "Mar Adentro", donde el aria es interpretada por José Manuel Zapata (al menos eso pone en el cd de la BSO).
A mí me me gusta más Pavarotti, juzgad vosotros, pero aquí tiene el valor añadido que le otorga esta emocionantísima parte de la sensacional película de Amenábar.
Siempre que la escucho, no puedo reprimir las lágrimas, no sé si de alegría, de pena o de pura belleza. Hay algo hermosísimo en el hecho de pensar que el ser humano puede elaborar algo tan infinitamente bello. Tan bello que pareciera obra de un dios, y no de un hombre.
Amenábar, que de eso de la belleza y las emociones sabe un rato, introdujo el Nessun Dorma en "Mar Adentro", una obra de arte. Ponía la música al momento en que Ramón Sampedro (interpretado por el genial Bardem) se eleva para volar y llegar a la playa. Ojalá hubiera palabras para explicar lo que se siente viendo esa parte de la película. El deseo de volar hecho realidad acompañado de una música que es lo más parecido al amor que yo he sentido nunca.
Sí, quizá sea un delirio. Pero supongo que estar enamorado debe de ser algo parecido a la sensación que uno experimenta al escuchar esta aria, al sentirla: el estómago bloqueado, la piel hipersensible, como cuando se tiene fiebre, la mente libre de pensamientos, los ojos llenos de lágrimas. Y si el amor no es eso, yo no quiero estar enamorada.
Y, para celebrar este dislate que acabo de escribir, escuchad el Nessun Dorma por Pavarotti, para mi gusto, quien mejor la canta.
También añado un vídeo de "Mar Adentro", donde el aria es interpretada por José Manuel Zapata (al menos eso pone en el cd de la BSO).
A mí me me gusta más Pavarotti, juzgad vosotros, pero aquí tiene el valor añadido que le otorga esta emocionantísima parte de la sensacional película de Amenábar.
viernes, 6 de noviembre de 2009
Cicely, mágico
De todos mis capítulos favoritos de mis series favoritas de la historia de la ficción televisiva –la realidad televisiva no me interesa– hay uno que me conmueve. Se llama "Despierta" y es el capítulo nueve de la tercera temporada de "Doctor en Alaska". En él, un autobús cargado de artistas circenses se planta ¿accidentalmente? en Cicely, el lugar más mágico del mundo. Quiromantes, magos, acróbatas y un tiernísimo hombre volador que se enamora de Marilyn con sólo verla son le excusa perfecta para reflexionar sobre la realidad, la materia, la magia y el amor, como si éste no fuera parte de la anterior.
Ya os contaré más cosas de ese capítulo. De momento, un aperitivo, el final, que tantas veces he visto, que recuerdo tan de memoria, que tanto me gusta.
Ya os contaré más cosas de ese capítulo. De momento, un aperitivo, el final, que tantas veces he visto, que recuerdo tan de memoria, que tanto me gusta.
jueves, 22 de octubre de 2009
Las cosas malas
Si ya de por sí hay quien lo considera pecado, hacer las cosas malas con un vampiro, esa criatura de la noche, te lleva derechita al infierno.
A Sookie no parece importarle. De hecho, la tía lo prepara. Una no se pone ese vestido para ir a casa del novio a hornear madalenas, máxime si el novio sólo se alimenta de sangre, como es el caso.
En fin, aquí tenéis el primer polvo de Sookie y Bill, sin cortes y sin pausas. Si recordáis, en el capítulo hay a la vez otras dos "relaciones sexuales" en claro contraste con ésta, pero las otras -Sam y Tara y Jason con una cualquiera- no importan. Sólo importa ésta, tan bonita, tan estética... tan vampírica.
Increíble lo que una moza puede llegar a pedirle a su amante en la cama... Pues nada, si los dos quieren... A disfrutar se ha dicho. Y que aproveche, Bill.
A Sookie no parece importarle. De hecho, la tía lo prepara. Una no se pone ese vestido para ir a casa del novio a hornear madalenas, máxime si el novio sólo se alimenta de sangre, como es el caso.
En fin, aquí tenéis el primer polvo de Sookie y Bill, sin cortes y sin pausas. Si recordáis, en el capítulo hay a la vez otras dos "relaciones sexuales" en claro contraste con ésta, pero las otras -Sam y Tara y Jason con una cualquiera- no importan. Sólo importa ésta, tan bonita, tan estética... tan vampírica.
Increíble lo que una moza puede llegar a pedirle a su amante en la cama... Pues nada, si los dos quieren... A disfrutar se ha dicho. Y que aproveche, Bill.
Quiero hacer cosas malas contigo
Y no lo digo yo, lo dice la canción de la cabecera de "True Blood". El tema se llama"Bad Things" y lo canta Everett Jace.
Más tarde, después de comer, pa hacer la digestión y de postre, las cosas malas.
Sookie se está ganando el infierno a pulso.
Más tarde, después de comer, pa hacer la digestión y de postre, las cosas malas.
Sookie se está ganando el infierno a pulso.
Etiquetas:
amor,
Bad Things,
Everett Jace,
infierno,
música,
series,
sookie,
true blood,
vampire,
vampiro
miércoles, 21 de octubre de 2009
¿Un vampiro enamorado?
Si te quedas en lo rojo, es sangre. Si te pierdes en lo negro, es Bill Compton dándole un muerdo a Sookie. Y no, "True Blood" no es sólo sangre, ni siquiera sólo sexo. También es gamberra y divertida y tiene mil historias que se cruzan y mil personajes que tienen mucho que decir. Y también habla de exclusión, y de la iglesia, y "sescojona" de la juventud "ideal" americana.
Y está llena de tíos buenos, que siempre es un aliciente. Frívolo, pero aliciente al fin y al cabo.
Ya están grabando la tercera temporada. Y se cuenta que Bill Compton va a dar un "giro", y no un giro de los de hago chas y aparezco a tu lado. Ya sabéis a qué tipo de giro me refiero.
¿Acaso será Bill algo más que un dulce vampiro enamorado y seductor?
La respuesta: en la tercera entrega.
Y está llena de tíos buenos, que siempre es un aliciente. Frívolo, pero aliciente al fin y al cabo.
Ya están grabando la tercera temporada. Y se cuenta que Bill Compton va a dar un "giro", y no un giro de los de hago chas y aparezco a tu lado. Ya sabéis a qué tipo de giro me refiero.
¿Acaso será Bill algo más que un dulce vampiro enamorado y seductor?
La respuesta: en la tercera entrega.
Etiquetas:
amor,
bill compton,
series,
sex,
sexo,
sookie,
true blood,
vampire,
vampiro
lunes, 19 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Estamos en...
Lo pensaré mañana by Luisa Tomás is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 España License.





