El blog de Luisa Tomás

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martes, 24 de enero de 2012

72 minutos de silencio... Y reflexión sobre la belleza

Porque a tu lado me quedé dormida. Porque alegraste las noches en las que estaba triste, porque me diste tu tiempo y tu sonrisa, y tu llanto, y tu alegría. Porque me quitaste el sueño y llenaste las tardes de lluvia. Por las mil aventuras que vivimos juntos, porque me acompañaste y me enseñaste. Por las noches de sábado, esas en las que, después de las risas y las copas, tú y yo, solos, nos entregábamos a reconfortantes placeres. Por las mañanas de domingo que pasé contigo y tu inconfundible aroma a café y hogar.

Por eso y por mucho más, te echo de menos MEGAUPLOAD.

Por eso y por los mordiscos de vampiro, y los aullidos de los hombres lobo, y los crímenes sin resolver, los dramas carcelarios y las historias de mafiosos, y de moteros, y de músicos de Nueva Orleans. Te echo de menos y mi alma y mi imaginación, mi ocio y mi casa están de luto.

La vida sin series es peor vida. La vida de un seriéfilo es magnífica si no te falta tu dosis diaria, pero, si tenemos en cuenta que, desde el jueves a hoy, sólo me he metido en vena un miserable capítulo de "Crónicas Vampíricas" que me costó horas conseguir... mi mono empieza a convertirse en gorila. De aquí a atracar el Media Mark o la Fnac hay un paso.

Y no, lo de la piratería no me parece bien. Y ese gordo cabrón que montó MEGAUPLOAD y nos timó a todos –hasta los mismísimos de que me echara a los 72 minutos, me convertí en cliente PREMIUM– tendrá que pagar por ello, pero ni tanto ni tan calvo. No tengo la solución a este problema ni sé qué se debe hacer, pero, bien es cierto que, gracias a que vi series por Internet, compré muchísimas –y no exagero cuando digo MUCHÍSIMAS- y me gasté (y seguiré gastando) un dineral en ellas. Participo de ese comercio y participo gustosa, porque me fascina. Y me fascina tener la casa plagada de hermosas cajas de DVD con "Roma", "Mad Men", "True Blood", "Perdidos", "Los Soprano", "Prison Break"... (no, no las presto, por si acaso a alguien se le ocurre).

Supongo que las nuevas formas de consumir obligarán a los grandes imperios a remodelarse. No hay otra. Quiero decir, gastarse 150 euros en comprarse "Los Soprano" te hace dudar. Pero si la HBO los pone en su web y pagas un euro por capítulo, evitarás piratería, la verás con calidad y la consumirán millones de personas. Y los histéricos fetichistas de series, como la que esto suscribe, además, se gastarán los 150 pavos.

Supongo que lo lógico es estrenar en la TV (por dios, no hablo de Telecinco ni mierdas por el estilo, hablo de la FOX y la HBO principalmente), esperar unas semanas e ir subiendo los estrenos, que el consumidor podrá ver a un módico precio. Y además tener archivo con todo lo ya estrenado. ¿Quién no se pasearía de vez en cuando por la web de la HBO a ver "Roma", "Deadwood", "Los Soprano"...?



No sé cuán fácil o difícil es eso, pero supongo que es lo que se espera por lógica. Todo lo demás es alimentar la piratería, porque dudo mucho que millones de personas se resignen al hecho de no volver a ver series por Internet.

Y una vez desahogada, os diré que si vais al cine (sí, también gasto en cine, que nadie me acuse a mí de no consumir, joder), os ahorréis (o no, todo el mundo hablará de ella, y hay que estar informados) la pasta de "The Artist".

Esta película da para un corto, poco más. Está bien hecha, es bonita, estética, tiene detrás un pastizal... pero carece de alma. No cuenta nada. Con ella no sufres, no ríes, no lloras, no disfrutas, no te inquietas... Es decir, no sientes nada. Nada de nada.
Y eso me ha traído otra vez a esta desordenada cabeza mía la siguiente idea: la belleza sin alma no sirve, o no es.

Es lo que les ocurre a las modelos (por eso no seducen): están elegidas para no llamar la atención más que lo que llevan puesto, son cuerpos sin rostro sin risa y sin lágrimas, nulos.

Bueno, que me estoy yendo del tema. Eso lo dejo pa otro día.

Que aquí dejo mi particular réquiem a Megaupload, que tanto me dio, con la esperanza y el deseo que esto se resuelva pronto y pueda volver a meterme en vena capítulos y capítulos de mis series, que tanto me gustan y me aportan.

