El blog de Luisa Tomás

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miércoles, 6 de febrero de 2013

No sufras, Prometeo




Lo peor de entregarse al abismo es que el nuevo día recuerda que la oscuridad regresa, como el águila que devoraba cada jornada las entrañas al inmortal Prometeo. Y volvían a salirle. Y el águila volvía a sacárselas. Y así toda la eternidad.
"No sufras, Prometeo". Y toma el don de la inmortalidad para eso, para padecer una condena infinita. Porque hay dolores que sólo culminan con la muerte y a ti no te ha sido concedido ese privilegio.

La Bruja de las Palabras entregó sus insomnes pensamientos de madrugada al pobre Prometeo y se dejó abrazar por la soledad de su lóbrego torreón. Quizá la única manera de sobrevivir al pulso diario es obviarlo. Encerrarse en un castillo cuyas paredes no sean permeables a los sentires ni quereres.

La Bruja, consciente de esa realidad, abrió su pecho, arrancó su corazón y lo arrojó al lodo, pidiendo a los dioses que no le creciera otro. Quería pasar el resto de sus días sin latido, sin risa y sin llanto, como roca o desolado mármol. Odiaba esa terrible víscera hasta llegar a la náusea.

Pero los dioses no conceden a los titanes como Prometeo el privilegio de morirse; ni a las brujas, como la de Las Palabras, el don de vivir sin corazón. Y en apenas unos minutos, la Bruja volvió a sentir la punzada en su pecho.

Su respiración volvía a ser un pálpito afilado que atravesaba su cuerpo desde el pálido cuello hasta el estómago. Un dolor agudo. Macabro.


Vivir para sentir, sentir para sufrir. Sufrir para morir. La eterna rueda. El eterno dolor. El Prometeo que cada uno llevamos dentro.





jueves, 24 de enero de 2013

Las gotas amargas

Y ahora que parece que no puedo estar triste, a veces lloro de manera irremediable. Y sin consuelo. Qué jodido es a veces hacerse escuchar, y entender, y sublimar la amargura de las lágrimas, como de niña.

"No hay que llorar", me repitieron hasta la saciedad. Y yo ya no lloro, salvo cuando lloro de manera irremediable porque llueve o es día 24. Y entonces todos, que lloran cuando quieren porque yo no se lo prohibo, no me miran con ternura, sino con reprobación y regaño. "No hay que llorar", me repiten hasta la saciedad.

Y por eso yo ya no lloro, salvo porque es jueves o hay atasco. Pero no porque esté triste. Porque si lo estuviera, el mundo no lo sabría ni yo lo diría. Total, como no puedo llorar y no sabría contar que estoy triste sin mis lágrimas amargas, prefiero ya no ponerme nunca triste.

"No estés triste, no llores, que te pones fea", me repitieron hasta la saciedad. Como si mi luz fuera la de una bombilla, permanente, fría, impasible. Calculada. ¿Por qué no dejas que mi llama se muestre trémula ante las acometidas del inclemente y doloroso viento?

¿Dejar de ser piedra y adormecerme en la fragilidad de una rosa en una tibia mañana de mayo? Y que las lágrimas sean rocío.



LO FATAL
DICHOSO el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror...
¡Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos
y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!...


Rubén Darío






miércoles, 28 de noviembre de 2012

Batiburrillo sin corregir y a pelo

Llevo unos días pensando en abandonar lo abstracto y centrarme sólo en lo tangible. Nada de suponer ni esperar, sólo tocar para creer. Como Santo Tomás. Mi fe hace tiempo que dejó de mover montañas y, por creer, creo en Roberto Iniesta y poco más, que al menos no promete. Se presenta como yonqui acabado y dice que todo es una mierda, y resulta que, con sus desgarros y sus verdades, acaba siendo el único que en mí prevalece.

Si yo fuera Artur Mas, me suicidaría. Si yo fuera Mou, me piraría.
Me importa mucho más el segundo que el primero, claro. El segundo entrena a mi equipo. Y el primero, como el 99,9% de la gente que se dedica a la política, me importa una mierda, como diría el Robe.

