El blog de Luisa Tomás

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miércoles, 6 de marzo de 2013

De la libertad y otras movidas



Me espanta el miedo a la libertad del ser humano. Los tiranos lo saben y lo conocen mejor que nadie, y de él se aprovechan. Me descojono al ver a la gente llorar a Chávez, al gran líder coreano... Hubo quien lloró cuando murió Franco, y eso que murió de viejo en una cama y habiendo nombrado un sucesor (abro paréntesis: ¿Se puede saber qué coño celebraban las musas y los musos de la Transición? Esto es tema aparte. Necesito otro post).

Me da pánico que, cada vez más, necesitemos la figura del tirano (a veces convertida en el propio Estado) porque no sabemos qué hacer con nuestros caminos. Tiranos dictadores. Tiranos maridos. Tiranas esposas. Tiranos jefes. Tiranos amantes. Y hasta tiranos amigos. Y tirana familia. Sí, la filiación, como la patria, a veces es una tiranía que aplasta la libertad del individuo. Y el individuo sale de una tiranía y se mete en otra. Y busca alguien que, al fin y al cabo, lo guíe. Y es que la libertad es una cosa muy chunga que a veces implica soledad y tristeza y desconcierto.

Nadie como el Quijote reivindicó al individuo, y para hacerlo tuvo que adoptar la pátina de la locura. Siglos después, el individuo sigue queriendo dejar de serlo, fundirse en la grey, aclamar al tirano, llorar al gran líder fallecido –ese falso guerrillero de espuela y machete, el redentor de la revolución bolivariana. Esa pobre mente obsoleta, fundamentada en términos muertos hace tiempo–.

Hay gente que pone la tele para ver a Falete tirarse a la piscina. Y hay gente que directamente pone la FOX o la HBO. Toda la gente es igual de válida, claro. Todas las opiniones sirven, claro. Para eso somos demócratas y democratistas... Bueno, pues eso, que la FOX tiene una serie estupenda que se llama "The walking dead", donde, además de tripas, violencia, sangraza y zombis, aparece la figura del tirano mejor retratada que yo vi en la ficción –televisiva, se entiende. García Márquez y otros ilustres lo hicieron muy bien en la literatura–.

En un panorama apocalíptico, plagado de zombis, emerge una pequeña ciudad llamada Woodbury, un pequeño paraíso dentro del desastre, con jardines, vallas que los zombis no traspasan, fiestas populares e incluso algo de alcohol. Y hasta sexo. Allí puedes ser feliz, claro, siempre y cuando dejes de ser tú y aclames a Philip, un tipo que, aparentemente, es irreprochable. Y se le puede aclamar. Carismático, bien parecido, bondadoso, compasivo, fuerte...
Está tan bien hecho que al verlo comprendí con más facilidad muchísimos capítulos de la historia. Sobre todos los referentes al ejercicio, tan humano y tan repetido, de amor y odio al tirano.

Os recomiendo ver la serie. Si queréis. Si no, libres sois ;)



martes, 24 de enero de 2012

72 minutos de silencio... Y reflexión sobre la belleza

Porque a tu lado me quedé dormida. Porque alegraste las noches en las que estaba triste, porque me diste tu tiempo y tu sonrisa, y tu llanto, y tu alegría. Porque me quitaste el sueño y llenaste las tardes de lluvia. Por las mil aventuras que vivimos juntos, porque me acompañaste y me enseñaste. Por las noches de sábado, esas en las que, después de las risas y las copas, tú y yo, solos, nos entregábamos a reconfortantes placeres. Por las mañanas de domingo que pasé contigo y tu inconfundible aroma a café y hogar.

Por eso y por mucho más, te echo de menos MEGAUPLOAD.

Por eso y por los mordiscos de vampiro, y los aullidos de los hombres lobo, y los crímenes sin resolver, los dramas carcelarios y las historias de mafiosos, y de moteros, y de músicos de Nueva Orleans. Te echo de menos y mi alma y mi imaginación, mi ocio y mi casa están de luto.

La vida sin series es peor vida. La vida de un seriéfilo es magnífica si no te falta tu dosis diaria, pero, si tenemos en cuenta que, desde el jueves a hoy, sólo me he metido en vena un miserable capítulo de "Crónicas Vampíricas" que me costó horas conseguir... mi mono empieza a convertirse en gorila. De aquí a atracar el Media Mark o la Fnac hay un paso.

Y no, lo de la piratería no me parece bien. Y ese gordo cabrón que montó MEGAUPLOAD y nos timó a todos –hasta los mismísimos de que me echara a los 72 minutos, me convertí en cliente PREMIUM– tendrá que pagar por ello, pero ni tanto ni tan calvo. No tengo la solución a este problema ni sé qué se debe hacer, pero, bien es cierto que, gracias a que vi series por Internet, compré muchísimas –y no exagero cuando digo MUCHÍSIMAS- y me gasté (y seguiré gastando) un dineral en ellas. Participo de ese comercio y participo gustosa, porque me fascina. Y me fascina tener la casa plagada de hermosas cajas de DVD con "Roma", "Mad Men", "True Blood", "Perdidos", "Los Soprano", "Prison Break"... (no, no las presto, por si acaso a alguien se le ocurre).

Supongo que las nuevas formas de consumir obligarán a los grandes imperios a remodelarse. No hay otra. Quiero decir, gastarse 150 euros en comprarse "Los Soprano" te hace dudar. Pero si la HBO los pone en su web y pagas un euro por capítulo, evitarás piratería, la verás con calidad y la consumirán millones de personas. Y los histéricos fetichistas de series, como la que esto suscribe, además, se gastarán los 150 pavos.

Supongo que lo lógico es estrenar en la TV (por dios, no hablo de Telecinco ni mierdas por el estilo, hablo de la FOX y la HBO principalmente), esperar unas semanas e ir subiendo los estrenos, que el consumidor podrá ver a un módico precio. Y además tener archivo con todo lo ya estrenado. ¿Quién no se pasearía de vez en cuando por la web de la HBO a ver "Roma", "Deadwood", "Los Soprano"...?



No sé cuán fácil o difícil es eso, pero supongo que es lo que se espera por lógica. Todo lo demás es alimentar la piratería, porque dudo mucho que millones de personas se resignen al hecho de no volver a ver series por Internet.

Y una vez desahogada, os diré que si vais al cine (sí, también gasto en cine, que nadie me acuse a mí de no consumir, joder), os ahorréis (o no, todo el mundo hablará de ella, y hay que estar informados) la pasta de "The Artist".

Esta película da para un corto, poco más. Está bien hecha, es bonita, estética, tiene detrás un pastizal... pero carece de alma. No cuenta nada. Con ella no sufres, no ríes, no lloras, no disfrutas, no te inquietas... Es decir, no sientes nada. Nada de nada.
Y eso me ha traído otra vez a esta desordenada cabeza mía la siguiente idea: la belleza sin alma no sirve, o no es.

Es lo que les ocurre a las modelos (por eso no seducen): están elegidas para no llamar la atención más que lo que llevan puesto, son cuerpos sin rostro sin risa y sin lágrimas, nulos.

Bueno, que me estoy yendo del tema. Eso lo dejo pa otro día.

Que aquí dejo mi particular réquiem a Megaupload, que tanto me dio, con la esperanza y el deseo que esto se resuelva pronto y pueda volver a meterme en vena capítulos y capítulos de mis series, que tanto me gustan y me aportan.

Y no exagero. Por ejemplo "The Shield" y "The Wire", y también "Los Soprano", me enseñaron a tener la mirada cenital, que tantas veces me ha ayudado a comprender a los otros y a no juzgarlos. Esa mirada que tantas veces me ha recordado que las cosas son como son y no como quiero que sean. Asumir para vencer.

"Perdidos" me recordó que nada es lo que parece. Y "Prison Break" que hay gente en el mundo (poca pero la hay) por la que vale la pena morir. "True Blood" desplegó ante mi curiosa mirada un mundo de placeres estéticos que escondían los grandes temas de la humanidad: el amor, la exclusión, el rechazo, la muerte. La pasión y el deseo. Lo prohibido.

"Deadwood" volvió a demostrarle al mundo que la brutalidad es una cualidad casi inherente al ser humano. "Roma" me hizo viajar a esplendores imperiales... "Los Borgia" y "Los Tudor" subrayan la idea (cada vez más asentada y demostrada) de que el poder y la corrupción van inevitablemente unidos. Y así podría seguir y seguir.

Pero concluiré (y éste ya es el fin, lo prometo) recordando la madre de todas las series, la que me enganchó. Esa serie de los noventa, posmodernista y genial. Una serie sobre lo profundo, el humor y la relatividad. Un lugar donde conviven doctores, curanderos, científicos y chamanes, locutores de radio místicos, mujeres fatales, viejos astronautas, cinéfilos lunáticos e ingenuas misses. Porque Cicely, el pueblo donde se desarrolla (mil veces plagiado) no es un lugar, es un estado de ánimo. Porque nadie como sus pobladores para recordar que el ser humano vive en constante cambio y es dueño absoluto de su alma y su libertad (uf, qué responsabilidad más chunga) y de sus miedos (es muy representativa la historia de Holling, el cazador, con el oso Jesse, su miedo, su dragón, su toro –ay, que me extiendo otra vez–). Porque "Doctor en Alaska" nos recuerda que somos capaces de renacer cada primavera. Y porque tiene frases como ésta: "Es hora de ponerse manos a la obra. Tanto si sale bien como si no. No importa. Soy libre". Joel Fleischmann.

Bueno, ellos lo cuentan todo mucho mejor que yo. Y con ellos os dejo.



domingo, 13 de noviembre de 2011

¿De qué tienes miedo? Batiburrillo de tarde de domingo

Esa pregunta era el asunto del mail. No, no me lo enviaba ningún corazón embaucado por mis encantos animándome a cerrar los ojos y caminar cogida de su mano; hace meses que mi buzón no recibe postales de amor. Qué poético. La realidad es mucho más prosaica: hace meses que en la bandeja de entrada ningún mail me regala pasiones. Ay, malditos años estos que nos ha tocado vivir sin sentido del romanticismo ni de la tragedia: el tiempo adornará de blanco nuestras cumbres y al mirar atrás lloraremos por no haber dicho un "te quiero" a tiempo (no os los guardéis. Aunque no sea bien recibido ni oportuno, un "te quiero" es un acto de grandeza; la verbalización del amor). Ay, que me desvío. Vuelvo al asunto (del mail).