Y no exagero. Por ejemplo "The Shield" y "The Wire", y también "Los Soprano", me enseñaron a tener la mirada cenital, que tantas veces me ha ayudado a comprender a los otros y a no juzgarlos. Esa mirada que tantas veces me ha recordado que las cosas son como son y no como quiero que sean. Asumir para vencer.

"Perdidos" me recordó que nada es lo que parece. Y "Prison Break" que hay gente en el mundo (poca pero la hay) por la que vale la pena morir. "True Blood" desplegó ante mi curiosa mirada un mundo de placeres estéticos que escondían los grandes temas de la humanidad: el amor, la exclusión, el rechazo, la muerte. La pasión y el deseo. Lo prohibido.

"Deadwood" volvió a demostrarle al mundo que la brutalidad es una cualidad casi inherente al ser humano. "Roma" me hizo viajar a esplendores imperiales... "Los Borgia" y "Los Tudor" subrayan la idea (cada vez más asentada y demostrada) de que el poder y la corrupción van inevitablemente unidos. Y así podría seguir y seguir.

Pero concluiré (y éste ya es el fin, lo prometo) recordando la madre de todas las series, la que me enganchó. Esa serie de los noventa, posmodernista y genial. Una serie sobre lo profundo, el humor y la relatividad. Un lugar donde conviven doctores, curanderos, científicos y chamanes, locutores de radio místicos, mujeres fatales, viejos astronautas, cinéfilos lunáticos e ingenuas misses. Porque Cicely, el pueblo donde se desarrolla (mil veces plagiado) no es un lugar, es un estado de ánimo. Porque nadie como sus pobladores para recordar que el ser humano vive en constante cambio y es dueño absoluto de su alma y su libertad (uf, qué responsabilidad más chunga) y de sus miedos (es muy representativa la historia de Holling, el cazador, con el oso Jesse, su miedo, su dragón, su toro –ay, que me extiendo otra vez–). Porque "Doctor en Alaska" nos recuerda que somos capaces de renacer cada primavera. Y porque tiene frases como ésta: "Es hora de ponerse manos a la obra. Tanto si sale bien como si no. No importa. Soy libre". Joel Fleischmann.

Bueno, ellos lo cuentan todo mucho mejor que yo. Y con ellos os dejo.



viernes, 15 de julio de 2011

Delirios de luna llena

Dejadez, pereza o falta de tiempo. O todo a la vez. De ahí este fingido abandono. Pero llega el viernes (y yo sin un mal beso que llevarme a la boca). ¿Que por qué pongo esa frase y además entre paréntesis? Porque es lo que me ha venido a la cabeza y no pega nada, entonces lo pongo y lo acoto, como el que no quiere la cosa.

No sé muy bien qué contar. ¿True Blood? Eric me lleva de cabeza. Ahora está amnésico y me descojono, un vampiro sin memoria y con esas camisetas... ¡Bendito sea el sentido del humor de Allan Ball! ¿Juego de tronos? Estoy tan obsesionada que no tengo nada que decir. Así que, como no sé qué contar, voy a soltar algo a bocajarro y a darle a la tecla sin pensar. A ver qué pasa.

Anoche, desde mi cama, se veía la luna llena. Y eso me recordó a ti. Tampoco creas que estoy poética; también me recuerda a ti un huevo frito y cada canción, el sonido del despertador y los pelos del lavabo. Las imágenes poéticas las dejaré para días más plácidos. Las realidades matan a las metáforas.

Y no, tampoco es nostalgia de los días en los que el agua se me hacía boca si la tomaba contigo (aunque siempre preferí el tequila, que me suelta más la risa, pero es que no hay frase hecha que me venga al pelo para ponerla patas arriba).

No se asoma a mi ventana la depresión ni la melancolía, sólo la luna llena, la jodía (huy, que rimo sin querer). Y con ella el aullido, histérico y femenino, desde la tripa a la garganta, que busca, inquieto, tu grito de guerra.

Acompañaré esta luna llena con algunas soledades y mis series de cabecera. Qué curioso es el comportamiento humano, a veces tan animal. Siempre, en verano, me invade el espíritu de Doctor en Alaska. Y con él os dejo.

lunes, 21 de marzo de 2011

Series, cine y batiburrillo primaveral


Cierto es que no me hace falta la primavera para sufrir todo tipo de alteraciones, que las tengo, de sobra y todos los días, incluso los lunes. Va con mi carácter. Y no, esto no significa una vida al límite, ni mucho menos. Visto desde fuera, mi día a día resulta de lo más convencional, pero son las pequeñas primaveras diarias las que lo hacen diferente. La última de ellas tiene formato de serie, una temporada, siete capítulos, una joya, un nombre: Downton Abbey. La conocí, vi el primer capítulo y no lo dejé hasta que mi módem a punto estuvo de echar humo cual barbacoa primaveral con amigos y cerveza fresquita (ay, qué rica).

