
No creo que los poetas sepan de amor. Lo piensan, lo escriben, lo describen y lo adornan. Pero no saben de amor. Si supieran, no escribirían. Vivirían y ya. ¿Por qué digo esto? Pues no lo sé. Es lunes, tengo sueño, tengo que currar, me duele mucho la espalda, me aburro y no tengo nada mejor en lo que pensar tal día como hoy. Además, a excepción de Quevedo –por razones obvias, morales y físicas–, creo que casi todos los poetas que escriben versos de amor lo hacen para seducir jovencitas, empezando por Neruda, que me encanta a pesar de que las malas lenguas –que son todas– digan de él que era un pelín viejo verde aficionado a las demasiado jóvenes (uff, mejor no entrar en eso y quedarnos con sus inmensos e innumerables aciertos fónicos. Sí, porque el tan recurrente "me gustas cuando callas porque estás como ausente" no es más que un acierto fónico. No es precisamente una alabanza, pero bueno; seguro que más de uno atrapó en sus redes de araña a una mosca inocente con tan manido versito). Joer, a poquito que me ponga se me va el hilo y me enredo en la madeja, sobre todo con estos temas. Bueno, de Neruda a Garcilaso, uno de mis favoritos, o mi favorito incluso. Nadie habló de amor como habló él. Estoy segura. A mí me gusta de él todo. Absolutamente todo: su vida y su obra. Y a él lo imagino inmensamente atractivo, espigado y con barba. Me encanta que participara de las intrigas políticas de la época y que fuera un soldado. También que muriera luchando, como corresponde a un soldado del siglo XVI, que fuera un bravo y a la vez un refinado caballero y que estuviera en la Corte. Y ahí es donde yo lo imagino persiguiendo damas entre tapices (quizá ando influida estos días por "Los Tudor", donde el poeta cortesano escribe pa lo que escribe y para nada más). De Garcilaso me gusta todo, insisto, que fuera cortesano del gran emperador Carlos V y, a la vez, condenado al destierro (con lo que el ostracismo supone) por éste mismo por un "asunto personal", que no político. Qué pasaría o qué no pasaría entre el emperador y gran hacedor de sonetos (insisto, para mí de los mejores, junto a los de Quevedo. Son los más precisos, los mejor acentuados, los más redondos y los más hermosos, claro) para que el primero lo condenara al destierro. Jamás lo sabremos, aunque parece ser que el emperador se mosqueó porque el poeta participó como testigo –o similar– en la boda del hijo de un comunero. Sea como fuere, en sus 34 años de vida, Garcilaso tuvo tiempo de todo, hasta de morir heroicamente. Y dejó los versos de amor más hermosos que yo he leído jamás. Aunque creo que no sabía de amor y sí mucho de seducir. Porque el poema que hoy no se me va de la cabeza es una aberración, un atentado contra la razón: nadie se muere por nadie, y menos de amor; nadie nace para querer a nadie, ni mucho menos, y nadie le debe nada a nadie, y menos la vida. Es decir, que mi adorado Garcilaso, que no era tonto, escribía todo esto porque es bonito pero sabía que escribía falacias. Seguro que alguna dama cayó en sus brazos después de que él le declamara este soneto. Ay, inocentes: no os dejéis llevar por las palabras vanas.
Fuera como fuese, por la razón que él quisiera, por oficio, beneficio, incluso fornicio, con perdón, es tan bonito, tan, tan, tan bonito, que no me queda más que darle las gracias al amor, y al propio Garcilaso, por hacer brotar el milagro de la poesía. ¡Ay! (Eso es un suspiro).
Escrito’stá en mi alma vuestro gesto
y cuanto yo escribir de vos deseo:
vos sola lo escribistes; yo lo leo
tan solo que aun de vos me guardo en esto.
En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.
Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida;
por hábito del alma misma os quiero;
cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir, y por vos muero.