El mail en cuestión era una promoción de la FOX animándome a ver la nueva serie "American Horror Story". Y he cumplido. No por la recomendación del mail (acabo de verlo, me llega a una cuenta que apenas abro y el capítulo lo vi ayer), sino por una charla con un ser querido de cuyo nombre ¡vive Dios! me cuesta olvidarme ;)

La serie es un poco más de lo mismo: casa maldita, asesinatos, buhardillas a las que no debes subir, sótanos a los que no hay que bajar, una criada vieja que se las sabe todas y da muy mal rollo, la misma criada pero de joven con una pinta que quita el hipo (cebo sexual para atrapar a los varones si lo de los sustos y la sangre no les engancha del todo) y algún íncubo cachondón que se cuela en el lecho conyugal con, me temo, nefastos y fértiles resultados. Qué hacer con ella: darle una segunda oportunidad. Es decir, ver el capítulo 2. Y si no hay nada que no hayamos visto mil veces, dejarla dormir el sueño de los justos y a otra cosa.

Por ejemplo, "The Walking Dead", altamente recomendable. Apta para estómagos no demasiado frágiles (el mío lo es, pero cuando las cosas son tan de mentira no me causan estupor, sino risa). El tema es que de repente el mundo está plagado de zombis y hay un grupo de seres humanos que conforman una especie de "resistencia", el último bastión de la humanidad (que sepamos, nos movemos por Atlanta, aún no se sabe si el resto del mundo está igual o no). Qué tiene de bueno: sangraza gratuita, de la que no molesta, y ver las reacciones humanas cuando se nos lleva al límite. Qué tiene de malo: casi nada si no le buscas tres pies al gato. Y claro, entre los espíritus de la primera y los zombis de la segunda... doy el salto a "The Vampire Diaries", fantasía adolescente plagada de vampiros guapones, animadoras, brujitas sexys, hombres lobo cachas y, lo último: los híbridos (mezcla de vampiro y hombre lobo) y los vampiros originales. Tal es jaleo, que lo único que acaba importando es la estética (las recreaciones de la guerra de Secesión son extraordinarias, así como el caserón de los vampiros protas, los Salvatore) y un personaje: Damon Salvatore. Y más ahora que no tengo ningún capítulo de "True Blood" que echarme a los lomos. Ay, cómo echo de menos a los vampiros de Bon Temps.

Así las cosas, saturada de irrealidades, opto por el cine, ficción tan real como la vida misma. Mejor dicho, me como un atasco el sábado por la noche para ir al cine (así es Madrid) y elijo la peli donde haya menos gente (jamás salgo del circuito Renoir-Golem, me lo prohíben los pocos principios que me quedan). "Tímidos Anónimos", una ternura francesa donde no hay tíos buenos ni tías buenas, ni gente que salva el mundo ni detiene terroristas ni na de na. Es una historia amable de dos personas que se enamoran y a las que les aterra al mundo. Les paraliza la realidad. Eso les hace refugiarse en una timidez enfermiza (otros se refugian en las drogas, las rutinas, las comodidades y la nada).




Me gusta el cine francés, tan alejado de "Jamesbones" y "Laras Crofts". Me gustan los pequeños héroes diarios aterrados por una realidad que les supera y que al final se atreven a decir "te quiero".

¿De qué tienes miedo? Me preguntaba ese mail promocional. No tengo miedo a los espíritus ni a los vampiros ni a los zombis. Ni siquiera me da miedo este monstruo tan molesto llamado crisis. Tengo miedo a no saber vivir. A dejar pasar el tiempo sin consciencia ni ilusión. A perder la ternura. A quedarme sin sentido el humor.

Me aterra la gente que nunca llora más aún que la que nunca ríe. Me da escalofríos esta tendencia aséptica obcecada en ahogar las emociones. Y sobre todo me da miedo que, cuando el tiempo cubra de nieve las -todavía- castañas cumbres, mire atrás y me venza la pena por no haberme atrevido a decir "te quiero".

Por si acaso, ésta es mi particular manera de decirlo:

martes, 2 de agosto de 2011

No sé cómo titular esto. Bueno, sí: Fuerza y honor. Es lo que nos salva

A mi amiga Laura le han roto el corazón. La frase "romper el corazón" está más manoseada que la barandilla del metro, pero no se me ocurre otra forma de decirlo. O sí: "la han jodío pa vino", "está en un ay", "le ha dao la bajona por un tío"... Pero esto es más propio de barra de bar que de blog con selectísimos lectores, entre los cuales hay, incluso, elevados creadores de sonetos (toma guiño, Explorador).

El caso es que Laura me llama y, con más mocos que un caracol, me cuenta que estos días están siendo dramáticos para ella, que bla, bla, bla... Y que no sabe qué hacer.

Lo primero que le digo, tirando de sinceridad es: "Chica, yo te aguanto la chapa porque soy una grandísima amiga, pero ni se te ocurra llamar a Elena con esto, que te manda a la mierda. Ni a Eva, que anda follarina perdida este verano con ese chorvo extranjero. Ni siquiera a David, que siempre escucha. La gente no quiere penas, nena, que ya es bastante penoso llegar a fin de mes. Espera un momento, que me estoy abriendo una cerveza. Pues eso, como te iba diciendo, que te entiendo, maja. Pero que no te pongas patética"...

Laura: "Ya, no... si yo, patética. No. Claro. Pero es que... es que no lo entiendo... Sniff, sniff (mocos). Verás, es que, nos queríamos tanto... Que no lo entiendo. Bueno, al menos yo lo quería, y lo quiero".

Yo: "Pues entiéndelo, así es la vida. La gente se quiere, se deja, se junta. Y si lo quieres de verdad acepta su decisión y no pidas más explicaciones. Llora en tu casa, cuando nadie te vea".

Laura: "¡Pero bueno! ¿Cómo que no le pida explicaciones? Alguna tendrá que darme, ¿no? ¿Te parece normal? Sniff, sniff (mocos)".

Yo: "Sí, me parece normal. Y explicaciones, los mayores de edad... tenemos que dar pocas. O ninguna. Sólo al jefe si te has quedao dormido. Y ya es bastante triste. No lo pongas contra las cuerdas, no vayas de pobrecita por la vida y, lo que es mejor y aún más difícil, no te victimices, no le hagas sentir culpable por haber tomado esa decisión y, sobre todo, no intentes retenerlo. ¿Has jugado alguna vez en una piscina con una pelota? Si intentas acercarla remando con las manos, se aleja. Eso pasa también con las personas. No has de obligarlas a estar a tu lado si lo que quieren es alejarse. Sus motivos tendrán. A veces comprensibles. Otras menos. Pero has de dejarlas en paz, aunque el dolor te parta en dos".

Laura: "Aaayyyyy, pero es que no pueeeeeeedoooooo. Sniff, sniff (mocos)".

Yo: "Aunque el dolor te parta en dos y no te dejen dormir los recuerdos. Aunque el amanecer y la música te recuerden a él. Y el atardecer y el silencio. El frío y el calor, la risa y el llanto. Tienes que dejarlo aunque el dolor te parta en dos y no te dejen dormir los recuerdos."...

Laura: "Oye, Luisa, tía, ¿qué coño estás haciendo? Te estás repitiendo. Eso ya me lo habías dicho. Hay que joderse, colega. No me haces ni caso. Sniff, sniff"....

Yo: "Ay, Laura, chica, lo siento. Es que se me ha acabado el repertorio de consejos y me has pillao viendo el capítulo 5 de la cuarta temporada de "True Blood", que sabes que me encanta (atención, spóilers, lo digo por si alguno os interesa la serie. Selecciona el texto oculto para leerlo). Y es que estoy emocionada: Sookie y Eric por fin se enrollan. Que le den al pringado de Bill".

Laura: "¿Por qué me lo has contado? Eres una zorra. Te llamo con mis penas y no sólo pasas de mí sino que me cuentas algo de un capítulo que aún no he visto".

Yo: "Chica, lo siento. No paso de ti, es que... no voy a solucionarte nada. Y pensé que el capítulo ya lo habrías visto. Perdona. Además, no te lo he contado del todo. Verás, es que Eric está"...

Laura: "Que te calles, joder. Y que me digas algo que me consuele. Acabo de romper con el hombre de mi vida".

Yo. "Nena, recuerda estas palabras: fuerza y honor". Y si te aburres... pues ponte True Blood.


martes, 26 de julio de 2011

Letargo chicharrero, Sexo en Nueva York y cañas en Carabanchel

El verano saca lo peor de mí. Estos días no vivo, repto. De la cama a la ducha, de la ducha al coche, del coche al trabajo... Cómo estará mi cuerpo que ni de salir tengo ganas. Es más, mis maneras cada vez me recuerdan más a las del rodríguez al uso, el mítico español que se bebe una cerveza viendo el fútbol y rascándose los güevos. Sólo que yo no me los rasco, no tengo (físicos, mentales dicen quienes me conocen que tengo demasiados. También dicen que soy una mujer fálica, hecho que asumo con naturalidad y sin complejos).

Este verano me he enganchado a Sexo en Nueva York (entono el mea culpa). Me he tirado años y años diciendo que esa serie no me interesaba nada y que era un aquelarre de zorras desesperadas. Y lo mantengo. No me interesa y las protagonistas de la serie son un puñado de zorras desesperadas y necesitadas de macho para sentirse realizadas. A estas alturas de la historia televisiva, todo el mundo sabe de qué va la cosa: cuatro amigas muy pijas que dicen tener treinta y tantos (mentira, las actrices pasan todos de los 40, que no pasa nada... pero, joder, no me vendáis la moto, que reconozco una pata de gallo a los cinco kilómetros) no paran de enrollarse con tíos de todo tipo y condición. Y no, no vengo a dictar moral, ni nada que se le parezca. Sólo digo que la serie es un cúmulo de mentiras y tópicos.