Creo que la serie la está emitiendo ahora Antena 3, pero os recomiendo que la veáis en versión original con subtítulos, la voz del mayordomo es todo un poema y dudo que en el doblaje se alcance ese nivelón. La historia comienza el día que se hunde el Titanic y acaba el día en que Inglaterra entra en la I Guerra Mundial. Con ese trasfondo, se pone de frente a una adineradísima familia, con sus pequeños grandes problemas: herencias, hijas casaderas... Y en paralelo, la otra familia: la de los sirvientes, con sus envidias, sus rivalidades y sus afanes de medro, algo que se da también, sin duda, entre duques y elevados señores de la alta sociedad inglesa. Convenciones, bajos instintos y criadas que son las más señoras. Un pequeño gran culebrón (si Aristóteles levantara la cabeza brindaría por lo bien que se aplica a veces su poética) que recuerda a las grandes historias de Jane Austen o Wilkie Collins.

En cuanto a emociones negativas, os traigo dos películas, mis dos últimos desaciertos: "En el centro de la tormenta" y "Los chicos están bien". De la primera se salva la excelente banda sonora (Nueva Orleáns) y Tommy Lee Jones. Y también el planteamiento: asesinatos de hoy mezclados con los crímenes racistas de ayer, pero enseguida la línea principal se diluye hasta perderse. Y llega un momento en el que nada importa: sólo que se escuche una nueva canción. De la segunda, salvo a Annete Bening y nada más. Es una historia demasiado snob sobre los nuevos modelos de familia. Tan guay, chachi y modernita, que no pasa de ser convencional.

Por lo demás, ya se sabe: sale el sol, la casa se llena de flores, tengo trabajo extra de jardinera torpe, la difícil tarea de alentar a los rosales, tengo que empezar a preparar una lista de frases incómodas para echar a la gente de la terraza, sobre todo una vez finalizada la cerveza, el vermú y hasta el agua de riego, llega el Madrid-Barça, la final de Copa, las semis (si pasamos), las torrijas (literales y figuradas)... Cosas que se repiten y cosas que nunca cambian, como la alegría de verte –lea aquí cada cual lo que quiera, lo pongo porque me viene bien. Y hago esta aclaración porque, aunque me leen más desconocidos que conocidos, hay quien se empeña en ver en todo lo que escribo autobiografía, y no, ¿entendido, Javier?–.

Retomo: "Cosas que se repiten y cosas que nunca cambian, como la alegría de verte y las alergias. ¿O acaso pensabas, honey, que volvería a ponerme cursi?". Esta vez no. Esta vez sólo series, un poco de cine y un recuerdo: la serie de siempre, la que nunca cambia pero no se repite, ya que siempre vuelve, al menos a mi mente, renovada y cargada de significado y vida, de primavera.

Sí, muy bien. "Doctor en Alaska", la serie que supuso el principio de mi eterno idilio con las series de calidad, el lugar al que siempre vuelvo. Cicely me dio las raíces, Los Soprano me dieron las alas. Por eso hoy, que llega la primavera, vuelvo a la tierra. A Cicely y sus magníficos personajes, con la certeza absoluta de que la vida deja de renovarse el día en que dejamos de soñar.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Pues eso, felices fiestas (sí, yo también lo digo)

Independientemente de la vida espiritual de cada cual, para mí el día de hoy significa levantarme y tener a mis sobrinos desayunando tarta de queso en pijama en mi casa, que se pase mi tía a tomar café, que ya viene de la pelu y va a recoger el pescao, que llame mi madre diciendo que salen del pueblo a eso de las dos y que mis sobrinos hagan trampas en el amigo invisible. No me importan las luces ni Cortilandia -ayer supe que hay uno en el Hipercor de al lado de mi casa, ni me he enterado- ni la cantidad de gente que hay en el mercao -no pienso pisarlo-. También es Nochebuena desde que vi el anuncio que despedirá el año. Un homenaje del gran héroe del fútbol a los inmensos héroes anónimos que construyen el día a día. ¡Qué lujo!






