El blog de Luisa Tomás

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Relato canalla tras mucho tiempo sin pasar por aquí. Ustedes perdonen


Sólo sé que el amor es una cosa que les pasa a otros. Desde que me divorcié de Laura, no puede decirse que lo mío sea el romanticismo. Claro que, durante el tiempo que estuve casado, tampoco despilfarré mucho en rosas. Sí lo hice en disculpas: nunca fui el marido ideal y hube de pedir perdón con frecuencia,  justo hasta el momento en el que supe en el taxi que me llevaba a casa borracho como una cuba, tras cientos de llamadas perdidas de mi mujer, que ése no era el concepto que Laura tenía de matrimonio. Y no, tampoco era el que tenía yo. La diferencia entre ella y yo era que a ella le gustaba su idea, y yo odiaba la mía. Digo más: ella imaginaba que algún día llegaríamos a ese estado ideal en el que ir a hacer la compra al mercado sería lo más parecido a una fiesta, siempre y cuando la hiciéramos juntos comentando, cómplices, calidades y nivel de frescura. Y a mí esa posibilidad remota me hacía vomitar. Que fue exactamente lo que sucedió en el frenazo ante el último semáforo.

La separación tuvo lugar sin más exabruptos que los que se suponen normales,  algún “wasap” ofensivo por su parte, cierta debilidad nocturna por la mía que aliviaba en cualquier bar. Nada nuevo; llevábamos años haciendo lo mismo con distintas excusas. Lo único que me sorprendió de aquel proceso es que no fuera mi mujer la que decidiera poner fin a esa pantomima y que incluso derramara alguna lágrima o fingiera que no lo esperaba.

Sí, el amor es esa cosa que les ocurre a otros y no a mí, que ya he echado en el olvido los 30 y acaricio la temida crisis de los 40. No, no me compraré una moto. Soy un solitario empedernido y algo crápula, pero no un gilipollas. Soy bueno en mi trabajo, muchas mañanas me duele la cabeza, hago un poco de ejercicio sin más finalidad que la de seguir postulándome como amante ocasional de no más de dos noches y, de vez en cuando, sólo de vez en cuando, echo de menos el calor del hogar, pero enseguida se me pasa. Es decir, soy un ser convencional. Tipos como yo los hay a patadas por los bares.

A veces tengo pesadillas con la foto de mi boda, suele ocurrirme las noches que le he dado al escocés, a la irlandesa y al rock and roll en el garito de mi amigo Alberto. Sueño que Laura y yo nos salimos del marco y, en una paranoia onírica, los dos monigotes disfrazados de príncipes Disney persiguen –puñal en mano, cual Chucky, el muñeco diabólico– al hombre que soy ahora, en realidad, el que siempre fui. Y entonces me despierto sudando y, mientras me pongo una copa en el salón, me pregunto cómo pude dormir ocho años bajo aquella amenaza rodeada en dorado. Esa imagen me persigue: yo, vestido de pingüino y con cara de “tontoelhaba” (por cierto, vaya resacón llevaba); y Laura, cual milhoja de Ruiz, dulce y vaporosa.  Pero coronada de un virginal azahar del que prendía un velo casi macabro. Y es que uno hace cosas no porque quiera hacerlas, tampoco es que no quiera; simplemente se hacen porque se cree que en el guión que, al parecer, la mano caprichosa de alguien ha escrito por nosotros, llegamos a ese renglón. Y yo, que siempre fui muy aplicado en la cartilla, no me salté esa línea. Y no, no penséis que soy un cabroncete,  o sí, porque me da igual. Siempre quise a Laura y nunca traté de herirla, pero errarnos al casarnos. Ambos. Yo, por condescender. Ella, por pensar que podría cambiarme.

Ahora mi existencia es más simple y directa. Mis hábitos no merecen una sección  en una revista de vida sana, pero es todo lo que me apetece hacer: cumplo en la obligación y luego me entrego a la devoción. No voy a engañar a nadie ni tengo que hacerlo. Desde que mis padres murieron, me quedan pocas ataduras emocionales. Y, aunque llegue a los 80, cosa que dudo, seguiré pensando que los hijos y las comidas de domingo con los suegros son el verdadero infierno. Por eso nunca quise reproducirme. Eso sí, aunque mi pericia inventando excusas no tiene parangón, en los ocho años de matrimonio, pocas veces pude librarme del marrón de los domingos  de suegros-cuñados, cocido en invierno, paella en verano. Apariencias todo el año.  Pavoroso, vaya.