A ver, una pava de treinta y tantos o cuarenta –de profesión liberal y más o menos acomodada, burguesilla– no conoce cada día a un pavo distinto por sexy que sea ella (que no es el caso, las tías de la serie no son precisamente espectaculares), tampoco tiene esa cantidad de ropa de firma ni tanto tiempo libre. Y lo que es más importante: tampoco esa neurosis uterina que hace que el orbe conocido y por conocer gire en torno a sus picores vaginales.

Dicho esto y contando con ello, a falta de Mundial que echarme a los lomos y a la espera de mis vacaciones, no me queda más que entregarme al placer inmediato de la cerveza fría en el sofá mientras veo capítulos y capítulos de estas pájaras haciendo las patéticas. Por el bien de la humanidad, espero que todas las tías que van de "supersinglespostmodernasindependientes" no piensen que Carrie y compañía son un ejemplo de nada (digo esto porque la peña es muuuuuu inocente) y/o que para ser "unachicadehoysuperactual" hay que parecerse un ápice a este puñado de histéricas.

En fin, a ver si tras este desahogo, hoy me desperezo y me bajo a tomar algo con los amigos a sabiendas de lo siguiente: según entras al bar no hay un tío bueno que gana una pasta y está en la barra tomándose un cóctel y esperando a que llegue una mujer como tú (o tú misma) para declararte tus incontenibles ganas de llevarte a su ático. No, tomaré la cerveza en el barrio, donde el Valen o en el Chigar, o en el bar de la oreja, con la gente de siempre, que tiene barriga, granos, patas de gallo e imperfecciones. Pero que son perfectos para echarse unas risas y hacer de la realidad algo realmente bueno.

Y para que os riáis un poco, os doy dos opciones: os unís a las cañas de hoy (nada espectacular, litros de cervezas, cabezas de gambas en el suelo, aceitunas, algo de fritanga) o bien veis este vídeo de Samantha, una de las protagonistas de la serie. Sí, hace gracia. Y a veces es muy incorrecta

jueves, 14 de abril de 2011

De los fracasos y el miedo. Ah, y que los sueños, sueños son



Desde que dejé el psicoanálisis, el blog me sirve, en cierta medida, como terapia. La otra noche soñé que iba a una productora con el guión –la biblia– de mi serie (sí, ésa que lleva en ciernes un año y sin avanzar un sólo renglón meses) y que para que el productor accediera a leerlo, tenía que acostarme con su secretaria, que en realidad era un hombre vestido de mujer y maquillado y peinado al más puro estilo años ochenta. Si queréis más detalles, tenía cierto aspecto de azafata, era una mujer (cuando aún no había descubierto que era hombre) demasiado neutra, poco expresiva y sin un rasgo que la caracterizara, como una azafata de Iberia o Kate Middelton. Asépticas. Correctas. Si seguís queriendo detalles, se quitaba una peluca, resultaba ser un tío y ahí me desperté o cambié de sueño. Aún no lo tengo claro.
Qué curioso es esto de los sueños –mi psicoanalista diría que lo de curioso no es el adjetivo adecuado, pero hace tiempo que paso de mi psicoanalista–. Si fuera a su consulta tal día como hoy, él me preguntaría que si me provocaba más desazón o incomodidad el hecho de tener que acostarme con ella para que alguien leyera mi guión o el hecho de que fuera mujer. Y yo, hastiada de analizar sueños sin llegar a ninguna conclusión, diría: "Ambas cosas". Y él diría: "Explícame cómo te sentiste". Y yo intentaría cambiar de tema porque mi mente, que a veces funciona demasiado deprisa, estaría verbalizando cualquier gilipollez, quizá improvisando sobre la marcha, hilando frases inventadas sobre cómo me sentía en ese sueño (¿sería una Luisa real u onírica?), y a la vez pensando que el tío –mi terapeuta, con el ánimo en to lo alto por el pernicioso efecto de la primavera– quería llegar al meollo del asunto.

Decepcionado al no hallar en mí ni una sola palabra referida al sexo, concluiría que, en realidad, lo que me pasa es que tengo miedo a terminar el guión porque temo fracasar y que no le interese a nadie, que jamás nadie lo lea y, por supuesto, que jamás se grabe ni un segundo de esa serie. Que los sueños reales, los que pasan cuando estás dormida, son más de verdad (aunque no lo sepamos, puesto que transcurren en el inconsciente) que los sueños de mentira, que son los que se dan cuando estás despierta (es decir, cuando voy conduciendo, oigo una canción y pienso que estaría bien para terminar el capítulo en el que Candela se lía con Juan, a la altura del seis de la primera temporada).

Conclusión: no me hace falta psicoanalista para saber que tanto el guión de mi serie como el de mi corto están ideados, comenzados y nunca terminados porque me vence la idea de engordar con ellos la lista del fracaso. Así que, tal día como hoy, 14 de abril, siguen durmiendo el sueño de de los justos –y casi de los olvidados– en mi escritorio. A la espera de que algún valiente ¿seré yo? los remate. O bien los queme.

P.D.: Y encima no paran de llegarme cosas sobre la nueva temporada de True Blood, la serie que me habría encantado hacer. Menos mal que no soy de deprimirme, si no, esto, más que un desahogo, sería una carta de suicidio.



lunes, 21 de marzo de 2011

Series, cine y batiburrillo primaveral


Cierto es que no me hace falta la primavera para sufrir todo tipo de alteraciones, que las tengo, de sobra y todos los días, incluso los lunes. Va con mi carácter. Y no, esto no significa una vida al límite, ni mucho menos. Visto desde fuera, mi día a día resulta de lo más convencional, pero son las pequeñas primaveras diarias las que lo hacen diferente. La última de ellas tiene formato de serie, una temporada, siete capítulos, una joya, un nombre: Downton Abbey. La conocí, vi el primer capítulo y no lo dejé hasta que mi módem a punto estuvo de echar humo cual barbacoa primaveral con amigos y cerveza fresquita (ay, qué rica).

Creo que la serie la está emitiendo ahora Antena 3, pero os recomiendo que la veáis en versión original con subtítulos, la voz del mayordomo es todo un poema y dudo que en el doblaje se alcance ese nivelón. La historia comienza el día que se hunde el Titanic y acaba el día en que Inglaterra entra en la I Guerra Mundial. Con ese trasfondo, se pone de frente a una adineradísima familia, con sus pequeños grandes problemas: herencias, hijas casaderas... Y en paralelo, la otra familia: la de los sirvientes, con sus envidias, sus rivalidades y sus afanes de medro, algo que se da también, sin duda, entre duques y elevados señores de la alta sociedad inglesa. Convenciones, bajos instintos y criadas que son las más señoras. Un pequeño gran culebrón (si Aristóteles levantara la cabeza brindaría por lo bien que se aplica a veces su poética) que recuerda a las grandes historias de Jane Austen o Wilkie Collins.

En cuanto a emociones negativas, os traigo dos películas, mis dos últimos desaciertos: "En el centro de la tormenta" y "Los chicos están bien". De la primera se salva la excelente banda sonora (Nueva Orleáns) y Tommy Lee Jones. Y también el planteamiento: asesinatos de hoy mezclados con los crímenes racistas de ayer, pero enseguida la línea principal se diluye hasta perderse. Y llega un momento en el que nada importa: sólo que se escuche una nueva canción. De la segunda, salvo a Annete Bening y nada más. Es una historia demasiado snob sobre los nuevos modelos de familia. Tan guay, chachi y modernita, que no pasa de ser convencional.

Por lo demás, ya se sabe: sale el sol, la casa se llena de flores, tengo trabajo extra de jardinera torpe, la difícil tarea de alentar a los rosales, tengo que empezar a preparar una lista de frases incómodas para echar a la gente de la terraza, sobre todo una vez finalizada la cerveza, el vermú y hasta el agua de riego, llega el Madrid-Barça, la final de Copa, las semis (si pasamos), las torrijas (literales y figuradas)... Cosas que se repiten y cosas que nunca cambian, como la alegría de verte –lea aquí cada cual lo que quiera, lo pongo porque me viene bien. Y hago esta aclaración porque, aunque me leen más desconocidos que conocidos, hay quien se empeña en ver en todo lo que escribo autobiografía, y no, ¿entendido, Javier?–.

Retomo: "Cosas que se repiten y cosas que nunca cambian, como la alegría de verte y las alergias. ¿O acaso pensabas, honey, que volvería a ponerme cursi?". Esta vez no. Esta vez sólo series, un poco de cine y un recuerdo: la serie de siempre, la que nunca cambia pero no se repite, ya que siempre vuelve, al menos a mi mente, renovada y cargada de significado y vida, de primavera.

Sí, muy bien. "Doctor en Alaska", la serie que supuso el principio de mi eterno idilio con las series de calidad, el lugar al que siempre vuelvo. Cicely me dio las raíces, Los Soprano me dieron las alas. Por eso hoy, que llega la primavera, vuelvo a la tierra. A Cicely y sus magníficos personajes, con la certeza absoluta de que la vida deja de renovarse el día en que dejamos de soñar.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Sed de sangre


Ayer me dijo mi amigo Manon, un tío con bastante criterio y todo mi respeto, que True Blood, para él, no será una de esas series que recordará con el paso del tiempo. Yo lo entiendo, True Blood no es Los Soprano, no es The Shield, no es Mad Men. Pero True Blood es una gran serie que, para mí, corre peligro. Y lo corre a partir de su tercera temporada. Pero puedo prometer y prometo que la primera temporada de True Blood es lo más canalla, sugerente, sensual, divertido, irreverente y sinvergüenza que yo he visto en mucho tiempo. Y eso lo recordaré. Vaya que si lo recordaré, como recuerda uno el primer beso. Y como recuerda la ingenua Sookie el día en que conoció a Eric, el que iba a ser su perdición, sin ella saberlo.

Vamos por partes y empezamos por un vídeo. Éste.




No es un vídeo promocional. Se trata de uno de esos montajes de música e imágenes que hacen los fans desesperados, como yo, por ver la próxima temporada –hace tiempo que dejé de contar por meses, semanas o días, cuento por lo que falta para que se venda la cuarta de Mad Men, lo que hace que acabó Sons of Anarchy o lo desesperante que es no tener más True Blood hasta junio–. Hoy lo he visto, navegando en este mar sin calma que es mi horario laboral, y me ha encantado.