Y como sois pocos los que me leéis, os dejo el anuncio y este pequeño vídeo de regalo navideño, cicelyano y precioso. Una hermosa postal -qué gran serie-. Tiene sentido, como la Navidad, si le quitamos lo accesorio.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Doctor en Alaska o cómo huir de los días grises


No, no es que quiera huir del otoño ni la lluvia, ni del invierno que amenaza... pero tanta fealdad me espanta. Si una se desayuna con los comentarios soeces, racistas, machistas y nauseabundos de cierto comentarista, pocas cosas pueden ocurrir –en vista de que aún me queda un buen rato de trabajo– que arreglen el día: algún email, escuchar un poco de música... o acordarme de que hay una parte del blog que tengo "semiolvidada": la referente a "Doctor en Alaska".

Hacer lentejas y prestar esta serie son en mi vida un acto de amor del que pocos privilegiados gozan. ¿Pocos? Dos: Manon y su señora esposa, mi Mar en calma –todo un torbellino–. Y aunque está feo citarse a uno mismo, lo voy a hacer para repasar por qué esta serie es tan importante para mí y caló tan hondo. Hoy, y otros muchos días, saco mi alma lunática para sobrevivir al espanto de las oficinas grises, de las rutinas, de los progres de postín, de los viejos verdes que van de defensores de la moral, de la jodida contractura, del olvido del amor, del peso de los fracasos, de la aplastante realidad, de las facturas y la falta de aparcamiento, de las soledades y las preocupaciones, de los que se quejan de la lluvia, de los que juzgan vidas y hasta las perdonan.

Y cuando cae este chaparrón y a una la pillan sin paraguas –ya se sabe, menos luz; la melancolía del otoño o las jodidas hormonas–, va corriendo a refugiarse a una de las cabañas de Cicely: hora de comer, ni dios en la redacción y todo un mundo de satisfacción en seriesyonkis. Hoy me quedo con el capítulo 20 de la tercera temporada de "Doctor en Alaska", mi favorita, creo.

El capítulo junta dos historias. Por un lado, la de un chaval que no puede viajar y lo hace a través de una caja de cartón, enviándola a distintos puntos del mundo. En cada lugar ponen algo propio del sitio, la sellan y la envían. Por otro lado, la muerte de Jesse el Oso, al que Holling no pudo matar –Jesse es más que un oso para el aguerrido Holling, pero hay que ver la serie para entenderlo–. Jesse muere de viejo y el viejo cazador honra su tumba como si fuera la de un héroe.

Grandes momentos de la historia de la caja lista –es tonta si ves tonterías– que hacen que estos días grises no lo sean tanto, aunque persista la lluvia y hoy no veamos el sol.


miércoles, 7 de abril de 2010

Lo prometido es deuda (con intereses)

Os dije que lo pondría el 21 de marzo, pero lo último que tengo en esta vida –además de dinero de sobra– es tiempo, muy a mi pesar. Además, el vídeo no estaba en youtube y ha habido que cogerlo de mi DVD y, como yo no sé, me ha hecho el favor un gran amigo (gracias, Javier, qué majo eres).
Ya os he contado en otras ocasiones lo importante que es para mí Doctor en Alaska. Las series, como la música, acompañan a la vida. Esta serie, en su día, fue una auténtica revelación para mí. El valor que no encontraba en mi día a día para atreverme a salir de una situación que tanto me dañaba. Con ella como compañera, renací. Volví a ser primavera. Ese mundo –Cicely– de espíritus libres me sedujo y me ayudó a crecer. Ahora lo sé.
Me encanta este capítulo. Es el 19 de la tercera temporada (mi favorita, creo que la mejor). Y en sólo un minuto se habla de tantas cosas... Del nacimiento del espíritu humano (que habita en todos nosotros, y Chris pone como ejemplo a un presidiario), de la necesidad de vivir cada día como si fuera el último (ya sabéis a lo que me refiero: no hace falta quemar la noche)... Y luego esa música, y las imágenes... tan evocadoras. Maggie soñando con ese hombre (en forma de oso) que no llega; Holling y Shelly (que en este capítulo cambia la piel, como los animales) renovando su amor; Ruth-Ann poniéndose guapa a sus 80... Y el doctor Fleischman, tan quemado, tan urbano, con sus ansias de volver a NY, de trabajar en un gran hospital, pero, en el fondo, tan feliz auscultando a esa sencilla señora que podría ser la madre de cualquiera de nosotros... Y Ed, jugando, como el niño que es y siempre será. Y Maurice, evocador, celebrando lo que hoy celebro con vosotros: que es primavera. Y deseando que la primavera esté siempre en nuestras vidas.
No os lo perdáis. Es emocionante. Y redentor.

