
Si Aragorn hubiera sido mi rey, lo habría seguido hasta el final. Sin dudas ni más explicaciones. Así son las cosas.
Dicho esto y lejos de todo tipo de fantasía (literaria, se entiende), todos sabemos que, desde la Ilustración, los reyes –más allá de los de Oriente el 6 de enero– no tienen razón de serlo, pues claro queda que no lo son por voluntad divina. Destruido el principio que durante tanto tiempo los mantuvo en el trono, no digo más. Ni falta que me hace.
Superados aquellos traumas medievales, quedó en nuestras vidas la dañina y residual figura del príncipe azul, aquel personajillo pijo y afeminado que Disney sigue alimentando y que tanta frustración, ansiedad, desengaño y dolor ha provocado en las almas femeninas más cándidas. ¡Oh de la pobre "infelice" que alimente sus sueños románticos con tan engañoso galán!
Sí, la figura del príncipe azul es, en resumen, una mierda, pero si queréis que sea menos concisa diré de él que por su culpa hay lista de espera en la consulta del psicoanalista, pues no se nos escapa que representa todo aquello que luego no pasa. Es decir, mujeres del mundo, por si no lo sabíais, cuando tienes una edad NO viene un tío bueno a librarte de tus miserias y a quitarte de trabajar. No. Y eso no pasa, por guapa que seas. Si tienes miserias, camina con ellas con la mayor dignidad posible. No hay más. Si encuentras compañero para reírte por el camino y darte algún homenaje, bien. Si no, pues ríete sola –si sabes, que no es fácil– y homenajéate ídem.
Bien, con estas bases reivindico una preciosa película donde el príncipe azul es un tío bastante oscuro; el malvado pirata, además de bandido, un tío bueno –a ver si queda claro, no nos gustan los príncipes con ese pelo que parece el molde de una magdalena, preferimos un pirata con coleta–; la princesa no es tal; el rey es un viejo que chochea (sin querer señalar a nadie); el sabio es tonto... Que qué peli es: "La princesa prometida" , de Rob Reiner (1987).
"La princesa prometida" es más que una peli: forma parte del guión de nuestras vidas, de la mía y de la de mi familia. Todo el mundo la ha visto 82.500 veces, nos sabemos los diálogos, adoramos la banda sonora (de Mark Knopfler) y odiamos al príncipe Humperdinck. La historia es básica y sencilla: campesina se enamora de campesino, él se va a hacer fortuna, lo dan por muerto, y Humperdinck, haciendo uso del derecho de pernada, decide casarse con Buttercup, pues así se llama la muchacha (Robin Wright). Que qué pasa entonces: hay un español buscando venganza: el famosísimo Íñigo Montoya, el misterioso pirata Roberts, un gigante bonachón, un malvado conde, dos países a punto de guerrear por una cuestión fronteriza, los acantilados de la locura, la fosa de la desesperación, el pantano de fuego... y una asustadiza falsa princesa suspirando por su adorado Westley (Cary Elwes). Y si a eso le sumamos esgrima, brujas, milagreros, mucho sentido del humor y escenarios rezumando aroma a cartón-piedra (pero de manera premeditada), el resultado no es el típico y absurdo cuento de hadas, sino una entretenida historia de amor y aventuras, donde ganan los valientes y se ridiculiza a los cobardes.
Y es que el amor requiere valentía. "Cualquiera que diga lo contrario miente", dice el pirata Roberts.
Detrás de una gran historia de amor siempre hay un acto heroico. Y este príncipe no lo es: "Sois un cobarde con el corazón lleno de miedo", le regala Buttercup. "Dejadlo que viva a solas con su cobardía".
Y ésta, una de las mejores:
-Os creéis muy valiente, ¿verdad, princesa Buttercup?
-Depende de con quién me compare.
Pues eso, que si os atrevéis (no lo dudo), os animo a verla. Es mucho más que un buen rato. Es amor, honor, venganza, valor y muerte. Una de esas historias que te alejan de los periódicos y la vida diaria, del estrés y del ruido. "No es el típico, corriente, cotidiano, vulgar y mediocre cuento de hadas". Y esto, como el amor, no es una opinión, es un hecho.