Para empezar, la música no le puede ir mejor. Y para seguir, mezcla muy bien las imágenes. El vídeo cuenta la primera noche que Sookie va al Fangtasia –bar de vampiros y para colmilleros (aquellos a quienes les encanta mantener relaciones con los vampiros)– y conoce a Eric. Ella va con Bill, su novio vampiro, todo un fiera (y no bromeo), y conoce al displicente Eric. Lo que pasa entre ellos no voy a contarlo aquí, aunque algo se intuye en el vídeo. Los que sois seguidores sabréis distinguir qué imágenes pertenecen a la "realidad" y cuáles al subconsciente. Para los que no lo sois, os aconsejo dejar volar la imaginación.
¿Lo mejor de volver a ver estas imágenes? Descubrir más razones por las que True Blood es una gran serie. Una de ellas es la coña y la calidad con la que trata las imágenes, los ambientes... Entrar al Fangtasia con tu vestidido de niña sureña virgen, del brazo de un vampirazo, y que ese rubio de mil años despierte el deseo más oculto que hay en ti no tiene precio y, si miras bien, y ves cómo está decorado el Fangtasia, no te queda más remedio que quitarte el sombrero y amar a Allan Ball sobre todas las cosas: un póster de Drácula, un cuadro de un vampiro mordiendo a la estatua de la libertad...

Más. Y añado otro vídeo. Éste de la tercera temporada, la peor. El vídeo es éste.



¿Por qué éste y no otro?
La razón principal es porque la canción me vuelve loca, como toda la banda sonora de la serie. Pero además porque se ve estupendamente cómo aquel deseo que se intuía entre Eric y Sookie ¿aun sin ser consumado? hace que el vampirazo sea ¿capaz de sacrificarse por ella? y se tueste al sol cual lagarto. Que por qué pongo interrogaciones. Fácil: no os lo voy a contar todo. Pero me encanta ver a Eric, tan chungo, suspirando por esta niña cursi, que es todo un personajón. También me encanta ver al rey de los vampiros con esa urna transparente donde se ve una guarrería roja: es su amante –un apuesto joven– triturado, licuado y comprimido. Sí, lo mataron y él, enamorado, lo lleva consigo a todas partes.

Más coñas: las pintadas contra los colmilleros en la puerta del Fangtasia. Y sí, la tercera es la peor, pero el momento en que el rey de los vampiros irrumpe en directo en el telediario y le saca la médula espinal a la presentadora es impagable. Por esto y mucho más creo que es una gran serie.

Pero sobre todo, sobre todo, sobre todo, es una gran serie por la habilidad para meter historias –lo del rey gay, el tráfico de sangre de vampiros, la magia negra, el hermano de Sam, los amores de Jason, la secta fanática...– en una serie que parte de un argumento disparatado –los japoneses inventan la sangre sintética y los vampiros no necesitan succionarla de los humanos, por lo que empiezan a "convivir"–. El humor negro, la sensualidad, la atmósfera, la música... Y el placer de volver a verla y ver lo que antes no habías visto –detalles como ese periódico sensacionalista sobre una mesa con un gran titular: "Angelina adopts vampire baby"–. Si a esto le sumamos la banda sonora, lo buenos que están todos, le añadimos un poco de sexo, una pizca de irreverencia e incorrección política, el resultado es que... o llega pronto la cuarta o la que esto firma tendrá que buscar palabras nuevas que sustituyan a la expresión "echar de menos", pero hiperbolizando, exagerando y, por supuesto, viendo de vez algún cacho de mi adorada True Blood.

P.D: La dosis semanal de The Vampire Diares no aplaca mi deseo. Eric sigue siendo más total y sinvergüenza que Damon Salvatore, y ya es mucho decir.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Una de antihéroes (o no tanto)


No es que la opinión de Carlos Boyero sea para mí palabra de Dios, ni mucho menos. Pero con "The Wire" acertó de pleno: "Hay que guardarla con mimo, como las obras completas de Shakespeare y de Stevenson, las mejores películas (casi todas son buenas) de Ford y de Wilder, las canciones de Sinatra, los discos de Coltrane, los recuerdos maravillosos, esas cosas que con un poco de suerte te van a acompañar hasta el último día”.

"The Wire" es una de esas SERIES
que han alcanzado la categoría de obra maestra. De hecho, con "The Wire" sólo puede compararse "Los Soprano" y quizá "Perdidos", por el continente no por el contenido, y, para mí, la inolvidable "The Shield".

"The Wire" es una serie cruda, un trozo de realidad
llevado a la pantalla de casa con gran precisión. Una serie sin ornamentos. Es difícil seguirla, requiere atención, y a veces uno necesita parar –de ahí que el sábado, después de varios meses sin recurrir a ella, decidiera entregarme en cuerpo y alma a la cuarta temporada–. Es una serie con capítulos de una hora que no tienen principio ni final ni nudo ni desenlace. Es vida, historias que van armándose poco a poco. A veces parece que tuviera un ritmo de novela rusa, pero no aburre, es que está hecha con mimo, cocida a fuego lento.

En "The Wire" no hay protagonistas, no hay héroes
. Sólo seres humanos marcados, básicamente, por el color de la piel y el barrio en el que han nacido. Por las circunstancias en las que han crecido. Hay niños que trafican con 12 años, yonkis, madres borrachas adictas al crack cuyo orgullo es que su hijo vaya ascendiendo en la pirámide del tráfico, hay corrupción y trampas políticas, hay escuelas donde los profesores necesitan pistola. Y, sobre todo, no hay héroes.

En "The Wire", lo más parecido a un héroe es Omar Little, un personaje complejo, a la altura quizá de Tony Soprano. Un antihéroe (o no tanto, tiene su corazón y a veces cierto venazo a lo Robin Hood). Un negro solitario y asocial que hace su propia ley. Un homosexual que destila virilidad y chulería (al novio que tiene en esta cuarta temporada le suelta: "¿Cómo vas a andar con lobos por la noche –refiriéndose a sí mismo– si pasas el día con cachorros de mierda?"). Un tipo cruel que jamás haría daño a un inocente. Omar mata sin escrúpulos a camellos y asesinos, venga a su novio, atraca con un escopetón kilométrico y cuida de su abuelita.

Omar es un tipo listo que engaña a los malos más malos y dice frases como ésta: "El dinero no tiene dueño, sólo gente que lo gasta". Dicen de Omar que es el personaje televisivo favorito de Barack Obama. No sé si esto es relevante o no o si Obama ve muchas series como para poder compararlo con grandes como Tony Soprano, Al Sawearengen, Vic Mackey, John Locke... Pero sí que es cierto que es uno de esos personajes que hacen que una serie sea inmensa.

Si empezáis a verla, no perdáis la paciencia
, ya que en la primera temporada Omar tarda en aparecer. Pero aparece, y cómo.
Y deja escenas tan inolvidables como ésta: puro western en las calles del Baltimore más suburbial y peligroso.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Los tudor y un poco de batiburrillo (otra vez)


He leído por ahí que en "Águila Roja", serie que no veo y no pienso ver, han calzado a Rembrandt para que pinte a una noble desnuda. Hasta ahí, todo bien. La cosa se complica porque tengo entendido que la serie se desarrolla en tiempos de Felipe II, que murió en 1598. Si tenemos en cuenta que Rembrandt nació en 1606... hay algo que no cuadra. Ah, también han metido a Luis XIV, el rey francés, que es unos añitos posterior. Pero nada de esto parece importar a los cinco millones y pico de audiencia que tiene.

Como a mí sí me importa, no la veo. Y me entrego de nuevo a los placeres que me proporcionan "Los Tudor". Bienvenida sea esa cuarta temporada. Ahora bien, desde que Tomás Moro, el humanista católico, y Thomas Cromwell, estadista y reformista, no andan por la corte, aquello es un lupanar. El rey, pura lascivia –qué bien lo hace y qué asqueroso puede llegar a resultar–. Las cortesanas, unas frescas. Los cortesanos, unos violadores y asesinos... Se salva el duque de Suffolk, el único que además parece ayudar a mantener el poco equilibrio que le queda al rey –pongo foto de él porque, además, me parece el más guapo. El rey es tan... instintivo, que me da asquete–.
Los dos capítulos que he visto de la cuarta me han atrapado. Es una serie realmente bella, y crea imágenes que parecen de cuento. Navidad, la corte, Londres nevado, amantes, terciopelos, vino y pieles. Un lujo para los hedonistas. Y el contraste de quienes no ven en la nieve más que frío. Ya sabemos de que hablamos y también que los privilegios históricamente siempre han sido para unos pocos que además siempre son los mismos. Con todo, la serie me parece muy bien hecha y estupendamente documentada y fiel. He visto el primer ataque de histeria de Lady María, quien después de casara con Felipe II y pasara a la historia como una mujer cruel, azote de protestantes (la llamaban Bloody Mary), y deduzco que este arranque dará pie y lugar a mostrar su carácter con toda crudeza.

Otro de los logros de la serie, y aunque ya no está, es el personaje de Tomás Moro. No olvidaré jamás las cosas que decía: "No puedo pedirle a nadie que haga lo que yo en conciencia no puedo hacer, ni aún para salvar mi vida". ¿Y Wolsey? "Si hubiera atendido mejor a dios, no me habría abandonado en la hora de mi muerte". Y cito de memoria. Seguro que lo decían mejor y más bonito. Y es que en "Los Tudor" se dicen cosas importantes y muy bien dichas.

Es una gran serie. Así lo pienso, y lo siento. Y hoy tengo el día más de sentir que de pensar. Quizá por eso lleve toda la mañana escuchando a Miguel Poveda. Y quizá por eso despida este post con algo que no tiene nada que ver con él, pero me apetece, aunque eso me cueste perder los 64 seguidores que tengo, pocos pero selectos. Gracias, chicos. Y lo siento. No puedo evitarlo. ¿Poveda y Morante en un vídeo? Pura pasión. Lo calzo.




miércoles, 3 de noviembre de 2010

"The Vampire Diaries". Eliminando prejuicios (otra vez)


No debo preocuparme, aunque hay quien se empeñe en castigarme. "El capítulo 9 de Crónicas Vampíricas me ha encantado. Qué emoción. Qué miedo. A nadie en su sano juicio le gusta más Stefan que Damon". Eso he puesto en mi facebook hoy. Y rápidamente: "Pero cuántos años has cumplido, ¿14?"... "Mis vampiros de Bon Temps son mejores".... "Bla, bla, bla, bla...".