martes, 23 de febrero de 2010

Soñando primavera

La pereza se apodera de mí. Ni ganas de escribir tengo. Será por la lluvia. Son las dos y media y parecen las seis. Necesito primavera como el agua de mayo, valga la redundancia. Y sé que esto de entregarse al gris, a la abulia, está mal, pero es lo natural dadas las circunstancias y el paisaje que se ve tras la ventana. Indagando en el baúl de las emociones primaverales, me vienen a la cabeza unas cuantas. Algunas no son demasiado políticamente correctas, por lo que no voy a escribirlas aquí si no quiero espantar a mi puñado (pequeño pero muy selecto) de lectores-seguidores.
Bueno, a lo que vamos. A nadie le pilla de susto si digo que una de mis debilidades (¿por qué llamar debilidades a aquello que nos gusta? Haré algún día un post sobre esto) son las series. Las buenas, claro. Jamás vi "Médico de familia". Y entre ellas, hay una que, por varios motivos que ya dije en su día, me fascina. Sí, es "Doctor en Alaska".
Hoy, echando de menos la primavera (pidiéndola a gritos  –a aullidos llegaría a decir. Tantos, que la semana que viene huyo unos días a paraísos más cálidos, tierras del Sur–), he recordado un capítulo rechulo de esta serie en el que precisamente llega la primavera. El fragmento más emotivo no está en youtube, pero lo buscaré en casa y lo pondré aquí el mismísimo 21 de marzo para celebrar.
De momento, un aperitivo con Chris. Y un consejo suyo que lo hago mío: Vivid cada día como si fuera el último (aunque aún no sea primavera).

lunes, 14 de diciembre de 2009

En mañanas como ésta...


...tengo la sensación de estar en el lugar equivocado. Totalmente. Que esté nevando y yo esté viendo una persiana gris que no puede subirse porque, si se sube, refleja en la pantalla de mi compañero va contranatura. Si nieva, hay que ver nevar. Pero no sólo eso, también tengo la sensación de estar en un lugar equivocado cuando veo un telediario y tratan una nevada el día 14 de diciembre como un exotismo. Nieva y es normal que nieve venga de dónde venga esa nieve: de un frente siberiano o del viento frío de las Azores. Qué más da. Nos hemos acostumbrado a vivir sin clima: no queremos pasar frío en invierno ni calor en verano, y eso creo que nos hace blandos. Ayer, viendo la estupenda "Hermanos de sangre", con la compañía sufriendo en los bosques nevados de Bastoña, sin ropa de invierno, casi sin alimentos y cercados por nazis, además de reconocer su valía pensé que hoy ya no hay hombres capaz de llevar a cabo esas hazañas. Honremos su valor.

Hoy, al amanecer, he deseado otro lugar, con más nieve. Escuchar otras voces que no hablaran de crisis, ni de Berlusconi, ni de este falso temporal que se resume en dos copos y tres atascos. Habría preferido las palabras de Chris: "Aquí Chris de la mañana, en la K-OSO, emisora de la cadena de comunicaciones Minnifield. Vamos a hablar del tiempo. Hace frío chicos, un frío helador, ese frío que hiela el espíritu a cualquier muchacho o le convierte en acero. Por cierto, esta mañana encontré un guante de hombre en la acera delante del estudio, es de la mano derecha. Se que por ahí andará su compañero y su dueño muerto de frío, deseando recuperarlo. Recordando "Lo que el viento se llevó"... 
Y sigue, y sigue, pero el post sería demasiado largo y yo me pondría a hablar de "Lo que el viento se llevó" y jamás acabaría.

En fin,  celebremos la nieve (aunque sí, también creo que está sobrevalorada –para lo bueno y para lo malo–, sobre todo por aquellos que jamás han sufrido sus inclemencias). 

sábado, 28 de noviembre de 2009

Proceso de adaptación. Parte III

Los buenos habitantes de Cicely se han propuesto ponerle las cosas fáciles al doctor, que sigue echando de menos Nueva York, claro. ¿O ya no tanto?
En este capítulo Fleischmann parece querer sacar al hombre que lleva dentro y dejarse a un lado el título de doctor, desenmascararse. Y lo hace usando como pretexto el sexo que tenía con su ex novia –que según sus palabras le resultaba un tanto pusilánime–. Fleischmann está recibiendo en Cicely bofetadas de vida, está experimentando una llamada, ¿la de la naturaleza? Y no sólo en forma de árboles, nieve o alce, también en forma de Maggie O'Connell, la "femme fatale" de la serie, con la que el doctorcito judío neoyorquino vive un permanente tira y afloja. ¿O acaso entre estos dos no hay tensión sexual?

martes, 24 de noviembre de 2009

¿Qué tiene el poseer cosas?