Pero ya pasó. Y sigo pensando que el amor es una cosa que les sucede a otros, pero no a mí. A mí me suceden otras, algunas verdaderamente extrañas. Tan extrañas que esta noche pegajosa de agosto me han hecho sentarme a escribir.

El año pasado por estas fechas, andaba yo a la mía, como siempre -Madrid es una ciudad que lo da todo en este mes impío, conciertos, calor, polvo y arena. Y esa hostelería carente de todo glamour que tanto nos gusta y que somos incapaces de explicar a los que no la saborean, bares de barra de aluminio y cabezas de gambas sobre un terrazo añejo; cañas de Mahou en vasos de café con leche, croquetas y calamares. No somos ciudad de exquisiteces, pero sí de estómago satisfecho a la vuelta de cualquier esquina, en cualquier barrio, de bravas y boquerones con patatas fritas de bolsa: jodida delicia-, cuando el anuncio de un nuevo grupo de “wasap” reventó mi sueño envuelto en sudor y amanecer tardío. El asunto: “Comida de primos”. El promotor: mi primo Eduardo.

Se me revolvieron las tripas. Eduardo es el típico gilipollas. Un clásico en cualquier reunión. Si hay un seguro de coche barato, es el que él ha contratado. Si alguien necesita acuchillar el parqué, él tiene un primo de su cuñado que lo hace rápido y bien y económico. “Chicos, he pensado que, desde que murió la tía Juana, no hemos vuelto a reunirnos en el pueblo. Y qué mejor que hacerlo este fin de semana, que es la fiesta. Estaría bien comer todos el sábado, ir a la verbena… En fin, yo pongo el vino”.

Sí, era un imbécil. Pero si él llevaba el vino, valía la pena. Aunque tuviera que pedir el dinero, llevaría un vino decentísimo con tal de que nos pasáramos media comida hablando de las virtudes del dichoso caldo. Virtudes que, dicho sea de paso,  se improvisaban sobre la marcha, ya que allí nadie tenía ni puta idea. De hecho, yo dudo mucho de que alguien la tenga: esos comentarios cursis sobre el vino me parecen un esnobismo pretencioso que se hacen con el ánimo de distinguirse. Yo, en mi simpleza innata y práctica, divido el vino en dos grandes secciones: me gusta, no me gusta. Casi todos pertenecen al primer grupo.

Silencié el móvil y traté de seguir durmiendo. Pero un sol indolente penetraba en mi cuarto y avivaba mi jaqueca resacosa sin ningún tipo de miramiento. No negaré que la curiosidad por saber qué harían mis primos ante tan impulsiva propuesta, inquietaba mi reposo e impedía mi descanso, por llamar de alguna manera a mi pegajoso sueño. Cuando desperté, me encontré con la friolera de 78 mensajes sin leer. La conclusión era clara: 


Continuará...
Aún no sé si por aquí o en octubre y en papel;)


martes, 2 de julio de 2013

Traidor, inconfeso y mártir

"Sacrifico mi vida a sostener esta patraña que mi historia desde hoy hará famosa […] ahogad la duda, morir debo si no por Sebastián, por Espinosa"

Eso es lo que dice el panadero Gabriel Espinosa, ya en la horca, en la obra de Zorrilla "Traidor, inconfeso y mártir" cuando va a ser ajusticiado tras ser acusado de usurpar la identidad de Sebastián I de Portugal. La obra además se salpica de amoríos, confusiones y demás ingredientes propios del autor y la época (para mi gusto, injustamente denostados ambos). Se supone que Zorrilla se inspiró en la leyenda que cuenta que el citado rey trató de huir de Felipe II, que quería asesinarlo al considerarlo una amenaza a su soberanía en el trono portugués, y comenzar una vida como humilde panadero.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Mucho me temo que ésta será una de esas entradas caóticas que hablan de mil cosas a la vez o de ninguna concreta.

