El blog de Luisa Tomás

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lunes, 16 de abril de 2012

Sobre príncipes y otros cuentos


Si Aragorn hubiera sido mi rey, lo habría seguido hasta el final. Sin dudas ni más explicaciones. Así son las cosas.

Dicho esto y lejos de todo tipo de fantasía (literaria, se entiende), todos sabemos que, desde la Ilustración, los reyes –más allá de los de Oriente el 6 de enero– no tienen razón de serlo, pues claro queda que no lo son por voluntad divina. Destruido el principio que durante tanto tiempo los mantuvo en el trono, no digo más. Ni falta que me hace.

Superados aquellos traumas medievales, quedó en nuestras vidas la dañina y residual figura del príncipe azul, aquel personajillo pijo y afeminado que Disney sigue alimentando y que tanta frustración, ansiedad, desengaño y dolor ha provocado en las almas femeninas más cándidas. ¡Oh de la pobre "infelice" que alimente sus sueños románticos con tan engañoso galán!

Sí, la figura del príncipe azul es, en resumen, una mierda, pero si queréis que sea menos concisa diré de él que por su culpa hay lista de espera en la consulta del psicoanalista, pues no se nos escapa que representa todo aquello que luego no pasa. Es decir, mujeres del mundo, por si no lo sabíais, cuando tienes una edad NO viene un tío bueno a librarte de tus miserias y a quitarte de trabajar. No. Y eso no pasa, por guapa que seas. Si tienes miserias, camina con ellas con la mayor dignidad posible. No hay más. Si encuentras compañero para reírte por el camino y darte algún homenaje, bien. Si no, pues ríete sola –si sabes, que no es fácil– y homenajéate ídem.

Bien, con estas bases reivindico una preciosa película donde el príncipe azul es un tío bastante oscuro; el malvado pirata, además de bandido, un tío bueno –a ver si queda claro, no nos gustan los príncipes con ese pelo que parece el molde de una magdalena, preferimos un pirata con coleta–; la princesa no es tal; el rey es un viejo que chochea (sin querer señalar a nadie); el sabio es tonto... Que qué peli es: "La princesa prometida" , de Rob Reiner (1987).

"La princesa prometida" es más que una peli: forma parte del guión de nuestras vidas, de la mía y de la de mi familia. Todo el mundo la ha visto 82.500 veces, nos sabemos los diálogos, adoramos la banda sonora (de Mark Knopfler) y odiamos al príncipe Humperdinck. La historia es básica y sencilla: campesina se enamora de campesino, él se va a hacer fortuna, lo dan por muerto, y Humperdinck, haciendo uso del derecho de pernada, decide casarse con Buttercup, pues así se llama la muchacha (Robin Wright). Que qué pasa entonces: hay un español buscando venganza: el famosísimo Íñigo Montoya, el misterioso pirata Roberts, un gigante bonachón, un malvado conde, dos países a punto de guerrear por una cuestión fronteriza, los acantilados de la locura, la fosa de la desesperación, el pantano de fuego... y una asustadiza falsa princesa suspirando por su adorado Westley (Cary Elwes). Y si a eso le sumamos esgrima, brujas, milagreros, mucho sentido del humor y escenarios rezumando aroma a cartón-piedra (pero de manera premeditada), el resultado no es el típico y absurdo cuento de hadas, sino una entretenida historia de amor y aventuras, donde ganan los valientes y se ridiculiza a los cobardes.

Y es que el amor requiere valentía. "Cualquiera que diga lo contrario miente", dice el pirata Roberts.
Detrás de una gran historia de amor siempre hay un acto heroico. Y este príncipe no lo es: "Sois un cobarde con el corazón lleno de miedo", le regala Buttercup. "Dejadlo que viva a solas con su cobardía".
Y ésta, una de las mejores:
-Os creéis muy valiente, ¿verdad, princesa Buttercup?
-Depende de con quién me compare.

Pues eso, que si os atrevéis (no lo dudo), os animo a verla. Es mucho más que un buen rato. Es amor, honor, venganza, valor y muerte. Una de esas historias que te alejan de los periódicos y la vida diaria, del estrés y del ruido. "No es el típico, corriente, cotidiano, vulgar y mediocre cuento de hadas". Y esto, como el amor, no es una opinión, es un hecho.