Hoy, para empezar el día, un poco de "Doctor en Alaska". ¿Y por qué este vídeo? Pues no sé, me ha venido a la cabeza y lo he buscado. Verdades como puños. Por qué esta necesidad de poseer a alguien. Por qué a veces se nos pasa por la cabeza lo siguiente: Bueno, me gusta, pero es que... no sé, a lo mejor, algún día... quizá cambie. Y en nuestra mente vamos construyendo una ficción que se alimenta del deseo de que nuestra pareja se transforme, pase a ser lo que no es. Es decir, la construimos basándonos en una ficción. Soñamos con que sea lo que no es y, si lo conseguimos... se acabó el encanto, porque ya no tiene aquello en lo que nos fijamos cuando fuimos a ella. Y llegó el final. Se acabó la pasión, la chispa, la gracia.
Y si no lo conseguimos: la histeria, los nervios, las broncas. 
En resumen: o te quedas con lo que es –sin intención de transformarlo y sin alimentar la esperanza de que cambie– o no te quedes con nadie. No llegará el día en que despertemos y nuestro novio (o novia) sea más guapo, más bueno, más divertido, más generoso...

Afortunadamente, aún no tenemos el don de hacer a alguien de barro, soplarle y que se convierta en lo que queremos que sea. Aún no somos dioses, no creamos. Ni tampoco poseemos. Toda relación que no esté basada en la libertad está condenada –por suerte– al fracaso.



martes, 17 de noviembre de 2009

Podemos huir, pero no escondernos


A veces uno se levanta de mal humor y no puede hacer nada para remediarlo. Está de mal humor y punto. Y todo molesta: el ruido de la fotocopiadora –industrial pero blandito, repetitivo, insistente, como un goteo impertinente–, las voces que pega el compañero de al lado cuando habla, los teléfonos, el ruido de fondo de la radio, con esos presentadores que se creen divertidos y hacen absurdos programas-despertadores por las mañanas, fingiendo risa, dando paso a los oyentes que cuentan anécdotas tontas que a nadie importan.
Sí, estoy de mal humor y el día no ha hecho más que empezar. Será la luna, que no llueve o algo hormonal. No me importa. Estoy de mal humor y punto.
Y me siento irascible, y todo me molesta. Me recuerdo –salvando las distancias, que son muchas– a Tony Soprano cuando se mosquea.
No soporto que me tosan. Hoy no, no es el día.
Y la más mínima chorrada me hace estallar.
Tranquilos, se me pasa pronto. Y no tengo nada de mafiosa, aunque sí cierta fascinación por la estética gángster, de sombrero y abrigo largo, por el cine negro y, cómo no, por Los Soprano. Una de las grandes entre las grandes.
¿Os habéis preguntado por qué –una vez metidos en harina, es decir, en ficción– empatizamos con alguien como Tony? No deja de ser un capo del crimen organizado.
¿Será que, sin llegar a ciertos extremos, también reconocemos en nosotros esa parte oscura que convive con la parte luminosa dentro del ser humano?
¿Recordáis la entrada de Chris Stevens en la que hablaba de esto, de esa especie de doble naturaleza humana? Él concluía con algo así: "estamos hablando de dialéctica, del bien y del mal, que coexisten en nuestro interior. Podemos huir pero no escondernos".
Pues eso, que cuando uno se levanta con su "lado negro" en to lo alto, lo mejor es dejarlo estar. Al fin y al cabo, es tan nuestro como la sonrisa que regalamos al amante al despertar, al bebé del carrito en la cola del supermercado, al camarero que nos sirve el café. Ni lo pensamos ni lo decidimos. Sale natural, como la vida misma.
Feliz día (a los que podáis).
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domingo, 15 de noviembre de 2009

Proceso de adaptación. Parte II

Y no; es que él quiera ser borde, es que ni por un momento imaginó que esto le iba a pasar a él, Joel Fleischmann. Y no es que no quiera adaptarse, es que no puede (aunque luego las cosas vayan cambiando y adecuándose  y empiece, incluso, a sonreír). Es que a todo un médico de Nueva York, con una vida acomodada y burguesa, urbanita y convencional, se le hace un mundo despertarse  y que la ducha esté estropeada. O lo que es peor: que se la tenga que arreglar su casera, la despiadada  (a ojos de él y sólo al principio) Maggie.
¿Y qué tal despertarse con una rata al lado de tu carísimo palo de golf? O abrir los ojos y sentirse atrapado por una inmensidad natural de la que uno no se siente parte.
¿Qué hacer entonces? ¿Correr, huir...? ¿O dejarse seducir por el dulce caramelo de lo inesperado, de la sorpresa?
Me parto con este vídeo. Su cara es un poema.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Proceso de adaptación. Parte I