De todas las debilidades humanas (hay algunas deliciosas, de ésas ya hablo otro día), hay una que no soporto: la traición. Que viene de la mano, en la mayoría de las ocasiones, de una gran mentira. Grande y gorda como una mujer de Botero. Rolliza y generosa. Envuelta en un gigantesco tapiz de verdad. Porque las grandes mentiras son aquellas que acaban siendo creídas y asumidas como verdad irrefutable y absoluta. Y esas mentiras son tan increíblemente corpulentas que no se visten: se envuelven o se rebozan. Pero no se visten. Vestir es un verbo demasiado sutil y delicado como para ponerlo en la misma frase o contexto que una obesa mentira.

El traidor es inconfeso. Por cobarde. Y es que una vez llevado a cabo el acto de traición, jamás se reconocerá ni se asumirá éste. Al contrario: el traidor acaba comulgando con su propia vergüenza y termina convirtiéndola en virtud. De tal forma que en su alma y en su conciencia nada malo ha pasado. Al traidor, que es inconfeso por naturaleza, nada le pesa porque jamás se detiene. El traidor no rumia, no masculla. Deja que su actuación fluya sin meditarla, sin que vuelva, sin pensarla. El traidor es frío y apuñala cuantas veces sean necesarias al corazón, al propio y al ajeno. El traidor inconfeso no late, sólo vive.

El traidor inconfeso acaba siendo un mártir. Víctima de su propia traición y negada ésta, tantas veces como negó San Pedro, se victimiza ante quienes lo acusan de haber sido desleal o indecente.

Que por qué hablo hoy de esto. Pues no lo sé. Me ha venido a la cabeza, porque sí. De manera casi inconsciente. Con la misma inconsciencia con la que el traidor pergeña su fechoría y araña las frágiles paredes del sentir humano.

O quizá, sencillamente, porque esta mañana venía escuchando a Loquillo en el coche y he vuelto a oír la canción "Feo, fuerte y formal", donde dice eso de "si te doy mi palabra, no se romperá".
La mía tampoco. Lo confieso.









lunes, 7 de noviembre de 2011

Sintaxis de las ausencias (o epístola para no ser leída)

"Hay ocasiones en las que el verbo no habita entre nosotros. Con el paso del tiempo he sabido, que vale más una mirada que mil palabras; o dejar que sean otros los que hablen: una canción que no escuchas, un poema que no lees, el cuento que jamás te regalé. Todo lo que quise decirte y jamás te dije.

Canta el poeta que hasta los huesos sólo calan los besos que no has dado, los labios del pecado; y yo añado que hasta el alma sólo llegan las palabras que se ahogan en el silencio, las que mueren en un trago.

El tiempo todo lo puede y yo maldigo las frases hechas y sus tópicos, tan típicos. Quizá sea mejor no decir nada para no enredarnos en una gramática sin concordancias ni complementos (de fría y distante temporada), llena de incorrecciones (sí, también políticas) y faltas (capitales, por supuesto; que para erratas veniales ni tú ni yo gastamos saliva –al hablar, se entiende–).

Ni yo soy un sujeto paciente ni a ti se te dan bien las oraciones pasivas, y mucho menos las subordinadas. ¿Y si dejamos en puntos suspensivos (que tanto te gustan) esta pelea de yuxtapuestas? Poco importa ya la ortografía con la que dibujamos los sentires desde el día –aún cercano– en que escribimos nuestro triste punto final.

Algún punto seguido me dejé despistado en los renglones que ensombrece tu nariz, complemento directo de tu mejor sonrisa. Coma. Y los recuerdo entre admiraciones. No se los regales a los diccionario del olvido".



martes, 20 de septiembre de 2011

Loquillo, en las calles de Madrid

Hoy... he vuelto a beber. No. No es que haya "rebajado" el café ni nada parecido. Y es temprano para darle al tequila. Es el título de una canción de Loquillo que adoro y que no tocó la otra noche en La Elipa, Madrid. Por lo demás, las tocó todas. Todas las buenas. Las inolvidables. Las irrepetibles. Las que han sonado en nuestra adolescencia y la juventud temprana. Y las que aún suenan en nuestro coche y nuestra juventud "algo menos temprana" de camino al curro, entre atascos, desencantos y decepciones varias.