Sí, los vampiros de Bon Temps son mejores. No hay duda. Y no, no he cumplido 14. He cumplido 34. ¿Pero dónde está escrito que a partir de los 30 –¿o quizá de los 15?– una –una, y no uno, por dios– tenga que dejar de divertirse? En ningún sitio. Ergo... a divertirse se ha dicho.

No me cansaré de agradecer a Moltisanti
su consejo: "Insiste con Crónicas Vampíricas" –Gracias, Chrisi–. He insistido y me ha vencido.

Por partes –como Damon se merienda a sus víctimas–.
Mejor dicho, por puntos. Diez exactamente. Para todos aquellos que –como yo– tienen prejuicios a la hora de enfrentarse a esta estupenda serie -uf, menos mal que los vencí–. Bueno, no –qué jodido es esto de escribir del tirón–. No, no voy a dar diez razones para verla porque eso ya lo hizo mejor que nadie Moltisanti en su Carrusel –es el mejor blog de series, desde mi punto de vista–.


Así que no voy a hacer algo que ya está hecho y muy bien hecho.
Intentaré desmontar prejuicios, basándome en los míos propios.
Vamos a ello:

Prejuicio 1 de seriéfilo cultureta-gafapasta (yo no llevo gafas, pero me quedarían bien): "Seguro que es un producto de y para adolescentes".
Sí, para adolescentes y para los que no lo somos. En un primer momento, y en un alarde de honestidad, la serie parece una historia más de instituto americano. Y eso está, sí, pero también hay alcohol, sexo, fiestas un tanto "incorrectas", drogas y sangre. Es decir, aquí no sale Zac Efron cantando mariconadas. Lo del instituto es sólo el decorado ideal para coger un montón de jovencitos llenos de hormonas y ponerlos a funcionar en una historia compleja.
Prejuicio 2 de adicto a "True Blood" (éste es mío): "Seguro que es un plagio de True Blood".
No, no lo es. De hecho no se parece en nada. Sólo en que hay vampiros, y nada tienen que ver con los de Bon Temps. Tampoco la historia, ni la trama principal, ni el tipo de vampiro... Nada.
Prejuicio 3 de adicto a "Crepúsculo" (éste no es mío): "Seguro que es un plagio de Twilight".
No, no lo es. "Crepúsculo" sí es un producto adolescente y puritanillo. "Crepúsculo" es a "The Vampire Diaries" lo que una balada de Glenn Medeiros a un concierto de Metallica.
Prejuicio 4 de quien va de enteraíllo porque ha hecho un curso de guión (vale, éste es mío) y hace sus pinitos: "Seguro que son personajes planos".
No, no lo son. A ver, haberlos... haylos. Se necesitan. Pero Damon emerge con una fuerza sobrehumana, como buen vampiro que es, y se convierte en un personaje imprescindible. Cruel, sarcástico, egoísta, divertido y totalmente inhumano... hasta que deja de serlo (en momentos muy concretos, claro). Y ahí nos derretimos con él. Él es el verdadero protagonista. La razón de ser. "The Vampire Diaries" es Damon. Y es un personaje de los grandes, comparable a los grandes personajes de las grandes series.
Prejuicio 5 de quien está harto de las historias de amor pastelosas y los triángulos chica-chico bueno-chico malo (vuelvo a entonar el mea culpa): "Hasta los mismísimos estoy de historias de amor".
Sí, pero el amor es un tema universal. Siempre, en cualquier historia, aparece. Aquí el triángulo tarda un poquito en verse. De hecho, al principio, ni te lo imaginas, pero cuando ves a Damon sonreír... piensas: "Esta pava no se le resiste". Es hermoso. Ahí tenemos una buena tensión. Otro buen motivo para seguir devorando capítulos.
Prejuicio 6 de quien piensa "me va a aburrir".
No, no aburre. Ingredientes: buenos personajes, una historia bien atada y un misterio que el espectador no conoce y que poco a poco va descubriéndose. Asesinatos y personajes nuevos –y misteriosos– que van entrando y de los que no sabemos nada (normal, si no entraran personajes la serie se agotaría de tantos crímenes como hay).
Prejuicio 7 de fan intransigente del mundo vampírico (1):
"No me creo a los vampiros que beben alcohol, toman café y son repelidos por la verbena".
Bueno, sí, ¿y qué? Un vampiro es ficción pura y dura, no lo olvidemos, por dios, y cada uno se inventa su vampiro como le da la gana. Y es muy divertido verlos beber.
Prejuicio 8 de fan intransigente del mundo vampírico (2):
"Paso de los vampiros a los que les da el sol".
Ya, a Edward Cullen le da y se pone a refulgir. A éstos sólo puede darles si llevan su anillo mágico que aún hoy, en el capítulo 11 de la primera temporada, que es por donde voy, sigue siendo un misterio. A Stefan y Damon puede darles el sol por el anillo. El resto de vampiros no lo tienen. No puede darles. Así son estas historias. Hay que comulgar con ruedas de molino.
Prejuicio 9 de machote acomplejado:
"Paso ya de historias protagonizadas por adolescentes cañón que vuelven locas a las chicas".
Ya, hijo, no me agotes con tus rollos de macho ibérico venido a menos. Si fuera por eso las mujeres no pisaríamos un cine: el 98% de los papeles femeninos los ocupan tías con unos físicos de escándalo. Así que, libérate. Un tío bueno-tía buena llena las salas sólo por su cara bonita. Además, ¿quién quiere ver al feo de los hermanos Calatrava?
Prejuicio 10 de adulto coñazo: "No me interesan las historias de vampiros". Ok, no insistiré entonces, pero igual sí te gustan las historias inteligentes, con una base de amor, una pizca de ironía, tres cucharadas soperas de malote irresistible, cuarto y mitad de humor negro, dos gotas de seductoras miradas, un vaso de misterio sin resolver con traje de época incluido y 200 ml de amor-odio fraternal y eterno.
Así que, como diría Loquillo, dale, "muñeca, una oportunidad"... a los chicos de Mystic Falls.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Damon Salvatore, lo mejor de "Crónicas Vampíricas"


Vale, me rindo. "Crónicas vampíricas" me ha ganado. Y es que a medida que voy avanzando me gusta más. Ay, lo que hace un buen guionista... En resumen, al principio todo parece que no va a pasar de ser una historia de amor adolescente con vampirito amargado. Pero no, la serie está llena de ironía, entre otras virtudes (ojo, hablaré un poco de la serie, hasta el capítulo seis de la primera, puede haber spóilers).

Está bien contada, juega bien con el tiempo, los recuerdos y los sueños. Recrea bien los ambientes y va incorporando personajes que aportan gracia y enriquecen la historia (de hecho, en el sexto capítulo de la primera temporada empieza a formarse una especie de liga antivampiros al más puro estilo de la secta ultra de mi adorada "True Blood").

Pero al tema. Lo mejor de esta serie para mí es el "vampiro malo". Si, otra vez. Y éste es malo, malo (mi Eric es mucho mejor), pero es un personaje muy divertido, lleno de sarcasmo. Un personaje que en medio de la tragedia, que la hay, hace reír, y mucho.

Sirvan para ilustrar lo que cuento un par de ejemplos. El tío es un guaperas (el de la derecha en la foto, Ian Somerhalder, Boone en "Perdidos") y lo sabe y, como no envejece, presume de ello, haciendo chistes del tipo "ninguna chica se resiste a mi encanto, además, conozco algún tema de Miley Cyrus". Y tiene gracia, joer, que un vampiro haga chistecitos con Hannah Montana tiene coña. Y es un vampiro cruel, que mata sin piedad, así que, en uno de los capítulos que he visto hoy, se pega un festín en un cementerio y mata a tres personas. Después llama a su hermanito y éste le pregunta que dónde está: "En el Hilton", responde él. Ah, y cuando Vicky, totalmente colocada, le lloriquea y él le suelta: "Vaya sí, tu vida es patética". Todo esto salpicado de gestitos de indiferencia y frialdad, pero lo mejor que he visto hasta ahora de Damon Salvatore, y llevo seis capítulos de serie, es el bailecito que se ha marcado a ritmo de los Depeche y "escamisao". Pa escojonarse.

Y bien, el patrón se repite (todo está inventado): vampiro bueno y enamorado-vampiro malo que luego no es tal (ya se va descubriendo el lado humano de Damon -cuando va a ver a Helena, mientras ésta duerme, cuando ve la foto de Katherine...-, como descubrimos el de Eric), pero para no aburrir hay que darle matices. Y Damon los tiene, y son muy divertidos. Lo mejor de "Crónicas Vampíricas", sin duda. Uno de esos personajes que, sin ser la serie de las mejores, le dan un gran valor (pasa lo mismo en la segunda de "Prison Break", cuando aparece Alex Mahone).

Os seguiré contando. Mucho se tiene que torcer la cosa para que yo no devore esta serie, como he devorado "Treme", la cual he terminado hoy y a la que dedicaré un post en breve, ya que ahora no viene a cuento extenderse con ella. Pero antes inserto este vídeo de la escena final de la serie. Quizá os anime a verla (me temo que por aquí ha pasado sin mucha pena y menos gloria). No oe preocupéis por posibles spóilers, no se ve nada determinante, pero se intuye lo que subyace por debajo de esa música: un montón de sensaciones y afectos que descubriréis si veis esta estupenda serie de la HBO.

jueves, 14 de octubre de 2010

De neurosis y otros líos mentales


No me fío de la gente que no hace las cosas con intensidad. Odio que esté de moda ser un soso, no apasionarse. El otro día, leyendo en el suplemento de El País algunos fragmentos de los escritos de Marilyn –qué pedazo de mujer, qué tristeza la suya– que van a publicar ahora, se decía esto: "La imagen que Marilyn ha dejado de sí misma esconde un alma que pocos sospechaban. De gran belleza, es un alma que la psicología barata calificaría de neurótica, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado". Y no puedo estar más de acuerdo.
No, no os asustéis, no voy a compararme con Marilyn. La salud de mi ego está bien, pero no tanto. Pero si voy a recoger esa afirmación y me la voy a llevar a mis terrenos.