Me he planteado cientos de veces cómo se adapta un médico judío de Nueva York a la vida de un pueblo totalmente surrealista, teniendo como amigos a un discjockey ex presidiario, autodidacta y totalmente excéntrico, a un barman madurito y buenazo que anda loco por los huesos de una jovencita cuyo mayor logro fue ser Miss Paso del Noroeste y seguir a grupos de rock en sus giras. Jovencita que, a su vez, llegó al pueblo con Maurice, el caciquillo, dueño de la emisora, un ex astronauta malhumorado y un tanto gruñón. Por otro lado anda Ruth-Anne una jovencita de unos 70 que es el colmo de la mujer liberada, Ed, un cineasta criado entre indios, Marilyn, una enfermera india que no sabe de enfermería, y Maggie, una especie de mantis-religiosa con la que el bueno de Fleischman vive en una permanente tensión sexual insatisfecha.
Le ponen la guinda al pastel una hipocondríaca casada con una especie de hombre de las nieves que es un refinadísimo cocinero.

¿A que suena atractivo?
Hoy es uno de esos días en los que me gustaría estar allí.

"Es hora de ponerse manos a la obra. Tanto si sale bien como si no. No importa. Soy libre". Joel Fleischmann.

viernes, 6 de noviembre de 2009

Cicely, mágico

De todos mis capítulos favoritos de mis series favoritas de la historia de la ficción televisiva –la realidad televisiva no me interesa– hay uno que me conmueve. Se llama "Despierta" y es el capítulo nueve de la tercera temporada de "Doctor en Alaska". En él, un autobús cargado de artistas circenses se planta ¿accidentalmente? en Cicely, el lugar más mágico del mundo. Quiromantes, magos, acróbatas y un tiernísimo hombre volador que se enamora de Marilyn con sólo verla son le excusa perfecta para reflexionar sobre la realidad, la materia, la magia y el amor, como si éste no fuera parte de la anterior.
Ya os contaré más cosas de ese capítulo. De momento, un aperitivo, el final, que tantas veces he visto, que recuerdo tan de memoria, que tanto me gusta.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Amanecer con Chris


Una buena y queridísima amiga le dice a un no menos bueno y menos querido amigo: "Oye, no entiendo por qué esta tía (yo) escribe en su blog sobre las charlas de ese tío (Chris Stevens) que no conoce nadie".
Esto me ha hecho pensar, que no dudar: si hay alguien de mi generación que no conoce a Chris Stevens hay algo aquí que va mal, sin duda. O es que quizá a mi amiga, directamente, no le interese, que en su derecho está. Pero, ¿por qué escribo sobre Chris? La verdad es que al hacerlo soy consciente de que no me dirijo, ni mucho menos, a un gran público ("Doctor en Alaska" se ha emitido en España de madrugada y en La 2, con todo lo que eso supone), pero sí sé que para entender lo que él dice  no hace falta ser un "doctorenalaskaadicto". Más: escribo esto y aquí porque es de lo que me gusta hablar y escribir y porque ahora el ánimo se vive otoñal y plácido y busca refugios cálidos, como el de su voz, y sugerentes, como el de sus palabras.
Y porque apuesto el Euromillón del viernes a que es mejor empezar la mañana recordando esto  "Buenos días, aquí Chris de la mañana, desde la K-OSO, Cicely, Alaska. Como todos sabéis, éste es mi rincón particular, un pequeño refugio para almas inquietas y sensibles. Aquí se abre una metafórica ventana para que podáis disfrutar de los despertares, reflexiones, sueños, monólogos y poemas de Chris, en los 570 de OM, emisora de la cadena de comunicaciones Minnifield. ¡Vamos amigos!, desempolvad los archivos de la memoria. ¿Alguien quiere colaborar? Sólo tenéis que facilitarnos las citas radiofónicas que tengáis a mano para completar este festival de la palabra. Todos estáis invitados a la fiesta" que escuchando el boletín informativo de las ocho o la aterciopelada voz de tu jefe dándote la chapa. 
Así que, abrid las ventanas de vuestras cabañas y dejad entrar el aire del Norte mientras abrazáis vuestra taza de café. ¡Cuidado!, se han visto osos rondando esta noche por este particular Cicely. 
En la imagen, la emisora de Chris, la K-OSO, desde donde contempla tantos amaneceres.