Ya, llamadme frívola, sí, por aquello de que me importe casi más el partido del sábado que las líneas que traza la inefable política nacional (entiéndase nacional en término literal sin carga política, es decir, nacional de esta nación que se llama España y que es un término abstracto del que, como ya he dicho antes, paso totalmente. Es decir, que tanto me da ser española que conquense que madrileña que de Carabanchel. Que no tengo causa local, por grandioso que lo local pueda llegar a parecerles a algunos que no ven más allá del traje regional y la cocina típica). Espero no tener que volver a explicar que lo afectivo no es una causa política, y que a la tierra sólo nos une el afecto. Y éste es individual y le resulta indiferente al universo. Una pequeñez.

Llamadme frívola, que yo, en mi afán tangible, os diré que soy simplemente una superviviente. No, no se trata de cerrar los ojos a la verdad y consolarse mirando una flor. No. Se trata de que no podemos ponerle al mundo una sonrisa si vivimos en un lugar donde nos dirigen unos tipos que son, a todas luces –que no son muchas–, más tontos que nosotros. Es decir, Artur Mas es gilipollas y chulesco, sí. Y Rajoy es un inculto y un pelele. Zapatero es un iluso acabado. Los  sindicalistas son unos tipos muy desagradables que fuman Ducados en el bar de abajo y son incapaces de decir una frase con contenido real.

Que el diablo se viste de Telecinco, ya lo sabemos. Pero  Telecinco puedes apagarla. A estos imbéciles no.

Pero nuestro mal no es de hoy, ni de esta crisis, ni siquiera de 30 años atrás. Ni de 80. Yo me iría más atrás, y recordaría que Cervantes (que debería tener un día que fuera fiesta universal) murió en la infamia y la pobreza, que su nombre no está escrito en una tumba. Y que hoy, 500 años después, aun no habiendo nacido nadie que lo supere en ingenio, su "Quijote" no es de lectura obligada en los colegios.

Os recuerdo que somos de un lugar que denominó al cruel Fernando VII "el deseado". Y os recuerdo que, mientras en EE.UU. se hacía "Lo que el viento se llevó", aquí nuestros padres veían "Raza".

Que el tipo de "Salvados" sea causa, referente y héroe es aberrante y símbolo inequívoco de decadencia, como nuestro presidente, o como Iñaki Urdangarín. Ah, y Ana Botella alcaldesa. Tócate los perendengues.

Quizá el anónimo autor de nuestro grandioso Poema de Mío Cid diera totalmente en el clavo hace ya 800 años al afirmar aquello de "qué buen vasallo sería si tuviera buen señor". Acertó y no sabía que ocho siglos después iba a mandar en nosotros la misma clase de estúpidos que ya mandaba entonces. Siempre mal dirigidos. Siempre mal gobernados. Bastante bien estamos si analizamos uno por uno los reyezuelos que han metido la zarpa en ese puchero de golosinas llamado poder.

¿Me quedan motivos para tener fe en algo?
Sí, para tener fe en lo tangible.
Llamadme frívola, pero sólo procuro ser práctica: salir hoy de trabajar, hacer algo de ejercicio y tomar un vino. Dormir con la conciencia tranquila después de unas páginas de Lorca, o de Pérez Reverte, o de Javier Marías.
Nada más. Y nada menos.

Y no lo flipéis, no he dejado en ningún momento de ser una romántica: la luna sigue viniendo a la fragua con su polisón de nardos, y hoy –que estará llena– es un emoticono de plata que nunca tiene frío. Me pierdo en el crepúsculo y aún mato por un beso.

Pero dejo el romanticismo abstracto y me centro en el tangible: la grandilocuencia no cabe en el guasap, pero sí la sonrisa.

Y que por qué paso de Mou a Mas y de más a menos, y de Cervantes a la luna... Porque, como bien dijo el Robe cuando terminó de cantar "La Pedrá", que es lo más irreverente que nadie ha cantado jamás en este país de mierda, porque lo "he cantao como me ha salío de los cojones".

Pues eso. Larga vida al rey de Extremadura.



sábado, 30 de junio de 2012

El pájaro azul

Por definición inestable, como la atmósfera. De la risa al llanto sin mediar un soplo. La indefinición me domina. Soy capaz de dejar nacer una lágrima al ver la cara de Iker Casillas antes de la final y luego padecer urticarias por tanta bandera. Y me acuerdo de Extremoduro:

Las banderas de mi casa son la ropa tendía.
En mi casa, las banderas son los pájaros sin amo,
y una chica, qué ligera, salta del bus a la acera.
En mi casa, las banderas son de todos los colores:
son el amor y la lluvia en noches de luna lunera.
En mi casa, las banderas están hechas de agua pura;
son los duendes del parque, que registran las basuras.
Las banderas de mi casa son la ropa tendía.


