El blog de Luisa Tomás

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viernes, 16 de septiembre de 2011

Cuento de las poesías perdidas


Aquella noche de luna llena, La Bruja de las Palabras se abrió el pecho, arrancó un trozo de su corazón, lo modeló y lo envió al viento en forma de poesía. Luego, mecida por la oscuridad y el silencio, se entregó al sueño. Y a su alma llegaron hadas que le decían que aquellas palabras habían atravesado montañas y sobrevolado ríos hasta clavarse como una daga de plata en el alma del viento. Y que éste, henchido de emoción, las había convertido en eco. Y con él resonarían el resto de sus días, hasta el fin de los tiempos.

El amanecer llevó al Castillo de La Bruja de las Palabras un frío despertar y una realidad de hielo afilado: sus palabras habían caído al abismo del olvido. Presa de la desesperación, se arrancó el corazón que le quedaba, lo hizo pedazos y lo guardó en una caja de oro cuya llave arrojó al foso. Envueltos en lágrimas, sus ojos vieron a la llave hundirse en el lodo y la podredumbre.

La tarde trajo a su desolada ventana aromas del otoño de la mano del murmullo del viento: "No habitan en mí los versos que me regala esa boca", le dijo indolente.

Desposeída de latido, La Bruja vivió en su castillo condenada a la soledad y a un frío que le calaba hasta los huesos. Vestida de negro, en las noches de invierno, mientras escribe poesías que luego arroja el fuego, La Bruja de las Palabras se mira al espejo y se recuerda a sí misma, que aun roto en pedazos y encerrado en una caja, su corazón sigue siendo el más hermoso del mundo.

martes, 13 de septiembre de 2011

Mientras el mundo gira...

Alguien resumió alguna vez lo que significa la ausencia. Y lo hizo en términos matemáticos. Era algo así, y cito de memoria, como: "Matemáticas de la ausencia: a dos le quitas uno y te queda medio". Eso es más o menos lo que significa echarse de menos, sin dramatismos ni coplas, sin palabras grandilocuentes o patéticas. Y no es que yo hable de mí misma ni de mi ausencia en esos términos (tengo ego pero no tanto), es que este mes y pico le ha dado a mi pobre cabeza y a mi maltrecho corazón para definir algunos términos que incluyen el hecho del amor como un reflejo involuntario. Claro, que mucho mejor lo definió Shakespeare: no es amor el amor que cambia cuando una alteración encuentra.

Salvada esta entradilla emocional, me paso a los consejos prácticos: no os gastéis siete euros en ver "La piel que habito". Si os los gastáis en vino, os vais a reír más. No me ha gustado nada. Y mira que hay películas de Pedrooooooo que me encantan –"Volver", "Qué he hecho yo para merecer esto", "Mujeres al borde de un ataque de nervios"...–, pero ésta da un bajonazo... Para empezar, es totalmente previsible, aunque Almodóvar se enreda innecesariamente en la narración y los tiempos. No os la voy a destripar, pero sí os diré en una frase para que os hagáis a la idea de lo que va el tema: "Historia sádica y cruel de un resentido que juega a ser Dios". Elena Anaya, monísima e inexpresiva. Marisa Paredes, de diva venida a menos con menos credibilidad que los anuncios de los bancos. Banderas... en fin. Quizá el mejor, pero nunca ha sido un buen actor. Eso sí, ¡guapísimo! Y nada más. Bueno, sí, mucho más, pero no os lo voy a contar. Ah, verosimilitud cero.

Por lo demás, me reservo espacio en mi blog, que es más vuestro, para futuras palabras relativas a Estambul y a las series que vuelven, "Crónicas Vampíricas", "Hijos de la anarquía"... Para Mou y las almas merengues. Para el otoño y sus pesares, su abatido asfalto, sus colecciones llenas de soledades, sus fascículos en oferta. Y por el precio de una primera entrega... alguna fumada mental para los corazones abandonados a su suerte. Para ellos, la primera canción de esta nueva etapa.