Antes, no hace mucho, me avergonzaba cuando alguien me llamaba obsesiva cuando expresaba mi admiración y amor (sí, le voy a llamar amor. Ya no tengo pudores, y menos ahora que me asomo sin remedio a los 34) por Morante de la Puebla, al que adoro. Sí, ¿y? ¿Dónde está el problema? Sólo su madre es más morantista que yo. ¿Qué pasa? Y nadie sabe el nudo que tengo en el estómago cada vez que voy a verlo torear, aunque luego no haga na, que algo hace siempre –da gloria verlo andar–. No, no estoy obsesionada con Morante. Duermo, vivo, como, sueño, ando y me relaciono con normalidad. Pero Morante me gusta mucho.
Antes, no hace mucho, me jodía que me llamaran loca o friki por ir el mismo día del estreno –o incluso al preestreno– de las pelis de "El señor de los anillos". Por pagar reventa para ver a Springsteen. Por estar seis horas sentada en el suelo esperando ver actuar a Héroes del Silencio en un viaje de ida y vuelta a Valencia cuando la semana anterior los había visto en Sevilla. No, no estoy loca ni soy una friki (o sí, me da igual). Respiro, río y camino con normalidad. Pero "El señor de los anillos", Springsteen y los Héroes del Silencio me gustan mucho.
Antes, no hace tanto, me preocupaba que me llamaran histérica si contaba que me encanta encerrarme sola en casa, cuatro horas, a ver "Lo que el viento se llevó" y llorar a gusto. Y llorar mucho, muchísimo. No, no pasa nada. Voy al cine –mucho–, leo, cocino y paso la aspiradora con normalidad. Pero "Lo que el viento se llevó" es mi película favorita. Y, claro está, me gusta mucho.
Antes, hace sólo unos meses, podía enfadarme que alguien me dijera "adolescente" porque voy a disfrazarme de vampiresa con mi sobrina, mi hermana y mi cuñada para celebrar mi cumple, que coincide con el fin de semana del 1 de noviembre, fecha que me encanta (como todo lo que me gusta).
Me molestaba, incluso, cuando decían "¿es que no tienes nada mejor que hacer?" cuando contaba que había estado siete horas seguidas viendo "True Blood" o "Los Soprano" o "The Shield". No, no tengo nada mejor que hacer porque en ese momento es lo que quiero hacer. No, no soy una adolescente porque ya he vivido el doble que un adolescente, pero me gustaría morirme a los 90 con la misma ilusión que tenía a los 17 o incluso con la mitad de la que tengo hoy. Pero os juro que pelearé por tener, al menos, el doble. Me encantan los vampiros, me vuelve loca "True Blood" y "The Shield" y "Los Soprano". Adoro las series. Estoy currando, se me va la cabeza, y pienso en series. Voy conduciendo y se me ocurren series. Sueño con hacer series. Y creo que la primera va en camino. Pero, a pesar de todo, trabajo, cumplo, me aburro, cobro y pago hipoteca con normalidad. Pero los vampiros y las series me gustan mucho. Y me gustan mucho.
Antes, hace sólo unos días, me provocaba alguna inquietud que me dijeran que busco imposibles, que se me va la olla, que soy una soñadora, que por qué no me echo un novio "normal". Que deje de tontear con lo que no puedo tener. Que me fijara en tal o en cual, que anda coladito, y es tan majo, tan formal... Mataría y moriría por los que amo, que son pocos pero bien elegidos, pero no puedo amar lo que, a priori, no me gusta. Y si no me gusta, no quiero conocerlo más. Lo siento. Pero es que, si alguien me gusta, me gusta mucho (ya lo decía Calamaro: prefiero solamente un beso tuyo, antes que el amor de mil...). Y si me gusta mucho, lo quiero mucho. Porque querer y, sobre todo, sentir... ¡vale la pena!
Y la psicología barata califica de neurosis mi dolencia, tomo nota del diagnóstico y hago una hoguera con las recetas. Si curar mi neurosis significa dejar de sentir (y mucho) prefiero vivir enferma. Y morir sintiendo.
P.D.: Como no sé qué foto poner, pongo una de un personaje que... me gusta mucho.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Héroes en serie 1. Michael Scofield


Ya apunté hace unas entradas que una de mis intenciones en este blog, consistente en idas mentales varias, era hacer una serie en la que describiera y/o hablara y/o halagara a los héroes de mis series favoritas. Pues llegada es la hora. Sería larguísimo explicar de nuevo por qué creo que necesitamos héroes. Superhéroes de niños y héroes de mayores: futbolistas, toreros, protagonistas de series... Valor, superación, honor... principios que todos queremos y rara vez alcanzamos. Pero eso es otra cosa.

Para empezar, Michael Scofield. Por proximidad, más que nada. Y es que ayer terminé la tercera temporada de "Prison Break". Y, en contra de las previsiones, me ha encantado. Cuando digo previsiones me refiero a un montón de voces (casi todas autorizadas para mí, con criterio y conocedoras de la buena ficción) que decían que era una mierda. Que, acabada la segunda temporada, la serie no tiene sentido.

Por partes (todo son spóilers hasta el final de la tercera). En la primera temporada, Michael hace que lo encierren en Fox River para ayudar a escapar a su hermano, injustamente condenado a muerte. En la segunda, se pasan la temporada huyendo. Y en la tercera, Michael está en una prisión panameña, donde tiene que ayudar a escapar a un pavo si quiere salvar la vida de su sobrino. Así contado, la serie puede ser una gilipollez. Pero no lo es. Y está muy bien hecha y muy bien pensada. Cuando en la tercera temporada, Michael vuelve a estar preso, sus seguidores (muchos) dijeron que eso ya no tenía sentido. ¿Otra vez escaparse de una cárcel? Es totalmente absurdo. Vale.

Y también es absurdo que los Sons of Anarchy los persiga el FBI, los Mayans, los nazis, la policía local... y nunca les pase nada. También es increíble que el Strike Team de "The Shield" se pase seis temporadas viviendo al límite y salvándose por los pelos. También es increíble que en Bon Temps vivan vampiros, hombres-lobo, cambiantes, hadas y brujas. Todo a la vez. También lo es que haya tantos supervivientes en un accidente de avión y que en la isla haya un oso polar y un búnker supermisterioso y todas las cosas que pasan en "Perdidos". Vengo a decir con esto que, si uno ve una ficción y le gusta, a veces, hay que obviar algunas cuestiones de lógica. Además, la razón de ser del personaje de Michael es ésa: es más listo que los demás, tiene más trucos que McGyver y nada se le resiste.
Esto para defender la serie.

Ahora, vamos a defenderlo a él. Independientemente de las limitaciones del actor (el tal Wentworth Miller no parece que tenga muchos registros), Michael es todo un personaje. No es excesivamente complejo, pero está lleno de recursos y sorpresas y, sobre todo, es un buen tío. Es valiente, honesto y honrado. Es capaz de sacrificarlo todo por su gente y, cuando sonríe (que es poco)... el mundo entero me da igual (el Robe dixit, más o menos). Porque está como un queso. Es bello hasta la extenuación.

Michael es guapo entre los guapos, valiente como ninguno, listo como él solo, ágil como una gacela, honesto, honrado, cariñoso, dulce, tierno, romántico, fraternal... Es decir, un bombón, además de un héroe. Un héroe de los clásicos. Sin fisuras. Tan pocas fisuras, que una desea a veces que sea un poquito más malo. Y es ahí donde nos dejan para dar pie a la cuarta temporada, es decir, cuando Michael parece que se lía la manta a la cabeza y va a darle dos tiros a la persona que mató Sara. Muerta su amada, Michael coge un coche, la pistola y el último recuerdo de la dulce y bella Sara para ir a vengar su muerte. ¿Podrá? El hecho de dejar a Lechero, T-Bag y Bellick salir antes del agujero para que los pillaran fue una guarradilla de buen gusto y propia de un tipo listo como él, y eso puede hacernos pensar que es capaz. Ya veremos, porque pienso ver la cuarta, a pesar de los pesares.
Y ahora viene mi queja. Cortaría la serie en la tercera temporada, habiendo dejado viva a Sara. Y todos tan felices.

Sobre todo porque creo que Michael, en la cuarta, va a morir. Lo estoy temiendo. Y si eso ocurre, no podré perdonárselo a los guionistas, a los que tendré que escribir una carta, o al menos un post, hablándoles de la justicia poética.

P.D.: Incluyo foto de Michael con Sara porque así quería yo que acabara la serie. Modificaría el final de la tercera: todos libres y Sara con él. Ya está. Happy end, que ya han sufrido todos muchísimo.

jueves, 30 de septiembre de 2010

Batiburrillo temático


No voy a decir que el tiempo pasa, que es una obviedad, además de un lugar común. Tempus fugit (Virgilio dixit); y si lo dice Virgilio y las marcas relojeras lo estampan... no voy a decir yo lo contrario, pero tampoco lo mismo. Si atendemos a las concepciones científicas del último siglo, debemos tener en cuenta que hay teorías físicas que consideran que el tiempo lineal no existe. Pero remontándonos aún más en los siglos, podemos también considerar que "el tiempo no existe sin el cambio", según el mismísimo Aristóteles. Sea como fuere, llevo ya diez días sin una mala entrada que echarle a la boca a este pobre blog. Así que, de entre todas las teorías (no me sé casi ninguna) y leyes, voy a volver a los clásicos, como siempre, y me quedo con el maestro de la poética y su idea de que el tiempo no existe sin el cambio, por lo que el tiempo no pasa por mi blog. Je, je. Esto es lo que se llama manipular para llegar donde quiero ir.

