Lo único que no me gusta de "Los puentes de Madison" es que ella –Francesca, Meryl Streep–, al final, no se atreva a bajarse del coche y correr a abrazarlo a él –Robert, Clint Eastwood– bajo la lluvia. Por lo demás, me gusta todo, la música, el guión, ella y él; y esa increíble historia de amor.
Siempre que veo "Memorias de África", deseo que ella –Karen, Meryl Streep–, a mitad, venza el miedo a perderlo a él, y así no le obligue a decir lo que él –Denys, Robert Redford–, por ser él, no dice. Quiero que ella comprenda antes de asfixiarlo que las aguas "viven en Mombasa, msabu", y que no hay que pretender embalsarlas –su miedo a estar sola, hace que él sienta miedo a verse privado de su libertad–. Desde luego, siempre que veo esta increíble película, quiero que el final no sea el que es; y que ambos estén siempre juntos y contentos. Queriéndose. Él, cazando. Ella, inventando relatos para él junto a la chimenea. Y los dos escuchando a Mozart. Por lo demás, me gusta todo, la música, el guión, ella y él; y esa increíble historia de amor.
Aborrezco que Ashley Wilkes tenga tanto miedo a querer a Escarlata O'Hara; y ella pavor a dejarse amar por Rett. Por lo demás, de "Lo que el viento se llevó", me gusta todo, la música, el guión, ella y ellos; y esa increíble historia de amor.
Dicho esto de tres de mis películas favoritas, podría concluir que amar es cosa de valientes. Y vivir también. Pero vivir de verdad. Con la vida como pasión, como motivo y como meta en sí misma.
Esta mañana, Juan José Padilla, un torero que no está en mi lista de favoritos, me ha emocionado por su derroche de vida y de valor. Porque vivir, vivir con pasión, no supone no tener miedo; sino saber vencerlo.
Él lo hace muchas tardes: siente el miedo, lo vence y, en el hecho de vencerlo, de tragárselo, gana. A veces con fracaso; otras con triunfo. Pero siempre tiene la gloria de haberlo vencido, como San Jorge al dragón.
Hoy, destrozado, malherido y marcado de por vida, a dios pone por testigo de que volverá a vestirse de luces; y jura que no le guarda rencor al toro, que es su vida misma, su pasión. Porque la vida da cornás, y para recibirlas hay que vivir –es decir, tragarse el miedo, vestirse de luces (con el guapo en to lo alto), echar la pata'lante, y que sea lo que dios quiera–.
Gracias, Padilla porque –corneado, pero jamás derrotado– hoy nos has recordado que vivir sin torear –sin vencer los miedos– no es vivir. Es morir lentamente.
El blog de Luisa Tomás
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jueves, 20 de octubre de 2011
Del miedo
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jueves, 14 de abril de 2011
De los fracasos y el miedo. Ah, y que los sueños, sueños son

Desde que dejé el psicoanálisis, el blog me sirve, en cierta medida, como terapia. La otra noche soñé que iba a una productora con el guión –la biblia– de mi serie (sí, ésa que lleva en ciernes un año y sin avanzar un sólo renglón meses) y que para que el productor accediera a leerlo, tenía que acostarme con su secretaria, que en realidad era un hombre vestido de mujer y maquillado y peinado al más puro estilo años ochenta. Si queréis más detalles, tenía cierto aspecto de azafata, era una mujer (cuando aún no había descubierto que era hombre) demasiado neutra, poco expresiva y sin un rasgo que la caracterizara, como una azafata de Iberia o Kate Middelton. Asépticas. Correctas. Si seguís queriendo detalles, se quitaba una peluca, resultaba ser un tío y ahí me desperté o cambié de sueño. Aún no lo tengo claro.
Qué curioso es esto de los sueños –mi psicoanalista diría que lo de curioso no es el adjetivo adecuado, pero hace tiempo que paso de mi psicoanalista–. Si fuera a su consulta tal día como hoy, él me preguntaría que si me provocaba más desazón o incomodidad el hecho de tener que acostarme con ella para que alguien leyera mi guión o el hecho de que fuera mujer. Y yo, hastiada de analizar sueños sin llegar a ninguna conclusión, diría: "Ambas cosas". Y él diría: "Explícame cómo te sentiste". Y yo intentaría cambiar de tema porque mi mente, que a veces funciona demasiado deprisa, estaría verbalizando cualquier gilipollez, quizá improvisando sobre la marcha, hilando frases inventadas sobre cómo me sentía en ese sueño (¿sería una Luisa real u onírica?), y a la vez pensando que el tío –mi terapeuta, con el ánimo en to lo alto por el pernicioso efecto de la primavera– quería llegar al meollo del asunto.
Decepcionado al no hallar en mí ni una sola palabra referida al sexo, concluiría que, en realidad, lo que me pasa es que tengo miedo a terminar el guión porque temo fracasar y que no le interese a nadie, que jamás nadie lo lea y, por supuesto, que jamás se grabe ni un segundo de esa serie. Que los sueños reales, los que pasan cuando estás dormida, son más de verdad (aunque no lo sepamos, puesto que transcurren en el inconsciente) que los sueños de mentira, que son los que se dan cuando estás despierta (es decir, cuando voy conduciendo, oigo una canción y pienso que estaría bien para terminar el capítulo en el que Candela se lía con Juan, a la altura del seis de la primera temporada).