lunes, 2 de noviembre de 2009

Desde la K-Oso


Chris Stevens es uno de los personajes de ficción que más me han interesado jamás. En mi escala, ocupa el mismo lugar que héroes como Aragorn, villanos como Tony Soprano, galanes como Rett Butler, amantes como Denys Finch (Robert Redford en "Memorias de África), pillos como Luke Jackson (Paul Newman en "La leyenda del indomable")... e incluso está a la altura de algunos de mis escritores favoritos. Es más, me atrevería a decir que él me ha hecho reflexionar, pensar o sentir más que muchísimos libros.
Es la voz de Cicely. Es sugerente, atractivo, salvaje y reflexivo a la vez. Tiene  sabiduría, cultura y conocimiento natural y atávico de la vida y el mundo. Es un romántico. Un soñador. Un mago de las palabras. Un Merlín de los sentimientos.
Es sencillo en sus fomas y complejo en sus pensamientos. Tiene un pasado y vive sólo el presente. Es espiritual y filosófico, pero sensual y apasionado.
"En cada ser humano hay un lado oscuro. Todos queremos ser Obi Wan Kenobi y en gran medida lo somos, pero también hay un Darth Vader dentro de nosotros. No se trata de que tengamos que elegir entre una cosa u otra porque estamos hablando de dialéctica, del bien y del mal, que coexisten en nuestro interior. Podemos huir pero no escondernos. Seguid mi consejo, enfrentaos a la oscuridad, cara a cara, y hacendadla. Como dice nuestro amigo Nietzsche, ser un ser humano ya es bastante complicado, así que dadle un buen abrazo a la oscuridad del alma y gritad el eterno sí". Chris Stevens. Luego, más.

domingo, 1 de noviembre de 2009

El primer amor


Cada vez tengo menos certezas. Pero hay una que preside mis días y ocupa gran parte de mi ocio y, en buena  medida, mis reflexiones -sean hondas o superficiales, más lo segundo que lo primero, y viceversa-: "Soy adicta a las series, pero a las buenas". Es decir, que jamás me engancharía a "Los Serrano" y con ver un minuto de "Sin tetas no hay paraíso" sé que no tiene ningún interés. Y la culpable de esta adicción es "Doctor en Alaska", ella fue mi primer amor en este intenso romance de la ficción por capítulos. El porqué es demasiado largo para un post. Hoy sólo intentaré esbozar una sensación que hoy he recordado y que tuve hace años -la friolera de doce, que ya son-. Era julio. Acababa de licenciarme. Y me quedé en Madrid a trabajar ese mes en la biblioteca en la que era becaria, más por estar en Madrid con el chico con el que salía que por cualquier otro motivo. Ya por entonces, creo que mi inconsciente sabía -mi consciente lo supo hace no tanto- que aquél no era el compañero, el que caminaría de la mano conmigo por la vida. Entonces, "Doctor en Alaska" era en La 2, entre semana, a eso de las dos de la mañana, yo compartía piso y no tenía vídeo. Me quedaba a verlo aunque al día siguiente me moría de sueño. Mientras esperaba, sola en el salón, leía. Recuerdo una escena. Estaba leyendo "No me esperen en abril", de Bryce Echenique -¿premonitorio?-. Empezó la serie, esa musiquilla...
Entonces, yo no era una persona, ni de lejos, encantada de la vida -demasiadas cosas, ya conocía la pena y el llanto-. Y tenía 22 años.
Pero sonaba la música de "Doctor en Alaska" y todo se desvanecía. Y yo quería ser una más en Cicely. Y conocer a Chris y hablar con Maggie y que me curase Fleischmann. Aún no sé de qué, pero de algo, porque tenía dolor. Con el tiempo, he entendido cuál era ese dolor, y cómo se cura: con una pizca del Fleischmann que llevamos dentro, una cucharada de la fuerza de Maggie, cuarto y mitad de la bondad de Holling, 100 gramos de la inocencia de Shelly, medio vaso de la magia de Chris, dos gotitas de la madurez de Ruth Anne y un puñadito de la esencia de Ed, recién traída del conocimiento ancestral de las tribus indias.
También he sabido que Cicely no es un lugar, es un estado de ánimo. Y hacia él camino, y la andadura está llena de jugosos frutos.
Es la prueba evidente de que necesitamos ficción para superar la realidad.

 A Martín -y no sé por qué me ha salido así ni tengo claro por qué he escrito esto ni te lo dedico-, un verdadero y auténtico habitante de Cicely (aunque aún no lo sepas).