No es feo, pero es fuerte y lo supongo formal. Tiene el aire de alguien a quien le jode la risa zafia, lo vulgar y chabacano. Imperturbable, elegante. Altanero hasta la saciedad. Molesto para algunos e imprescindible para otros, sus palabras y sus canciones son un latigazo contra la grosería y el mal gusto. Masculino, singular y chulo hasta decir basta, no me habría gustado ser el tipo al que le arreó la hostia hace unos meses, pero sí me habría encantado frecuentar los mismos bares, compartir alguna borrachera.

Ver a Loquillo es algo más que ir a un concierto: es un puñado de emociones y palabras que quisimos decir y nunca dijimos escupidas con elegancia por una sonrisa torcida, un tupé impecable.

"Odio a los tíos que cantan con bermudas". Y tanto, Loco. No me extraña. Y es que lo tuyo quita el hipo: a tus 50... ¡y qué bien te quedan los trajes! Fue mi primer mito adolescente y ahora, camino de los 35, esa admiración embelesada sigue latiendo en mí con la misma emoción desbordada con la que lloré al oír que la otra noche cantabas "La mataré", sólo apta para los cuatro románticos que quedamos, los que algún día, incluso no tan lejano, hubiéramos muerto por la risa de alguien.


Loquillo, quizá, no sea el mejor en nada, pero su imagen y su persona trascienden lo musical para ser el sueño de los que jamás nos hemos imaginado organizando una barbacoa en el chalé los domingos, tiñéndonos el pelo de ese rubio infernal que llevan todas, absolutamente todas –salvo las pocas excepciones que confirman la regla–, una vez cumplidos los 38. Es todo un icono para las chicas que jamás nos vestiremos de beis y azul pepero; un ejemplo para los chicos que llevan por lema cierta falta de adaptación y como uniforme la camiseta de Jack Daniels. Y es un ídolo para todos aquellos que de manera premeditada un día decidimos no formar parte de esta masa deforme que es la sociedad actual, fuente de insatisfacciones, espada implacable contra la personalidad y el individualismo.

Y sí, al final todos nosotros hemos pasado por el aro: no tenemos moto, pero sí horarios e hipotecas. Incluso los hay con chalé y barbacoa los domingos. Pero de vez en cuando, nos ponemos un disco de Loquillo, llamamos a una gran amiga de entonces –cuántas horas y cuántas risas, cuánta cerveza y cuánto Carabanchel– que también lo sigue siendo ahora (gracias, Aran) y nos vamos a ver al Loco y a remover recuerdos, de entonces y de ahora. A repasar alegrías y besos. A ser conscientes de que hay músicas, y gentes, que nos acompañarán siempre y por cuya risa, todavía hoy, y quizá con más motivo que entonces, estamos dispuestos a jurar amor... y, qué coño, a morir si hiciera falta.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Cuento de Rodrigo y Jimena


Quiso Dios, que todo lo puede, que un amanecer dorado los caminos de Rodrigo y Jimena se cruzaran, o más bien se abrazaran y enrevesaran, como el lazo de una muchacha o la soga de un ahorcado.

Jimena no era una dama al uso: no bordaba por las tardes, no conocía los bailes de moda en la corte, no tocaba el arpa y no gustaba de recepciones ni de las constreñidas fiestas de palacio. A mayor disgusto de su recto padre, una mañana le confesó que no volvería a reunirse con otras mujeres de la nobleza en casa de la condesa viuda de González, también que no quería un ajuar sino un caballo y que antes destruiría el Beato de Liébana que volver a cenar con el duque de Hernán.

El dulce viento del alba arrastraba un murmullo de pinos y luna llena, el susurro del arroyo, el silencio roto de la noche. Y a lo lejos, la premura de un caballo. El ladrido de los perros la arrancaron con violencia de los brazos de Morfeo a la vez que la puerta del castillo crujía abriendo paso a la bestia y su jinete.

Curiosa, y cubierta tan sólo por un fino camisón de algodón, Jimena irrumpió de golpe en el ventanal de su cuarto. Y entonces lo vio. Las primeras luces acariciaban con mimo su tenue perfil, como esculpiéndolo. Libre del yelmo, recolocaba sus cabellos escurriéndolos entre sus dedos. Jimena sonrió: aquel peinado era antiguo incluso para la época. Pero él era tan guapo, tan fuerte... En ese momento, y aun poniendo en peligro su honra y la reputación de su apellido, le habría tirado las trenzas, de haberlas tenido, claro, pero se las cortó en la última luna llena: arrebato hormonal (y eso que esta palabra, entonces, ni existía).