Conclusión: no me hace falta psicoanalista para saber que tanto el guión de mi serie como el de mi corto están ideados, comenzados y nunca terminados porque me vence la idea de engordar con ellos la lista del fracaso. Así que, tal día como hoy, 14 de abril, siguen durmiendo el sueño de de los justos –y casi de los olvidados– en mi escritorio. A la espera de que algún valiente ¿seré yo? los remate. O bien los queme.
P.D.: Y encima no paran de llegarme cosas sobre la nueva temporada de True Blood, la serie que me habría encantado hacer. Menos mal que no soy de deprimirme, si no, esto, más que un desahogo, sería una carta de suicidio.
Conclusión: no me hace falta psicoanalista para saber que tanto el guión de mi serie como el de mi corto están ideados, comenzados y nunca terminados porque me vence la idea de engordar con ellos la lista del fracaso. Así que, tal día como hoy, 14 de abril, siguen durmiendo el sueño de de los justos –y casi de los olvidados– en mi escritorio. A la espera de que algún valiente ¿seré yo? los remate. O bien los queme.
P.D.: Y encima no paran de llegarme cosas sobre la nueva temporada de True Blood, la serie que me habría encantado hacer. Menos mal que no soy de deprimirme, si no, esto, más que un desahogo, sería una carta de suicidio.
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jueves, 25 de marzo de 2010
La hora de los valientes (II)
Aunque sea la hora final. Los valientes siempre tienen su tiempo, y su historia, por mínima que sea.
La de Alatriste a mí me emociona. En cuanto a la peli, habría mucho que decir. Creo que, en general, se ha sido bastante injusta con ella. Su principal problema es que aglutina demasiado y creo que cualquiera que no haya leído los libros puede perderse.
Pero tiene muchas virtudes: escenas como lienzos, Viggo Mortensen, Quevedo y el final, tan emocionante. Amén de tener la virtud de terminar con las palabras con las que empieza el primer libro -"no era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente"-, en un guiño cómplice y generoso de Díaz Yanes y Pérez Reverte (qué bien me caen los dos), cerrando un círculo que vuelve a abrirse: invitando a leer los libros, a contar la historia ya contada en la peli, desde los ojos del jovenzuelo Íñigo de Balboa.
Y qué voy a decir ya que no se haya dicho de esta escena final. Son tantas cosas en cuatro palabras y dos gestos... Aunque uno esté perdido, no hay que rendirse. Y eso es dramático, sí, pero heroico. Eso convierte a un soldado que, cuando no guerreaba, se ganaba el sueldo alquilando su acero "por cuatro maravedís en trabajos de poco lustre", en un verdadero héroe. Porque puede alquilar su espada, pero nunca vender su honor. Y eso le hace grandioso, a él, que podría no haber pasado de ser un pobre hombre. Y es que el paso entre ser un desgraciado o ser un héroe es mínimo, aunque enorme: sólo hay que atraverse a darlo. Y si el miedo te paraliza, jamás lo das. Y hay que darlo, aunque sea para morir. Como él. Porque la muerte de un bravo -él es todo un bravo del siglo XVII- ha de ser grandiosa. Y solemne, como la suya. Morir luchando.
La de Alatriste a mí me emociona. En cuanto a la peli, habría mucho que decir. Creo que, en general, se ha sido bastante injusta con ella. Su principal problema es que aglutina demasiado y creo que cualquiera que no haya leído los libros puede perderse.
Pero tiene muchas virtudes: escenas como lienzos, Viggo Mortensen, Quevedo y el final, tan emocionante. Amén de tener la virtud de terminar con las palabras con las que empieza el primer libro -"no era el hombre más honesto ni el más piadoso, pero era un hombre valiente"-, en un guiño cómplice y generoso de Díaz Yanes y Pérez Reverte (qué bien me caen los dos), cerrando un círculo que vuelve a abrirse: invitando a leer los libros, a contar la historia ya contada en la peli, desde los ojos del jovenzuelo Íñigo de Balboa.
Y qué voy a decir ya que no se haya dicho de esta escena final. Son tantas cosas en cuatro palabras y dos gestos... Aunque uno esté perdido, no hay que rendirse. Y eso es dramático, sí, pero heroico. Eso convierte a un soldado que, cuando no guerreaba, se ganaba el sueldo alquilando su acero "por cuatro maravedís en trabajos de poco lustre", en un verdadero héroe. Porque puede alquilar su espada, pero nunca vender su honor. Y eso le hace grandioso, a él, que podría no haber pasado de ser un pobre hombre. Y es que el paso entre ser un desgraciado o ser un héroe es mínimo, aunque enorme: sólo hay que atraverse a darlo. Y si el miedo te paraliza, jamás lo das. Y hay que darlo, aunque sea para morir. Como él. Porque la muerte de un bravo -él es todo un bravo del siglo XVII- ha de ser grandiosa. Y solemne, como la suya. Morir luchando.
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