lunes, 28 de junio de 2010

El corazón (ibérico) partío



Qué panorama tan desolador. Abro el blog y me encuentro con la misma entrada desde hace no sé cuántos días. Ni que alguien –o yo misma, en sueños– fuera a refrescar esto. Estoy en fase de mínima actividad. El cuerpo no me da pa más. Y la mente... mucho menos. Así que, para salir del paso, tiro de lista de relatos y me encuentro con que no me gusta ninguno. Y no voy a castigar a mis esquilmados –pero selectísimos– lectores con cualquier chorrada sin gracia ni lustre. Hablemos de series: no puedo. Vivo pendiente del próximo capítulo de "True Blood"; veo, a duras penas, y de vez en cuando, algo de la segunda de "Prison Break" y voy al día con "Treme". Y sí, bueno, si rebusco, algo encontraré que contar. Pero es que no tengo ni ganas. Apatía y abulia. Ésas son la palabras que definen ahora mismo este estado. El solsticio me dejó en las últimas. Vivo por inercia. Y para más inri, jugamos contra Portugal. Y no quiero. Es el duelo futbolero que menos me apetece. Habría preferido Brasil. Pero Portugal... no me apetece nada.
Y tengo tres razones.
1. Creo en Iberia. Portugal y España, por historia y geografía, deberían ser lo mismo. Tengo entendido que Saramago (y el 80% de los portugueses) también creía en ello.
2. Hablando de Saramago. Ahí va mi segunda razón. Saramago es uno de los grandes –y digo es porque sólo se ha muerto, que no es poco, pero ahí queda todo lo que hizo por el mundo: adornarlo y enriquecerlo con gran literatura, qué maravilla–; y los grandes no se van nunca, porque viven en nuestra memoria. Y él es portugués. Y no quiero que su equipo caiga –pero claro, no quiero que eso suponga que cae el nuestro, ¿podría darse un empate, un abrazo entre los 22 y elegir un 11 combinado entre ambos equipos y además ganarle la final a Argentina, por ejemplo? Me temo que no–.
3. Ahí va mi tercera razón (otra salida del armario, con lo que eso supone a la hora de perder lectores, seguidores y etc. etc. etc.): mi corazón tan blanco (con permiso de Javier Marías) ansía el triunfo para Cristiano Ronaldo. Necesito verlo ganar, alimentar su ambición y su sed de triunfo, la sonrisa de crío que pone cuando juega al fútbol... Me da igual lo que cobre, los anuncios que haga y lo que guste a las mujeres de medio mundo. A mí me gusta no sólo porque juega en mi equipo (y a la vez principalmente por eso); me gusta porque desprende fútbol, y con él valores: ganas de mejorar, de jugar, de perfeccionar, de crecer y, por supuesto, de ganar (no seamos pusilánimes, a todos nos gusta ganar. Tener ambición es bueno; es malo ser maquiavélico y hacer lo que sea para lograr tu objetivo. Pero es bueno querer ser el mejor). Pero claro, también quiero el triunfo para Casillas, lo necesita. Y necesita callar bocas. Y parar penaltis, como se los paró a Italia en la Eurocopa.
Resumiendo; he entrado en conflicto. ¿Casillas o Cristiano? ¿España o Portugal? No puedo elegir. Tengo el corazón partido. No, lo tengo roto. Destrozado. Mañana, 29 de junio, cumple los años una de mis personas favoritas en el mundo, mi hermanita pequeña: la friolera de 27 –con lo mona que era a los cuatro...–. Y está en la misma situación que yo. No, lo suyo es peor: es su cumpleaños y no merece este castigo; merece un regalo. No puede ver enfrentarse a las dos selecciones a las que ha apoyado por igual desde que empezó el Mundial; no puede ver enfrentarse a Casillas y Cristiano... Y no puede, no puede. Y es literal. Y amenaza con no ver el partido, meterse a un cine o a la cama y no querer volver a saber nada del dichoso Mundial. Un drama. Eso es lo que hay ahora mismo en esta familia. UN DRAMA.
Y es que mi hermanita, a pesar de tener 27, y yo (que le saco seis y pico), tenemos el defecto, y a la vez virtud –crearé una palabra para ello: defectud– de creer en los héroes. Los necesitamos en nuestro día a día: desde José Tomás a Cristiano pasando por Aragorn, Alatriste, Íñigo Montoya y nuestro propio padre. Y, por supuesto, Casillas: que es el héroe de toda la familia y el ídolo de nuestros sobrinos.
Y mañana no queremos un duelo a muerte entre dos de los nuestros. Y menos mi chiquitina, que se pone muy sensible el día de su cumpleaños... Nena, no puedo hacer nada para aliviar tu pena, bueno, ese montajillo de cuando eras pequeña rodeada de algunos de los héroes de tu vida y abrazada al simpar "Cecilio", un perro ciego que adoptaste –estás pixeladilla y tienes 20 años menos, nadie te reconocerá por la calle, no te preocupes. Además, me lee poca gente, y ahora menos–.
No estés triste; mañana, pase lo que pase, no pienses en el que pierde; sino en el que gana. Y comparte su alegría. Los dos volverán a ver la gloria. Y ahí estaremos para celebrarlo. Hazlo por Iker y por Cristiano. Por los héroes (incluidos los del Silencio, of course, y su Iberia Sumergida). Por el fútbol, por mí, por ti y por Saramago, por tu natural mediterráneo y su mirada atlántica.