Lo miró descabalgar con destreza. Recomponerse. No había visto jamás varón con más porte ni más gallardo: lo supo capaz de surcar mares, vencer batallas y no rendirse jamás... "Salvo a la blancura de tus pies", le confesaría él tiempo después antes de esconderse tras un tapiz por miedo a ser descubierto y su amor, entonces, destruido.

Pero no vayamos al futuro. Regresemos al amanecer en el que se encontraron: ...y no rendirse jamás... aunque no hallara su cuerpo tregua ni su alma descanso, pues palpitaba en su cálido pecho una sangre ardiente, vigorosa, que respondía al honor de su linaje, curtido y defendido en mil batallas, victorioso o vencido, mas nunca entregado, rendido o humillado.

Contra toda norma, regla y/o convención -escrita, cantada o tatuada a fuego-, Jimena y Rodrigo, que así se llamaba el muchacho, como bien habrá averiguado el desocupado lector por el título del post, empezaron a amarse a escondidas, a besarse a deshora, a perder la razón y a arriesgar su buen nombre.

Rodrigo, aguerrido guerrero, buscaba el refugio de la noche, tras el fragor de la batalla, para soltar su pluma -aclaración que viene a(l) cuento: hablamos de pluma como herramienta para escribir, por entonces no tenía más acepción que ésta y la que se refiere a las piezas que cubren el cuerpo de las aves-:
"Vuestro padre no lo dice, no;
mas me mira mal...
¿Quién es el hidalgo
tan raro que os hace temblar?
Y cualquier alba, los perros
del castillo de vos"...
¡Aj! Rodrigo despesperaba, tachaba, arrugaba y jamás enviaba sus escritos a Jimena. Desconocía entonces que, siglos después, estos manuscritos, encontrados en la biblioteca de un monasterio, inspirarían a un trovador de esos que, andando el tiempo, vinieron a llamarse rockeros.

Mientras, Jimena, mujer poco dada a los desmayos, alimentaba su fortaleza con el recuerdo de su piel. No lloraba. No se lamentaba. En ocasiones se preguntaba si él no preferiría otro tipo de dama, una de las muchas que lo pretendían, alguien como la joven hija del Alvar Gómez (Jimena la había sorprendido más de una vez mirándolo de forma pecaminosa), que contaba, entre otras virtudes, con la de saber escabechar perdices, hilar y preparar las fiestas más abundantes y con los invitados más selectos de la comarca.

Jimena no poseía ninguno de esos dones, pero se habría enfrentado a una legión por verlo sonreír. Una tarde de primavera, que se empeñaba en parecer otoño, supo que nada le alegraba más que su alegría; nada le dolía más que su dolor. También supo que habría cambiado todo el ámbar del orbe conocido por su dicha. La seda por su candor. Y supo que tendría fuerza y valor para soportarlo todo. Todo menos verlo sufrir, reconocer en sus ojos la pena y el llanto callado. Y que haría todo lo que estuviera en sus manos y su imaginación para despertar en su latido la alegría.

Empezó por garabatear una nota que tituló "Cuento de Rodrigo y Jimena" y que ordenó llevar a galope a su querido Rodrigo. No esperaba respuesta. Tampoco la halló. Pero tenía una certeza: aquella epístola con forma de cuento, un tanto absurdo, un tanto infantil, le había hecho reír. Y durmió tranquila, reconfortada, abrazada a su ausencia.

Colorín, colorado, este cuento se ha acabado, sin dragones ni princesas ni castillos encantados.

P. D. 1: ¿Continuará? Quién sabe. Hay quien afirma que las mejores historias no tienen ni principio ni final. En cuanto al batiburrillo verbal y temporal, no hay más explicación que aquella que define a la intención y el deseo de hacer de nuestra capa un sayo, o lo que es lo mismo, lo que nos dé la gana, que es lo que acabo de hacer yo, despropósitos aparte.