Al tema. No escribo por falta de tiempo y exceso de pereza porque, en realidad, tengo muchos temas en el tintero. Enumero algunos, me enredo en un par de ellos y los próximos los raciono. Creo que con esto me llega pa un par de meses. Asuntos pendientes:

Series. La tercera de "Mad Men". Maravillosa. Para ésa me reservo un post entero. Y para mi Don Drapper, otro, claro. Estoy viendo la tercera de "Prison Break", y tengo mucho que decir al respecto, y no todo bueno. Aunque sigo queriendo a Michael –no hay que olvidar que está en condiciones infrahumanas en una prisión panameña por salvar a su hermano (los vínculos más fuertes nacen de la consanguinidad, los demás son rompibles y reemplazables, no hay más que ver que una puede divorciarse 25 veces y amar a tus 26 maridos por igual, pero no puedes elegir entre tus hermanos, ni querer a uno más que al otro, ni cambiarlos, ni serles desleal, ni olvidarlos ni dejar de amarlos jamás; y si lo haces... pobre de tu conciencia, si para entonces te queda)–. También quiero hablar de "Treme" y su bajonazo. De la tercera de "Sons of Anarchy" y de mi Jax Teller... Y ya van no sé cuántos post. Y recuperar a Cicely, ahora que llegan los días cortos, las noches largas, el sol de otoño.

Cine. Tengo pendiente de comentar tres pelis que me han fascinado: "El escritor", "La vida privada de Pippa Lee" y "Philip Morris, ¡te quiero!". Una que ni mucho ni poco ni todo lo contrario: "Madres e hijas". Y otra horrorosa: "Todo lo que tú quieras", mala entre las malas, española como ella sola en el sentido más amplio con el que esa palabra puede calificar a un tipo de cine que pretende ser intimista y no pasa de coñazo y lacrimógeno. Absurda. Lo único que me gustó fue recordar que Juan Diego Botto tiene mis respetos como actor y que la banda sonora es de Leiva (Pereza), y no está mal. Aunque no nos engañemos, la banda sonora es decentita, no espectacular: no es la de "La guerra de las galaxias", ni la de "Memorias de África" o "Lo que el viento se llevó" o "El señor de los Anillos" o la de la primera peli de "Piratas del Caribe", que es absolutamente espectacular, muy por encima de la peli.

Relatos. Algún email reclama alguno. Ya lo pondré, como entrada gansona de fin de semana hiperfestivo y resacoso.

Héroes. Tengo en mente hacer un repaso a todos los de las series, de uno en uno. A uno por post. Empezando por el bueno de Michael. O quizá por mi querido Lem de "The Shield". O Jack, de "Perdidos", imposible de olvidar. Todo llegará.

Vampiros. No se me van de la cabeza. Cada vez me gusta más la banda sonora de "Crepúsculo" (aunque no deje de reconocer que esta saga es una chorrada adolescente, pero tiene mi admiración como producto con todas las claves del éxito). Y cada día que pasa me gusta más "True Blood". La echo de menos y adoro su banda sonora, lástima que estuviera tan cara el otro día en Media Mark, luego dicen que descargamos... Hay que joerse. Y luego, no deja de sorprenderme (gratamente) que haya un montón (bueno, mucha, no hay que exagerar, nunca tuve un montón de lectores) de gente que entra desde distintos puntos de Hispanoamérica (también de España, pero más del otro lado del charco) para leer una entrada escrita el 26 de noviembre. Ésta. Y eso me encanta. Pero no entiendo por qué ahora y por qué ésta. Misterios sin resolver. Quizá sea por el vídeo de Eric que hay en ella, que es espectacular (aunque mi favorito sigue siendo éste). Y para no enredarme más, me despido con otro de mi vampirillo (ay, cómo lo echo de menos, y hasta junio no hay cuarta temporada). Es el "minisode" promocional de la tecera. Una sinvergüencería cargada de sentido del humor con un gigantesco Eric ataviado con un chándal de Adidas. Jamás prenda tan vulgar sentó tan bien a nadie (Iker, perdóname).

jueves, 16 de septiembre de 2010

Fin de la tercera de "True Blood". Principio de la tristeza


No es la lluvia, preludio de un otoño gris e impío, ni siquiera el amenazante peso de la rutina. Tampoco la ausencia de amor ni el olvido de los besos. No es la austeridad de mi cuenta bancaria, ni los kilos que hayan podido regalarme los últimos excesos gastronómicos. Tampoco que Hacienda aún no me haya devuelto mi dinero. Ni esta indecisión que me abruma, ni los severos juicios a los que yo misma me someto. No es la necesidad de aprobación por parte de los demás, el superyó que me angustia... No, nada de eso. La tristeza hoy viene dada por algo aún más dramático para una seriéfila adicta al V: se ha acabado la tercera de "True Blood". ¡Socorroooooooooooooo!
Que cómo se me ha quedado el cuerpo: hecho trizas. ¿Y la mente? Destrozada. ¿Y el corazón? Resquebrajado. Y esto que afirmo no es hipérbole (recurso que adoro, como ya saben mis pocos, pero fieles, seguidores), sino realidad. Dramática, pero realidad al fin y al cabo.
Y qué nos ha regalado "True Blood" en el último capítulo de su tercera temporada: belleza (dios, qué imágenes finales en casa de Bill, con él y la reina), mucha plasticidad (qué me decís de Bill y la reina levitando), unos planos hermosisímos (la reina en el espejo es genial), un juego de luces y sombras sensacional (la escena de Sookie en la tumba de su abuela es perfecta), una música que te traslada al más profundo sur estadounidense (no os perdáis la que acompaña a Sam cuando va por el Merlotte buscando a su hermano) y un montón de historias patas arriba.
No voy a revisar aquí todo el capítulo, porque los seguidores de la serie ya lo habrán visto y a los que no les guste ni siquiera leerán la entrada, pero sí he de decir que no voy a tener miramiento con los spóilers.
Aunque esta tercera temporada ha flojeado con respecto a las otras dos, sobre todo a la primera, que es abrumadoramente buena, este capítulo (y el ocho, que me hizo enloquecer) me ha gustado muchísimo. Impresionante la aparición de Alcide, que deja abierta una vía para... ¿una futura relación con Sookie ahora que ha mandado a los dos vampiros a la mierda? Maravillosa Pam: ironía, frialdad y belleza. Bien por Tara que parece que se pira (me encantaría, me cae fatal). Jason, Belleflour y compañía siguen haciendo lo mismo: son planitos, pero hacen falta. Genial Hoyt y Jessica y su nidito de amor. Inquietante esa muñeca en el suelo. Irrisoria la escenita de la mamá de Hoyt y la tonta de la ex. Sensacional la cara de zorra sin piedad que pone la inocente Sookie al tirar por el desagüe los restos del marido del chamuscado rey. Pesadísimo Lafayette y sus alucinaciones. Astragantes Arlene y su histeria y su novio y su locura. Magnífico Sam y sus ataques de ira. Sugerente paseo de Sam (la cámara lo va cogiendo de espaldas) por el Merlotte con muy mala leche y camisa de cuadros. Sensualísima la reina en su papel de gélida viuda alegre. Polémico Bill. Descubierto Bill. Manipulador Bill. Ahora bien, entendemos sus razones y no lo odiamos, ¿a que no? Ay, Bill, Bill, Bill, ya sabíamos que no eras tan buenecito. Y ahora, aun a riesgo de parecerme a José Luis Moreno, digo que: irónico, valentísimo, complejo, cabroncete, canalla encantador, vengativo, hermoso cual querubín, bello, la sal de este guiso, la guinda del pastel, el pellizco de esta serie, el príncipe de los vampiros... y todo lo que diga es poco para calificar al irrepetible ERIC.
Qué decir del vampiro vikingo. Pues sólo que es el personaje, junto a Hoyt y Jessica, que mejor termina la temporada: por fin alcanza su venganza y además consigue separar a Bill y Sookie. Y se da unos paseos en chándal que son todo un regalo para la vista.
Ahora qué nos queda: el recuerdo y esperar la cuarta temporada.
Ah, y empezar a ver la tercera de "Sons of Anarchy", sólo Jax puede aliviar en parte el pesar por la ausencia de Eric.

jueves, 26 de agosto de 2010

Una de besos


"Culpo a Iker Casillas de mis altas expectativas en cuanto a besos inesperados". Ése era el grupo de facebook, y tardé en darle al "unirme" cero coma nanosegundos. Y es que ese chico le ha hecho mucho bien a nuestra vida afectiva y sexual, así, en general, además de a la selección española, a su sagrado equipo y al fútbol en general. Aplastados por este ataque insoportable de corrección, habíamos sucumbido a la tentación del qué dirán y nos habíamos guardado los besos, si los había, para el ámbito privado, que no está mal, y es ahí donde deben expandirse. Pero no me digáis que no tiene gracia un beso así, de sopetón. Pues fue darlo Iker Casillas a la envidiada y hermosísima Sara Carbonero y empezar a extenderse esta epidemia como la peste. Y todos tan contentos. "Total, si lo hace un campeón del mundo, por qué no voy a hacerlo yo", dicen ellos, tan hombretones, abrazados a su cerveza. Desde entonces hasta ahora, no voy a decir que mi cuenta de besos haya crecido desorbitadamente, pero sí que me he llevado alguno así, casi sin venir a cuento, para mayor sorpresa de mi asustadizo corazón y para mayor regocijo de los espectadores del momento.
Tampoco es cuestión de ponerse a explicarlos, pero el que más gracia me ha hecho de todos fue uno que nació de una conversación pedante a las seis de la mañana. Yo trataba de convencer a un amigo de mis aptitudes como profesora de latín. "Si quieres aprender latín, dímelo". Y juro que el sentido era literal y único, jamás figurado o doble. Seguí con mi charla -a los dos nos gusta Roma, los romanos y nos pone mucho el rollo de Julio César- y le expliqué en dos minutos, mientras un montón de gente a nuestro alrededor bailaba salsa en el único garito que quedaba abierto, los participios presentes y pasivos usando el verbo modelo amo, amas, amare, amaui, amatum.
No había llegado al acusativo plural de amatus, amata, amatum cuando mi improvisado alumno me lanzó un semimordisco al cuello.
"Te has pasado -dije airada-. Si fuera tu profesora de latín te suspendería".
"Si fueras mi profesora de latín, el latín dejaría de ser una lengua muerta", espetó él, todo vulgar.
No hay manera. Así jamás aprenderás a declinar, chaval.
Cambiemos de tercio y vayamos a los besos de otros, que también están dando que hablar. Uno de los mejores besos del verano (el de Iker y Sara no cuenta, ése será el mejor del año, de la década y quizá del siglo, quién sabe) ha sido el de Sookie y Eric. ¡Por fin! Ha habido que esperar hasta el capítulo diez de la tercera temporada... Pero, ¿era inesperado? Sí, Sookie acababa de reconciliarse con Bill... pero la pobre, aunque lo disimule, llevaba dos temporadas esperando este momentazo.
Primero en el minuto 34, ella, de nuevo, sueña con él. Me encanta. Ella dice algo así como "sé que esto es un sueño" y él dice "deberías disfrutarlo entonces". Qué bueno es el jodido vikingo. Pero luego viene la realidad, y es, para mí, uno de los momentazos de la serie: "Hay fuerzas más allá de mi control. Si llegase a morir sin ni siquiera haberte besado, Sookie Stackhouse, sería algo de lo que me arrepentiría", dice él con una mirada que quita el hipo. "¿Por qué esto suena como si estuvieses despidiéndote de mí?", pregunta, ingenua Sookie. "Porque lo estoy haciendo". Y hala, ancha es Castilla para Sookie y Eric. Pobre Bill, no sé cómo llevarán los cuernos los vampiros. Ya veremos en breve. Faltan cuatro días para el siguiente capítulo.
Que por qué este ataque de ternura, de repente, en el blog. Yo qué sé. No hay que buscar explicación a todo. Si lo hiciésemos, la mayoría de los besos no tendrían sentido. Y no podemos permitirnos ese lujo.