Feliz y luminosa. Risueña. Pero a veces me miro, y creo que no soy yo. Y me sorprendo llorando mientras conduzco y escucho una canción de Extremoduro:

Se le nota en la voz, por dentro es de colores
Y le sobra el valor que le falta a mis noches
Y se juega la vida...
siempre en causas perdidas
Ojalá que me la encuentre ya entre tantas flores...


Y a veces hasta dejo de escribir y estreno muchos vestidos. Y luego pienso que la vida es una mierda y en ello me mantengo, hasta que alguien se levanta para hacerme un café y ponérmelo en una taza de Heidi y me reconcilia con el mundo. Y el sol vuelve a ser el sol, y el pan sabe a pan y el vino huele a vino. Y aparecen flores de colores en el asfalto. Y escucho a Extremoduro:

Y se desarma la luna
solo con tocarla
se enciende la luz
que hay dentro de la charca
como dos gotas de agua
de distinta nube
que bajan y que suben.

Quedamos cerca del suelo
a la altura de tu cintura...


Pero pasan unos segundos, pongo la radio, escucho el noticiero. Y sé entonces que lo de volar, flotar, cual mariposilla, es para otras. Más ingenuas. Hace tiempo que la inocencia me abandonó. Y, sinceramente, lo agradezco. Y me pongo un tema de Extremoduro:

¿Dónde me escondo? Si no va a salir el sol.
Quizás mañana me sienta mejor.
Nunca estoy solo con nadie
y ahora me cuelgo del aire.
Todo da vueltas menos a mi alrededor
nunca me entiendes cuando te hablo con la voz
no necesito agarrarme creo que puedo congelarme
Ya me levanto que ya no puede ser peor..
.

Pero recibo un mensaje, que incluye una sonrisa. Y vuelve a mecerme el mar en un arrullo silencioso de abrazos que están por darse y que crecen en calor a medida que pasan las horas. Y me acuerdo de Extremoduro:


"Quiero oír alguna canción
que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor"


Y cuando creo que ya he pasado por todos los estados anímicos posibles, va Extremoduro y saca una canción sin título a la que llaman "El pájaro azul" diciendo que no se reconocen en ningún sistema social, ni político, ni religioso... Y yo añado: tampoco me reconozco en un estado emocional permanente. Ni triste ni alegre ni graciosa ni seria ni feliz ni melancólica ni aburrida ni la reina de la fiesta... Y entonces me veo en esta letra, en esta huida a ninguna parte, en un grito callado y sensible. Refugiado en la incomprensión. O en una placentera soledad.

"Mientras la mayoría, más terca cada día, se ocupa de sus cosas, yo pido...
hace tanto que te espero que he perdido la conciencia social,
ya no encuentro agarradero abandonado en esta ausencia global.
Desde que no te veo, concédeme un deseo.
Si no es mucho pedir, yo pido...
libertad para este minero que quiere entrar en ese agujero...
Ardo, te veo pasar y me caliento y ardo.
Y entro a hacer en tus caderas prospección..."



Siempre genial, Roberto Iniesta. Gracias.






viernes, 3 de junio de 2011

Canción desesperada

Que levante la mano quien no haya dormido alguna noche en el incómodo colchón del amor no correspondido. Quien no se haya enamorado de la persona equivocada. Quien no haya hecho una llamada a deshora buscando, quizá, un desesperado "te echo de menos", un "te quiero" obligado.

Que tire la primera piedra quien nunca manipuló, mintió y conspiró a cambio de tan sólo una sonrisa.

Que se corte el meñique quien no recurrió a las lágrimas para obtener un beso. Quien no haya dado un paso atrás por miedo. Quien jamás dudó, aquel que siempre lo tuvo claro. Quien no haya dicho "qué estoy haciendo en esta locura, pero me gusta y me quedo". Y las consecuencias... ya las pensaré mañana.