P.D.2. Sé que no es el descojone padre, pero espero haber provocado alguna sonrisa, sobre todo "al Rodrigo" al que va dedicado este post. De no ser así, amenazo con contar chistes. Y tengo menos gracia que la duquesa de Alba bailando la lambada (por decir algo, no sé, que igual la baila de puta madre y tengo que comerme mis palabras, como tantas veces).

P.D.3. Ahora sí: Fin.


jueves, 19 de agosto de 2010

El final del verano


Me escribe un amigo: "Haz una entrada, por dios, o el blog se nos hunde". "Pues que se hunda", pienso yo. Son las nueve y no tengo ganas de na ni mucho menos se me ocurre nada de lo que escribir. Podría poner un relatillo, pero no me gusta ninguno, la verdad. A veces, releo lo que escribo y me da vergüenza. "¡Vaya cursismierdas que me da por contar algunas veces, sobre todo de un tiempo a esta parte!". Podría escribir sobre el noveno de "True Blood", pero últimamente me estoy pasando hablando de esta serie, y mira que este capítulo me ha gustado: qué canalla y qué sentido del humor más negro y más fino. O sobre las últimas pelis que he visto: "El escritor", que me ha encantado, y "Madres e hijas", que ni pena ni gloria ni todo lo contrario. Es de esas pelis que no dicen na de na, como esta entrada, hasta ahora.
Si no escribo en el blog es porque no tengo ganas de escribir, pero hoy ya toca, y no sé qué contar. La abulia se apodera de mí. Este verano ha sido uno de los mejores de mi vida adulta, sin duda. De hecho, no recuerdo un verano mejor desde aquel lejano 1997 (a los 20 años todo el mundo tiene buenos veranos, a los 33 es más jodido, bueno, miento, parece más jodido, pero en el fondo son mejores ahora que entonces). Pero me invade la sensación de que hoy se acaba. Hoy, y no el 21 de septiembre, es el último día del verano 2010. Y creedme: tengo mis razones para pensarlo, decirlo y sentirlo, pero sólo me atañen a mí y sería un coñazo contarlas. Además, no quiero, que es lo importante.
Pero hoy se acaba el verano: el verano del Mundial y las apuestas de fútbol, de las Coronitas y las pintas de Guinnes en el Mulli, de acostarse muy tarde entre semana porque los amigos "así lo han querido" y de la "Mafia del baile". Se acaba el verano en el que oí hablar por primera vez de "Kárate a muerte en Torremolinos" y Ford Fairlane. El verano en el que los amigos (gracias) han tenido más importancia que nunca. El verano del barrio:
Willy: "A veces, miro al barrio, y pienso: me piro de aquí, pero luego...".
Yo: "Ya, luego, pienso: ¿dónde mejor? ¿A qué barrio vas a ir en el que puedas llegar de currar, un jueves, a las ocho, hasta las narices, y meterte a tomar algo a un templo de la cerveza y el r'n'r (Cervecería Mulligan's), sin tener que quedar con nadie? Sólo tienes que llegar y estar".
Willy: "Ya, y que los amigos vivan a cinco minutos. Un toque y bajas a tomar algo, a charlar un poco".
Yo: "Claro, y el mercado es buenísimo".
Willy: "Sí, y todo el mundo es del Atleti, menos tú, claro. Pide otra, que nos quedamos en Carabanchel. Creo que por mucho tiempo".
Y así, suma y sigue, desde julio hasta hoy: mucho barrio, mucha birra y, sobre todo, amigos.
Si hubiera que ponerle una banda sonora a estas últimas semanas, podríamos ponerle ésta o ésta pero, aunque no es una de mis favoritas de mi adorado Loco, me voy a quedar con ésta, porque nosotros lo valemos.
Gracias, Javier, por la paciencia.
Gracias, Willy, a pesar de todo.
Gracias, Carabanchel, por ser un reducto de lo auténtico.
Gracias, Mulli, por ser cobijo y diversión.
Gracias, Alberto, por ser. Sin más. Ésta del vídeo de aquí abajo es pa ti.



P.D.: Rebe, Juan, María, Eva, Isa... no penséis que a vosotros no os tengo en mente, pero esto me lo debía.
P.D. 2: Y el verano se acaba tanto que me voy a mi pueblín y mi madre me dice: trae chaqueta.
Se acabó el calor. Una pena. Menos mal que pronto empieza la liga.