domingo, 22 de agosto de 2010

Salvada por los Hijos de la Anarquía


Atravesando un bajonazo infame, que espero pase pronto, me encuentro de repente haciendo algo que hacía tiempo quería hacer, pero no había llegado el momento. Ahora sí: ver "Sons of Anarchy". Acabo de empezar. Un piloto alucinante. Ni que esta serie estuviera hecha a mi medida. Además, saber que alguien muy querido para mí la veía, me ha animado aún más. Y ha llegado justo a tiempo. ¡Gracias!
Seguro que ya casi todos la habéis visto y me vais ganando, por lo que no os importará que hable sin tapujos de la trama y esas cosas. Además, como sólo he visto un capítulo, si alguno de vosotros no habéis empezado, tampoco os destriparé mucho contenido por una cuestión objetiva.
La cosa se sitúa en Charming, un pueblo ficticio de California, el club de moteros "Sons of Anarchy" controla cualquier iniciativa ilegal que allí suceda, es decir, son una especie de mafia, al estilo de "Los Soprano". Su actividad primera es el tráfico de armas. Sus enemigos, las fuerzas de la ley y los Mayas, moteros mejicanos, y un grupo de nazis llamados Nords. Los Sons of Anarchy son, objetivamente, unos sinvergüenzas, pero ellos se consideran una especie de salvadores de no se sabe muy bien qué.
En el momento en que uno empieza a ver la serie, le recuerda, inevitablemente, a "The Shield", grande entre las grandes, por su dinamismo, crudeza y rapidez. Y, claro, es que resulta que esta serie es una producción de Kurt Sutter, guionista de "The Shield".
En la trama de personajes, ya en el primer capítulo se plantea un abanico interesantísimo. El prota es Jax (Charlie Hunnam), vicepresidente del club e hijo de uno de los fundadores, ya fallecido. El presidente, Clay (Ron Pearlman, es ahora la pareja de Gemma (Katey Segal), la viuda y madre de Jax. Éstos son los principales. También aparece la ex mujer embarazada de Jax (Andrea Donna de Matteo, Adriana en "Los Soprano"), yonki para más señas, una ex que es enfermera y muy mona y los demás moteros.
Además de todos los negocios que mueven, las peleas y demás, supongo que el mayor interés de la serie recae en los tres personajes principales. Al padrastro se le intuye un hijoputa, a la madre una cabrona y al hijo, que además está como un queso, un corazón de oro. El chaval empieza sufriendo: su ex mujer, yonki (¿hijo, cómo se te ocurre?), está a punto de perder al bebé que esperan, por si eso fuera poco, encuentra un manuscrito de su padre en el que reflexiona sobre el club y parece que aquél, como fundador, tenía una idea muy distinta a lo que ahora es; y encima el chaval, aunque es un tipo duro (pedazo de hostias le calza al pavo que le vende los picos a su ex embarazada), se muestra reacio a cometer ciertos actos violentos e incluso sugiere ir aligerando el nivel de delincuencia de la banda. Esto, en un capítulo. Que la madre es una cabrona es una cosa que supongo. Es más, le auguro al rollito de la madre y su actual novio cierto carácter shakespereano (¿recordáis Hamlet?). No digo más, pero viendo el gestito que tiene con la yonki la veo capaz de cualquier cosa.
Bueno, que me lío.
Lo mejor: violencia sin miramientos, mucha crudeza, lealtades, traiciones, r'n'r, motos y mucho cuero. Pero, sin duda, lo mejor es el prota. Es de libro, sí, pero mola mazo: malote con corazón de oro, un irlandés de chupa de cuero y muy viril, todo un rubiazo de perilla y tatuaje. Él pasea con su moto y las chavalas suspiran. Y no es pa menos.
Ya veremos qué pasa, Jax, me temo que me vas a dar una buena temporada. Me voy a ver el segundo.

lunes, 9 de agosto de 2010

Tres puntos de la tercera


Van ya un buen puñado de capítulos de la tercera de "True Blood" y mi felicidad empieza a crecer. Eso sí, esperaba que fuera aún mayor. Así que, en cierta medida, estoy algo decepcionada. Creo que la serie ha perdido algo de fuelle. Nada que ver con la brutal primera temporada, que es absolutamente genial: lo más divertido y canalla que uno puede echarse a la cara. La segunda fue estupenda, aunque la sobreexplotación de la trama "ménade" acabó saturando a los seguidores más ávidos de vampirismo. En esta tercera temporada, la sobreexplotación va por el lado de los seres sobrenaturales, y tanto es así, que aquí, salvo Arlene, la camarera pelirroja, no hay ni dios normal. Bueno, el pobre Jason, que sigue igual de tonto y continúa siendo uno de los contrapuntos divertidos al tono dramático que a veces tiñe la serie -sangre, crímenes, dolor-. Pero, con todo y con eso, "True Blood" me sigue pareciendo un gran hallazgo. A pesar de incurrir a veces, como apunta bien siempre Moltisanti, para mí, el que más sabe de series en la piel de toro, en un bizarrismo brutal, tiene unos chispazos de lo más inteligente.
Vampirismo aparte, sexo aparte, estética aparte y todos los apartes que uno quiera hacer, hay dos cosas de esta temporada que me están volviendo loca. Bueno, tres.
La primera, algunas frases sueltas que te dejan un no sé qué en el cuerpo. Destaquemos dos o tres. Una, la que el propio Moltisanti destaca en su último "Se lo que dijisteis...", y que es ésta: "Ese pequeño loco pretencioso de Adolf tenía razón en una cosa. Hay una raza dominante, sólo que no es la raza humana". ¿Es buena o no? Pues sí, mucho. Te quedas tiritando. Otra, Eric anda coqueteando con un vampiro, el marido del rey de Mississippi, exactamente, viendo unos grabados japoneses sobre sexo vampírico del siglo XVI. Hablan de sexo y suelta: "Vamos, Eric, tú y yo sabemos que no hay nada nuevo, sólo alguien nuevo". Revelador. No diré nada al respecto. Otra, que es escandalosamente emocionante, es cuando Eric, al ver llorar a Sookie, le suelta eso de "me haces sentir inconfortablemente humano". Dios. ¡Ese vampirazo rubio, tan duro, diciendo eso!
Y así, podríamos seguir hasta el infinito. Porque cada capítulo deja tres, cuatro perlas de este estilo.
El segundo punto que me está volviendo loca esta temporada es la banda sonora. Por dios, no quitéis la música de los créditos finales y afinad el oído en algunas escenas, como en el Merlotte. Y pillaréis maravillas como ésta, que es una verdadera pasada.
La tercera cosa que quita el hipo de la tercera de "True Blood" tiene nombre propio. Y no necesita presentación, claro. Y aunque este vídeo ya lo he puesto en alguna ocasión, repito ahora: no encuentro mejor forma de empezar la jornada laboral en este aciago lunes de agosto. Gracias, Alan Ball. Nunca te estaré lo suficientemente agradecida por haber creado este monstruo tan absolutamente delicioso.

martes, 27 de julio de 2010

De vuelta... y "Los Tudor"


Dejados ya a un lado los paraísos exóticos, estoy de vuelta a las rutinas: las malas (madrugar, por ejemplo) y las buenas (las series).
Fue mi estimado y fidelísimo Igor el que me recomendó ver "Los Tudor". Bien, pues te hice caso y, tanto me gustó, que me he tomado la primera temporada de aperitivo. Como supongo que habrá gente que la esté siguiendo por TVE (y gente que ya la haya visto entera), intentaré huir de los spóilers y hablar sólo de aspectos generales de la serie, que me encanta.
Razones por las que me gusta:
1. Los personajes. Fundamental en toda buena serie. Y en esta serie tiene mayor mérito que en otras, si cabe, porque, al tratarse de personajes históricos, se corre más riesgo de tener ya unos personajes dibujados. Pero no es el caso. Aquí los personajes oscilan, muestran complejidad y entendemos perfectamente sus movimientos según sus circunstancias y sus pasiones.
2. El guión. Básico. Increíble. Capaz de revolverte. Una a veces se queda clavada en el sofá con ganas de darle una torta a Ana Bolena. Niñata, cretina. Y, por supuesto, la maestría con la que se muestran las tripas de la corte y las discrepancias políticas, el confuso ambiente religioso... Los juegos de intereses. En fin, todo.
3. Las pasiones. Hay que ver. Tantos siglos de evolución para que el destino de un país esté –y perdonen ustedes la grosería– en un polvo. Ni más ni menos. Pero así es: Enrique VIII tiene al Papa en contra y al grandísimo emperador Carlos V (la primera mujer de Enrique era Catalina de Aragón, tía del emperador) y le da igual. Sólo piensa en el escote de Ana Bolena. Así es. Así somos.
4. La ambientación: los trajes, el maquillaje, las joyas, los palacios, la pompa...
5. Los temas: ambición, mentira, poder, hipocresía, corrupción...
Y con estos cinco, por hoy, me basta. Seguiré con esta serie y con otras, con este tema y otros, en breve.
Hoy, de momento, os dejo.